Aída y vuelta

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En las aplicaciones del amor yo siempre lo advertía: no veo televisión generalista. Mi mayor terror, más que dar con otra mujer desequilibrada, era enamorarme de alguien que luego me propusiera ver juntos, yo qué sé, “La isla de las tentaciones”, o el “Masterchef” de los famosos. Una semana podría aguantar; dos, imposible. Se me notaría mucho el desinterés, mi falta de sacrificio. “Oye, tío, que yo he aguantado tu puta película de Fellini sin hacer muecas ni lanzar puyas a la pantalla”.

Hoy en día, más que en la cama, los amores se dilucidan en el sofá. Con la afinidad televisiva ya tienes medio camino recorrido. Lo otro es sábado sabadete y un poquito de paciencia. Por eso yo me adelantaba a los acontecimientos anunciando mi desdén, y por eso nadie, o casi nadie, acudía a mi reclamo. 

Entre las muchas cosas que nunca vi estaba “Aída”, la serie que sí veía todo el mundo en Tele 5. En aquella década, al parecer prodigiosa, yo estaba a lo mismo que ahora: a la Champions, al snooker, al cine de ayer y de hoy... A las series americanas y al canal Mezzo de los violines. Un hombre televisivo, sí, pero sintonizando otra galaxia. El “prime time” de mis compatriotas es un concepto desconocido para mí. Huyendo de la publicidad -que es la carcoma de nuestro espíritu- me aboné a Canal + en el año 95 y emprendí una ruta solitaria que al final me trajo a estas montañas de eremitas.

Aun así, he caído en “Aída y vuelta” porque todo lo que hace Paco León, o casi todo, tiene algo estimulante. Empezó haciendo de bobo y ahora es el más listo del lugar. Cuando me aseguré de que se podía ver “Aída y vuelta” sin mayores referencias, me lancé. Estar en antecedentes ayuda, pero no es imprescindible. La película no es “Eva al desnudo”, pero también va de bambalinas del showbusiness. Si son metarreales o metaficticias eso no lo sé. Da igual: la reflexión sobre los límites del humor es un tema trascendental. Quizá sea el tema de los temas. Saber de qué se ríe una sociedad, en público y en secreto,  te da el punto de cocción.





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Mañana seré feliz

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“Mañana seré feliz” no es una película, ni un documental. Ni siquiera es esa conversación que anuncian al principio. Es, simplemente, un monólogo de Manuel Vicent sobre las cosas de la vida. Una cámara fija y un sabio que nos ilumina: no hace falta nada más. El resto sería un estorbo o un artificio. Asistir a su charleta es como pasear por Atenas, encontrarte a Diógenes en su tinaja y pagarle dos dracmas para que ilumine tu camino.

Diógenes de Sinope quizá no sea un buen ejemplo después de todo, porque Diógenes era un cínico, tal vez un amargado de la vida, y Manuel Vicent es todo lo contrario: un epicúreo que por cada cosa que desdeñó siempre encontró otra para disfrutar: por cada gilipollas, un amigo; por cada desamor, un enamoramiento; por cada renuncia, un hallazgo; por cada alimento prohibido, una receta cojonuda. Lo suyo no es exactamente una receta para la felicidad, porque la felicidad siempre es eso que se aplaza, una cosa para mañana, pero al menos sirve para ir tirando por el camino.

