Z. La ciudad perdida.
Mickey 17
🌟🌟🌟
Las películas de clones ya son tantas que podría programarse un ciclo en algún festival veraniego. O en el salón de mi casa, con entrada restringida a espectadoras silenciosas y cultivadas.
El número de clones ya ha alcanzado la masa crítica que necesita Movistar + para habilitar uno de sus diales desocupados cuando andan de promoción o van a subirte el precio de la suscripción. Allí, en “Movistar Clones”, cuando estrenen “Mickey 17” a bombo y platillo –“¡La nueva superproducción del coreano impronunciable que ganó el Oscar con “Parásitos!”- repondrán los clásicos del género para que la chavalada conozca los orígenes y los talluditos nos solacemos con películas más originales que este “Mickey 17” que iba para gran denuncia del mundo y se quedó en un sainete de Factoría de Ficción.
¿Tipos “prescindibles” que viven en el espacio y que al morir son sustituidos por su clon? Eso ya lo habíamos visto en “Moon”. E incluso en la saga de “Star Wars”, donde había un ejército de soldados que eran los clones sacrificables de Jango Fett ¿Clones que se van degradando a medida que las replicaciones genéticas acumulan mutaciones? Ninguna película más divertida para eso que “Mis dobles, mi mujer y yo”, un clásico olvidado de Harold Ramis. ¿Un mindundi al que envían a un planeta remoto para morir y resucitar mil veces en el campo de batalla? Tom Cruise ya interpretó a ese Lázaro de Betania en “Al filo del mañana”.
¿Políticos trumpistas -y ayusistas- que huyen a otro planeta después de devastar el nuestro o de ser expulsados por alguna revolución ya inconcebible? “No mires arriba” ya contenía el germen de la idea. Incluso en la cinefilia de provincias te faltan dedos para seguir enumerando las referencias, los homenajes, los préstamos... las clonaciones de “Mickey 17”.
The Batman
🌟🌟🌟
De niño yo quería ser
Batman cuando jugábamos a superhéroes. Y supongo que no era por casualidad: Batman
era el superhéroe sin superpoderes; el que perdería la pelea contra cualquier
amiguete de la Marvel, o de DC Comics, si llegaran a enfadarse. Si se convirtieran
–por ejemplo- en unos superhéroes de izquierdas disputándose una relevancia o
un sillón municipal. Batman –o The Batman, como le llaman ahora- podría
aguantar un rato las acometidas, pero nada más. No tendría nada que hacer
contra los hostiones subatómicos, los rayos flamígeros, las miradas asesinas...
Había otro Juan Palomo en
el mundo de los superhéroes que todo se lo guisaba y todo se lo comía sin venir
de ningún planeta lejano, ni haber sido traspasado por ninguna radiación. Era
Tony Stark, que se convertía en Iron Man embutiéndose en corazas que
apatrullaban la ciudad. Pero nosotros, de pequeños -hablo de hace 40 años o
más- sólo conocíamos a Tony Stark de manera tangencial, y por eso nadie elegía
su papel cuando salíamos a la calle a jugar al burrismo –la calle de León,
cerrada, sin coches, de barriada pre-suburbial- y nos repartíamos los papeles.
Batman molaba. Y sigue
molando, aunque la película sea tan oscura y tan soporífera que a veces no le
ves, o solo le adivinas. Mola su aire siniestro, nocturno, de gótico
estilizado. Un tipo parco en palabras pero musculado en el pecho. Y su mentón,
que las deja patidifusas, o acojonados, bajo la máscara de murciélago. Y los
picachos como antenas, como agujas de catedrales, que yo por mi parte siempre preferí
largos y afilados. Batman molaba, ya digo, y además tenía unos gadgets de la
hostia, y el Batmóvil que furrulaba. Pero al final nadie le escogía por aquello
de ganar la batalla decisiva antes de subir a merendar: la Masa era más fuerte,
Spiderman más escurridizo, Supermán más de todo... Y Thor era un dios
invencible armado de su Mjölnir.
Batman, a fin de cuentas,
solo era un millonario que jugaba a los superhéroes como hacíamos nosotros, en
los ratos libres, entre que salía de un consejo de administración y llegaba al
cocktail de otros millonarios con bellas señoritas.
