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Marty Supreme

🌟🌟🌟🌟🌟


“Marty Supreme” es la mejor película del año. Tardó en llegar, pero llegó. Ha sido como ese amor postrero pero definitivo. Las otras candidatas a los Oscar fueron cayendo gracias a Movistar + o a las alforjas de la mula, pero ésta, no sé por qué, se resistía. Hubo descargas fallidas, enlaces erróneos, archivos sin subtitular o subtitulados en arameo... Al final di con un samaritano que la ofrecía con todo lujo de calidades. Que el dios del ping-pong le guarde y le proteja.

Me puse a ver “Marty Supreme” un sábado por la tarde, a comienzos de la primavera. Pensé: veo la mitad, porque es bastante larga, y luego me voy a dar un paseo por el monte, a escuchar a los pajarillos; y ya más tarde, antes del fútbol, la retomo. Pero no fui capaz de dejarla. Hoy en día eso es un milagro de las posaderas. Y de la atención sostenida, sí, por la edad, y por el puto teléfono. Confieso, no obstante, que más o menos a la hora tuve que detenerla para tomarme un café. Fue cafeína sobre cafeína; estímulo sobre desparrame. Una “movide”, que diría Carlo Padial.

También es verdad que yo venía predispuesto a que me gustase "Marty Supreme". Joshua Safdie, junto a su hermano Benny -aquí desaparecido- hace cine del que a mí me gusta: de pasote, de adrenalina, scorsesiano. Recuerdo que hace años prediqué el evangelio de “Diamantes en bruto” a los infieles pero nadie me siguió. Es un cine que no gusta mucho a las damas cultivadas ni a los señores de La Pedanía. “Marty Supreme” mantiene el mismo tono farlopero pero hay un momento de duda en sus comienzos: ¿no será, ay, una película de Rocky con hostias de ping-pong en lugar de hostias de boxeadores? 

Pero no: no van por ahí los tiros. Marty Mauser es un antihéroe, un antipático, un gilipollas supreme. El Cristiano Ronaldo del tenis de mesa pero sin gloria y sin mujeres. Un perdedor que pierde incluso cuando gana. Un insufrible. Y sin embargo, no dejo de seguirle y en cierto modo de admirarle. La repulsión se mezcla con la envidia. Marty es mi némesis, mi antiyo, mi reverso oscuro. Un chulo y un perseverante. Un pagado de sí mismo y un hombre sin miedo.




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Diamantes en bruto

🌟🌟🌟🌟🌟

La Ilustración apenas ha reinado dos siglos y medio. Y qué reinado, además, tan superficial y poco beligerante. Los aristócratas y los nigromantes han regresado de su exilio para dejarlo todo como estaba. Los tendríamos que haber guillotinado a todos en 1793 como propuso Robespierre. 

La Ilustración ha fracasado. Nos dejó tres códigos morales que ya no respeta ningún mandatario y entabló una lucha perdida de antemano contra la estupidez del Homo sapiens. Ningún proyecto humanista podría borrar los defectos acumulados en millones de años de evolución. Seguimos siendo un proyecto en pañales, por mucho que Stanley Kubrick anunciara un Nuevo Bebé proveniente de las estrellas.

Dos siglos después de que aquellos venerables franceses se tiraran de los pelos -y de las pelucas-, los bípedos sin vello nos hemos vuelto más laicos y más desconfiados, pero no menos supersticiosos. El hombre moderno que se conecta a Internet y conduce su BMW sigue siendo un cromañón convencido de que existe una conexión mágica entre las cosas. Un animista disfrazado de extraterrestre tecnológico. Un fraude evolutivo que luego, cuando le rascas el barniz, sigue creyendo que existe una realidad espiritual, intersticial, donde se producen continuamente los milagros y las premoniciones. Los caprichos de los dioses y las carcajadas de los duendes.

Los personajes de “Diamantes en bruto” creen a pies juntillas en los amuletos, en el karma, en los caminos de la Fuerza que explicaban los caballeros Jedi en la galaxia muy lejana. Creen cosas tan absurdas como que acariciar un pedrusco da buena suerte o que el destino particular está escrito en la cábala numérica de las apuestas. Son esos pensamientos místicos, cuasi religiosos, de los que Voltaire y compañía se carcajeaban en sus cartas escritas con la pluma y el tintero.

Al final, por supuesto, la realidad física, mensurable, ¡ilustrada!, es más dura que cualquier diamante extraído en las minas remotas de Etiopía y tallado en las joyerías más protegidas de Nueva York.