Vicent solo muestra un momento de debilidad en su charleta. Un desnortamiento seguramente causado por la edad. Nadie, ni siquiera un filósofo valenciano, es inmune al pequeño ictus o al entrecruce de neuronas. Cuando todo era luz y placidez, Vicent, de pronto, recordando sus tiempos mozos, se pone a hablar bien (sic) de nuestro ex rey Juan Carlos, aquel que era el primero de los españoles. Vicent se muestra conmovido porque en un par ocasiones, en unas movidas literarias, el Campechano se dirigió a él llamándole “Manolo” con todo el afecto que un rey puede dedicar a su vasallo. Mi padre también se llamaba Manuel, no te jode, pensé, y si un día el rey se hubiera presentado en las puertas del cine Pasaje acompañado de su comitiva de lameculos, él, por supuesto, no le hubiera negado el saludo, porque era un profesional, y hasta hubiera sonreído ante el tratamiento de “Manolo”, pero no hubiera tardado más de dos minutos en ir al servicio para lavarse las manos con jabón. El saludo de un rey jamás puede ser motivo de orgullo. Es una de esas cosas desagradables que uno, si se las topa por la vida, ha de torear con elegancia, pero también con repugnancia. 



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Landa

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Los chavales de ahora ya no saben quién es, pero Alfredo Landa llegó a ser tan famoso que dio nombre a todo un género cinematográfico: el landismo. Recuerdo que había una pregunta en el Trivial Pursuit que hacía referencia a ese hito cinematográfico. Un hito vilipendiado por la Inquisición y cuestionado por los pecadores. Habría que vernos ahora, a los guarretes,  explicando aquello de las suecas a los chavales que ya hablan inglés y viajan por Europa. 

No recuerdo cuál fue la primera película de Alfredo Landa que vi, pero apostaría veinticinco pesetas a que la vi un domingo de agosto, en uno de aquellos autocares que nos llevaban a la playa. En aquellos tiempos, desde León, por el puerto Pajares, tardábamos dos horas en llegar a Gijón. Casi tres si visitábamos las playas de Villaviciosa o de Salinas. Y todo eso, sumando el viaje de vuelta, convertía el autocar en un cineclub en el que daba tiempo a ver tres películas de esas que ahora ponen en FlixOlé: muy casposas, y criticables, pero la mar de divertidas. Tan incorrectamente políticas que dan ganas de reivindicarlas aunque sólo sea por joder. Por quebrar esa superioridad moral que lucen algunos entrevistados en el documental. Esos fulanos, y esas zutanas, que nos señalan lo obvio como si fuéramos idiotas o fascistas. 

En la Escuela de Jóvenes Cinéfilos de León -la añorada EJCL- tuve una época muy entregada a Alfredo Landa: “Los santos inocentes”, “La Vaquilla”, “El bosque animado”... La verdad es que el tío lo planchaba. Pero luego se juntó con José Luis Garci -el Riefenstahl de José Mari- y empezó a rodar un truño tras otro hasta hacernos vomitar. Soporté unas cuantas películas del Nuevo Landismo hasta que decidí retirar su nombre del santoral. Y ahora, ya ves: me ha dado un poco de pena... Así que valga este documental como pipa de la paz. Por Manitú, y por los viejos tiempos. 





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El encargado. Temporada 4

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Eliseo no ve fútbol ni series de televisión. No se distrae leyendo libros. No resuelve crucigramas en su mesa de conserje. Tampoco sudokus, ni autodefinidos, ni problemas de ajedrez. No se le conocen vicios ni mujeres. Ni siquiera hombres, en el siglo XXI. Eliseo es un tipo raro, sospechoso. Yo no le hubiera contratado para el puesto. Líbranos, Señor, de los virtuosos. De los monjes exclaustrados. De los que andan mano sobre mano perdidos en su nube. De los ociosos y los pensativos. De los exageradamente simpáticos cuando no toca, porque Eliseo también pertenece a ese colectivo aterrador. 

El único pasatiempo de Eliseo es estar atento a todo, y maquinar. Prepararse para el ataque o para la defensa. Eliseo perpetra pequeños males si no le tocas los cojones, pero delitos muy lesivos si te atreves a importunarle. Porque además de tener todo el tiempo del mundo, Eliseo es un hombre inteligente. Un superdotado para el Mal. Un villano de tebeo. El archienemigo de Superporteño. Un hijo de puta quirúrgico, sin genes del remordimiento. Hitler, al menos, amaba a su perra “Blondie”. Eliseo ni siquiera eso: él ha descendido varios escalones evolutivos para amar a una planta carnívora que es su trasunto platónico, y plantónico. 