Tenet
🌟🌟🌟
Christopher Nolan se ha tomado al pie de la letra aquello que
dijo una vez David Simon, el de la series de HBO: “¡Que se joda el espectador
medio!” David Simon lo dijo porque una vez le acusaron de ser un poco premioso
en el desarrollo de sus tramas. Sus series, ciertamente, tienen cien personajes
inquietos y eléctricos, y hace falta armarse de paciencia para llegar a los episodios
finales, donde al final todos encajan maravillosamente. Pero Christopher Nolan
va por otro lado con eso del “espectador medio”. Él ha decidido prescindir del
tipo sin estudios superiores, sin inteligencia de MENSA, sin paciencia de santo Job. Me recuerda mucho a Miguel
Induráin cuando subía los puertos. Nolan de Villava ya llevaba varias películas
subiendo a ritmo, dejando rezagados a los sprinters y a los fondones. En “Origen”
y en “Interstellar” ya hubo muchos que dimitieron en las primeras rampas de la
física, y se dedicaron a contemplar el paisaje de los valles. Ahora, en “Tenet”,
Miguel Nolan ha decidido que ha llegado la hora de acelerar la marcheta, y en
un repecho al 20% de paradoja temporal ha decidido que ya no le siga nadie:
sólo los que van dopados hasta las cejas, en la serpiente multicolor.
Quiero decir que “Tenet” no se entiende, y que cuando la
explican, se entiende menos todavía. Qué bien habría quedado Antonio Ozores en
un papel secundario, de agente encubierto de la CIA por ejemplo, explicando lo
de las flechas del tiempo con su farfulla del “Un, dos, tres”: “.... ¡no hija
no!”. Yo he resistido el primer acelerón -creo-, pero en el segundo he soltado
un juramento en voz alta y me he dedicado a contemplar el fondo moral de los
personajes. Uno está, de alguna manera inconfesable, con el malo de la película:
lo malo no es morirse, sino que todo el mundo se quede aquí, viendo lo que tú
ya no verás. Si nos fuéramos todos al mismo tiempo, pues bueno... De todos modos,
este pensamiento misántropo, que se pude albergar dos o tres veces en la vida, sólo
puede pensarse seriamente si uno no tiene hijos, y él, Kenneth Branaghosky, tiene
uno, el muy cabronazo y muy maléfico...
Lo otro, lo de que las generaciones del futuro tengan la posibilidad
de mandarnos a tomar por el culo retrospectivamente, con ingeniería positrónica
y retrocronológica, a modo de venganza por nuestro comportamiento medioambiental,
también lo entiendo perfectamente. Faltaría más. Y estos plastas de la CIA
queriendo salvarnos a toda costa... Si no fuera por mi hijo, ya te digo.
El faro
Todavía hoy, cuando me preguntan qué quiero ser de mayor, respondo que farero, que es un oficio que siempre me sonó a misantropía, y a lejanía de los humanos. Vivir a orillas del mar, en el acantilado, donde sólo se aventuran los turistas despistados, y las furgonetas que traerían los víveres a mi puerta. Me gustaría ser farero, sí, si todavía estoy a tiempo, y quizá en mi calidad de funcionario aún pueda hacer una promoción interna, o convalidar estudios, o presentar una instancia ante mis superiores, no sé, algo así, aunque perteneciendo a la Junta de Castilla y León -que sólo tiene mares de cereales y océanos de secarrales-, veo difícil que me ubiquen en un faro que ilumine a los navegantes.
Good Time
Si quieres ganar pasta, pasta gansa, y tienes la suerte de que Dios te ha dado un hermano como Dustin Hoffman en Rain Man, lo mejor que puedes hacer es subirlo al coche de un empujón y llevarle a Las Vegas mientras le explicas las cuatro reglas del asunto y vas ordeñando los casinos con mucho disimulo antes de devolverlo a la residencia que lo cuida con tanto mimo.
Cosmópolis
Me bastan diez minutos de Cosmópolis para saber que hoy voy a aburrirme mucho, y que tal vez no sea capaz de llegar hasta el final. Siento que mi atención se dispersa, y que mi interés se difumina como un pedo fallido. Las otras películas del nido no dejan de piar, reclamando mi atención. Creo que estoy alimentando al polluelo equivocado, y que me corroe la culpa del padre irresponsable. Entre malhumorado y sorprendido, asisto a esta rareza de los personajes trajeados que hablan en arameo, de las limusinas que vienen y van por la ciudad fantasmagórica. Y no me tranquiliza saber que es David Cronenberg quien pilota este avión con destino a lo ignoto. Este tipo es capaz de lo mejor y de lo peor, y esta vez vamos a estrellarnos contra el suelo apenas levantar el morro. Este canadiense lo mismo te regala un peliculón que te mete en un laberinto que sólo él entiende, con hombres raros, mujeres absurdas, surrealismos de Dalí o de Buñuel convertidos en narración personalísima.