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Daddy Longless

🌟🌟🌟

Por cuestiones judiciales que la película no nos cuenta -aunque podemos intuirlas con el paso de los minutos-, Lenny sólo disfruta de sus hijos quince días al año. Él intenta convertir esos días en una fiesta perpetua, en un acontecimiento único que sus hijos recuerden el resto de su vida. Lenny les propone risas, travesuras, aventuras mil en la jungla urbana. El problema de Lenny es que no tiene un puto duro, vive en un apartamento de espacio reducido y a su jefe le importa tres cojones su desarreglo doméstico, con el agravante de que sus compañeros de trabajo también andan a lo suyo, a sus propias familias descompuestas, y no le cambian los turnos que él necesita para ir a los parques, y a los otros cines, y a los sitios guays de la ciudad.

    Desesperado, Lenny tendrá que pedir ayuda a su novia actual -que no parece muy entusiasmada por la labor- y a sus amigotes muy poco recomendables -a los que yo no confiaría ni a mi hijo mientras voy a mear. Y en ese enredo de horarios imposibles y de niños desatendidos, entrarán en escena los ligues que Lenny busca en paralelo por los pubs, y los vecinos adolescentes sobornados con el préstamo de unos cómics. Y al final, como no podía ser de otro modo, se produce la irresponsabilidad fatal que nos pondrá a todos los espectadores de los nervios.

    Mientras veía esta extraña y desconocida película, me he acordado varias veces de mi padre. Y no porque se parezca en algo a este Lenny tan irresponsable, sino porque él también trabajaba en un cine, medio esclavo y mal pagado, y sólo nos trataba un día a la semana, los lunes, que era su día de descanso. Pluriempleado y bien jodido, mi padre nos dedicaba momentos muy aislados que él también trataba de convertir en un recuerdo indeleble: los dulces que nos cocinaba, las películas que veíamos, las excursiones a los merenderos, las tormentas que salíamos a ver al descampado, con las botas de agua y los chubasqueros... Me han asaltado estos recuerdos, nada más. Él tenía otros defectos, y otras virtudes, tan distinto a este Lenny el Piernaslargas.



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Good Time

🌟🌟🌟

Si quieres ganar pasta, pasta gansa, y tienes la suerte de que Dios te ha dado un hermano como Dustin Hoffman en Rain Man, lo mejor que puedes hacer es subirlo al coche de un empujón y llevarle a Las Vegas mientras le explicas las cuatro reglas del asunto y vas ordeñando los casinos con mucho disimulo antes de devolverlo a la residencia que lo cuida con tanto mimo.

    Pero si tu hermano no es un savant brillante como Raymond Babbitt, sino un simple deficiente como Nick Nikas -que ya parece un nombre hiriente, como puesto adrede para el cachondeo- lo único que puedes hacer con él, tan cortico, tan poco agraciado, es robar un banco con caretas de goma y rezar para que entienda las dos o tres instrucciones que le has dado: que no dispare, que no te llame por tu nombre, que repita exactamente “¡Esto es un atraco!” y nada más. Que no improvise y meta la pata en cualquier exceso de adrenalina. Podrías dejarlo en casa, claro está, para que no estropeara el atraco, y luego contarle que te has ido al cine, o a la peluquería, y que has encontrado esa bolsa llena de billetes en la acera. Él se iba a creer cualquier cosa, pobrecico. Pero su presencia física es intimidatoria, como de oso peligroso, y eso viene bien para acojonar al personal de las ventanillas. Y además, oculto bajo la careta, nadie va a darse cuenta de que has ido a recogerlo a la institución especial diez minutos antes de dar el palo.


    Sucede, además, que Connie Nikas, el hermano inteligente, tampoco es muy inteligente que digamos, nada que ver con el Tom Cruise de Rain Man. Connie es más bien un listillo de barrio que se aturulla en las decisiones importantes, cuando los nervios se imponen a la razón. Y así, con esos mimbres, unidos por un apellido tan poco aristocrático, los dos hermanos realizan un atraco que en realidad, contra todo pronóstico, ejecutan a la perfección, sin complicaciones, sin muertos, con el dinero a buen recaudo en el maletín. Pero la desgracia siempre sobrevuela sobre los desgraciados, pues ésa es su definición, como una nube personalizada que siempre llueve sobre sus cabezas. Y lo que era un trabajo de diez minutos se convierte en una noche toledana que dura casi dos horas en nuestros televisores. Con muchas hostias, muchas decisiones equivocadas, muchas fatalidades que se van sucediendo a ritmo de speed y otras drogas variadas.. Lo de Good Time es, evidentemente, una ironía.




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