Eliseo es como una víbora en el camino: está ahí, enroscada, sin hacer nada en apariencia. Pero joder, que si está... Lo mejor es rodearla y retomar el paso. No quedarte quieto ni por miedo ni por curiosidad. Y con Eliseo igual: si te lo cruzas por la vida, ándate con mucho ojo. Mirada al frente e impasible el ademán. Y si no queda más remedio que saludar, pon mucho cuidado en el gesto y en la voz. Él podría detectar un matiz, una inflexión... un peligro. Descubrir un enemigo en potencia o una víctima potencial. Un motivo para sacarlo de su estado de letargo. Eliseo es mitad hombre y mitad reptil: un venenoso sin escamas. Los ojos de Francella obran prodigios animales. 





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¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?

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El amor es sexo, y para todo lo demás, ahí está el diccionario de la RAE. Dicho de otra manera: cuando el erotismo sale por la puerta, el amor salta por la ventana. Es de cajón, de 1º curso de la Vida. No sé por qué existe tanta confusión terminológica. 

En 1993, cuando se rodó esta película, parecíamos más cerca de la verdad. No es que te rías mucho con la comedia de Pereira, pero entiendes bien a los personajes: hay oxitocinas, endorfinas, reacciones químicas muy interesantes... Ahora, con el regreso de las puritanas, la oscuridad vuelve a cegar nuestra mirada. Y a enturbiar el pensamiento.

Cuando se apaga la llama pueden pasar dos cosas: o viene el frío de la noche o queda un rescoldo acogedor. Que el sexo se acabe no quiere decir que haya que levantar el campamento. Es opcional. Pero el rescoldo, digan lo que digan, ya no es amor. Los griegos lo sabían y lo plasmaron en sus pergaminos. Nosotros, en cambio, que ya escribimos sobre las nubes, vivimos extraviados. 

Hay cien palabras hermosas para describir lo que ahora es calor de brasero y antes era fuego que quemaba. Se puede estar enamorado, sí, pero también encariñado, agradecido, relajado en  compañía. A gustito. No pasa nada. Hay una edad para todo; un estado del alma para cada circunstancia. “Llevo enamorado de mi mujer treinta años, pero ya nunca follamos”. Ese tío es un mentiroso, o como poco, un engañado de la semántica. Cualquier apego tiene su palabra justa y correspondiente. Que la busque y que deje de engañarnos. Y de autoengañarse. 

El amor sólo es una variante más de los afectos, aunque eso sí, la más citada y afamada. Las más evocada por los juglares. La más eléctrica y juguetona. La más presente en los títulos de las películas. Y es que el amor, al ser fuego, siempre deja cicatrices en la piel, y se hace difícil de olvidar. El amor es una amistad encamada. No sé me ocurre mejor definición que ésa. Se la escuché una vez a Antonio Gala, que era un sabio cursilón. 





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Cosas que hacen que la vida valga la pena

