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La máscara

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“La máscara” es una majadería supina que introdujo a Cameron Diaz en nuestras vidas. Solo por eso, por muy boba que sea, ya forma parte de nuestras fiestas de guardar.

Cameron Diaz -que no Díaz, con tilde, como me empeño en escribir enamorado- salta a la vista que es una bellísima persona. Iba a poner “persona bellísima” y casi me juego la reputación. En estos tiempos hay que tener mucho ojo con el orden de las palabras. En la combinación correcta eres un hombre decente que respeta a las mujeres; en la incorrecta, un cosificador que sólo se fija en sus apariencias. Tampoco es lo mismo la hija del rajá que la raja de la hija, como sabemos desde chavales.

El otro protagonista de “La máscara” es, por supuesto, Jim Carrey. Mi generación le odia mucho y yo siempre he pensado que es un postureo, un distanciamiento de culturetas que temen quedar contaminados. Hay gente así. Antes de que se volviera un actor de películas serias yo me partía el culo con Jim Carrey. Y con su doblador al castellano, un genio que siempre me hace dudar entre la versión original o la profanación de los ibéricos.

Mientras veía “La máscara” me imaginaba a mí mismo poseído por el espíritu de Loki. ¿Qué gamberro nocturno surgiría dentro de mí? Algunas fechorías no las tengo claras, pero otras ya las puedo ir adelantando: La Pedanía, eso seguro, aparecería con todas las motos ardiendo en la plaza del pueblo. Y a su lado, los coches tuneados. Y los quads de los anormales. Las casas de cuatro de hijos de puta aparecerían desmontadas ladrillo a ladrillo en una pila que se elevaría varios kilómetros hacia el cielo. Profanaría chistosamente las imágenes de la iglesia y me quedaría con toda la mandanga que venden en un bar muy famoso de por aquí. No para consumirla, que no soy proclive, sino para ponerla a las puertas del instituto el lunes por la mañana. Sólo por joder, y por las risas. 

Sellaría con silicona las puertas de mi trabajo y pondría, en vez de la bandera española que ondea en su fachada, un banderolo rojo para recordar que los proletarios del mundo seguimos desunidos.




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