Se tiene que morir mucha gente

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A mi lado, adonde quiera que voy, también camina un pre-adolescente insoportable. Soy yo mismo, claro, resabiado y tontolaba. El chaval tenía que haberse ido hace años al limbo de los existidos, pero una fluctuación cuántica lo dejó varado en el calendario y no tuve más remedio que acogerle. Después de todo, es la carne de mi carne.

Este desdoblamiento es un fenómeno raro, pero no único al parecer: lo comprendí nada más comenzar “Se tiene que morir mucha gente” y me quedé atornillado en el sofá. Bárbara, el personaje principal, también sufre esa compañía tocacojones; o tocacoños, en el lenguaje paritario.

Una día antes, cuando descubrí la serie en la parrilla, mi preadolescente me avisó: “Es una serie de tías. ¡Y hecha por tías!". Pero el título era irresistible y yo le mandaba callar con mi escasa autoridad. Y es que es verdad: se tiene que morir tanta gente que me mataba la curiosidad. ¿Serían los mismos tipejos que yo propongo en las tertulias...? Hablo de los personajes públicos, claro porque los privados son eso, privados, y cada cual tiene que pelear en su propio ecosistema. 

Luego, en realidad, aquí no se muere nadie. Ni se desea la muerte de nadie. Los odios son fueguinos pero civilizados. El título no era más que un recurso publicitario -quizá más una constatación que un anhelo- pero funciona.

Me fui dejando llevar por los capítulos mientras mi chaval se impacientaba: “Ya verás como acaba siendo un panfleto podemita...”. Pero el panfleto, de serlo, era muy poco panfletario, o quizá demasiado inteligente, y yo, al no darme cuenta, me reía como un bobo. Cuando se dialoga con tanta gracia yo me rindo ante quien sea. Aquí todo es muy natural y contradictorio. Y malhablado. Canallesco incluso. Tierno y venenoso. Al final me reía cada vez más y el chaval, ya arrepentido, me acompañaba.

Sucede, además, que Anna Castillo se parece mucho a un crush privado que yo tengo: uno que también vive varado en una singularidad del calendario. Esto de crush, por cierto, se lo he tenido que explicar a mi chaval de los años ochenta. Miro a Anna Castillo y pienso que sí, que se tiene que morir mucha gente, pero que otra debería existir por toda la eternidad.




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