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Ver películas.
Ver películas buenas.
Hablar sobre películas. Incluso si son malas.
La voz de Ana Belén.
El monte sin gente.
Renate Reinsve.
El silencio.
Un motero silenciado.
Ana Belén cantando “Agapimú”.
(Casi) cualquier película en la que salga Eduard Fernández.
Un gatete.
Un perrete.
Un tatuaje en su espalda, más que la pinacoteca nacional.
El jeto de Al Pacino.
La Champions League.
El Madrid ganando la Champions League.
Un toro corneando a su torero.
Un elefante embistiendo a su cazador.
Emma Stone.
Y Jessica Chastain.
Los Mundiales.
Montaigne y “Los ensayos”.
Algunos recuerdos...
“Juegos de la edad tardía”.
Ana Belén cantando “Qué será, qué será”
Las caricias en la espalda.
Un pincho de tortilla.
“Seinfeld”.
Vince Gilligan.
Y “El hombre tranquilo”
Kim Wexler.
Un piropo. Mucho más si es verdadero.
Los cómics de Ivá.
Teresa Salgueiro
Y Maureen O’Hara
Los paisajes de Irlanda
Enamorarse no; sentirse correspondido sí.
Una canción de Serrat.
La familia Skywalker.
La familia Soprano.
Un himno de Serrat.
Y Javier Krahe, claro.
Y Prince, por supuesto.
Y mi hijo...
Los chistes indecentes.
Molestar a las beatas.
Su sonrisa, aunque no sea para mí.
“Annie Hall”
Ravel y Debussy; Mozart y Beethoven; Manuel de Falla y Radio Futura.
Ganar una apuesta.
Descubrir un paisaje.
Vivir sin reloj.
Azcona y Berlanga; Gastón y Mariano; Lucas y Spielberg.
"El jinete polaco"
“La Gran Belleza”
El último día de curso.
El primer minuto de vacaciones.
El mar Cantábrico.
"The cat in the hat is back", por Wynton Marsalis.
La fabada.
“Cantando bajo la lluvia”
Las nubes en verano.
La nieve, y los carámbanos, y los abrigos en invierno.









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Matrimonio compulsivo

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Un poco más arriba, en el perfil, puede leerse que aquí sólo expongo mis pecados veniales, y que los mortales -que son los verdaderamente enjundiosos, los que monetizan mi caída en el pecado- están disponibles en la versión de pago. Es una broma muy tonta, seguramente sin gracia, que además no termina de disuadir a esa gente muy curiosa, muy interesada por mis entretelas, que a veces me pregunta por el paradero de esos pecados escondidos, como si los escribiera en otro perfil encriptado, o en la Deep Web de los delitos. 

Cuento esto porque cuando veo una película de los hermanos Farrelly ni yo mismo sé dónde colocar mis opiniones. Si en la versión legal o en la escondida. Me río mucho con los Farrelly, muy de continuo y a lo loco, y eso, padre, no sé si es un pecado venial o una mortífera gravedad. ¿Basta con rezar tres avemarías después del visionado? ¿El niño Jesús llora cuando yo me descojono? ¿O esboza una sonrisa de cómplice cabroncete? ¿La teología tiene respuestas para mi sentido del humor?

La última vez que vi “Matrimonio compulsivo” vine a estas páginas a declarar libremente lo mucho que me había reído con las tonterías y los excesos. Eran otros tiempos, claro. Ahora, con la Inquisición restaurada, la biología simiesca del amor ya no se enseña en las facultades. Ni se subvenciona en las películas. Reivindicar el humor de los Farrelly se ha vuelto subversivo y peligroso. Pero no lo puedo remediar. Es como si al chaval irreductible que llevo dentro le montaran una fiesta con hamburguesas y Fanta de limón. Otros han asesinado a ese niño gamberrete y se han quedado tan panchos con su adultez. Son como Abraham en la Biblia, cuando no dudó en apuñalar a su propio hijo por mandato de Yahvé. Yo, en cambio, siempre que me han ordenado tal asesinato, me he compadecido de esa pobre criatura que sigue riéndose con los fluidos pringosos y con el amor de los botarates.







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Los padres de ella

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A los dos minutos de ser presentados, el hombre que iba a ser mi suegro -y que con los años resultó ser mi exsuegro- se asomó por la ventana de la cocina y me señaló la montaña de Peñacorada, que se elevaba, aunque no mucho, por encima del horizonte.

- ¡Mira qué montaña! Siete mil metros de altitud, por lo menos. 

Pensé, por supuesto, que me estaba tomando el pelo.  Poniéndome a prueba, quizá, como hace Robert de Niro con Ben Stiller en la película. Las nuevas generaciones seguramente desconocen el dato, pero nosotros, los veteranos de la guerra, estudiábamos en el colegio que el pico más alto de la Península Ibérica es el Mulhacén, y el Mulhacén no pasa de los cuatro mil metros de altitud. 

Me quedé mirando la montaña con el estómago encogido. Llevábamos dos minutos de relación y de pronto ya era todo estresante y decisivo. Si le respondía que sí, que era una montaña de la hostia, tan alta como las cumbres del Himalaya, cabía la posibilidad de que él conociera el dato verdadero y me tomara por inculto. Y si le respondía que no, que eso era imposible, que ninguna cima cantábrica llegaba ni de lejos, cabía la posibilidad de que él desconociera el dato verdadero y me tomara por un listillo de la capital. En cualquier caso, un hombre indigno de su hija primogénita. 

La altura de Peñacorada era una trampa perfecta para invalidar mi candidatura. Una trampa diseñada quizá en ese mismo momento, improvisada con sagacidad, nada más ver mi pinta de pringado entrando por la puerta.

La otra opción -que al poco se reveló como la verdadera, porque yo me limité a mirar por la ventana y mi futuro suegro siguió hablando y hablando- es que él no tenía ni puta idea de la altura de las montañas, ni en general de las alturas de casi nada. Lo mismo me dijo siete mil metros como pudo haber dicho setecientos, o quince mil ochocientos. Mi exsuegro era así, lenguaraz, desubicado, un artista de lo impreciso. Cuando le conocí ya había alcanzado ese estatus envidiable de decir cualquier cosa indocumentada y despertar el candor de los allegados: “Son las cosas de Fulano”. 

A mí, de mayor, me gustaría ser como él.





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Better Call Saul. Temporada 6.

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No quería que se terminara, pero se terminó. La entropía es implacable con la realidad y también con la ficción. Revivir “Better Call Saul” ha sido como retomar un amor gozoso y primordial, pero traía -como todos- fecha de caducidad. 

Ha sido una segunda oportunidad más corta que la primera, pero también más madura y reposada. Un puro gozo hasta ese cigarrillo presidiario. Tras él, los títulos de crédito se desgranaron como la letra pequeña de un acuerdo de divorcio... Pero ha estado bien: ha sido una primavera pactada entre amantes veteranos. Porque así son, aunque nos duelan, los regresos de las ex.

“Better Call Saul” duró siete años en pantalla, que es el tiempo de vida de un amor excepcional: ése que sobrevive al consumo de hidrógeno antes de convertirse en una estrella apagada pero apacible, o de explotar en forma de supernova para dejar un agujero negro y mosqueante. Son las leyes de la física. Ahora, en el reencuentro, porque el tiempo se comprime cada vez más, “Better Call Saul” apenas ha durado cinco meses hipersónicos: justo el tiempo que tardan los amores retornados en agotar el combustible. La gravedad se vuelve insostenible cuando no quedan reacciones que oponer. El amor, como el universo mismo, es una ordenación de partículas elementales. 

Hice todo lo posible por estirar “Better Call Saul”. Traté de dosificar las temporadas y los episodios, pero el final me dominó el ansia, y me pudo la tentación. La última temporada ha pasado como un cometa por mi ventana. He llegado a llorar en las dos despedidas traumáticas: la de Kim marchándose del apartamento y la de Kim marchándose de la cárcel. No tengo nada que ver con esta gente -tan inteligentes todos, tan liantes, tan decididos para lo suyo- pero mis neuronas espejo, tan caprichosas, trabajaban a destajo. Se ve que ya no hay desamor que me deje como estaba. Los amores ideales, pero fallidos, rasgan el tejido del universo.





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La araña negra (cortometraje)

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Lev Yashin, "la Araña Negra", fue aquel portero soviético que siempre iba vestido de negro y parecía haber nacido, al igual que los arácnidos, con cuatro brazos y cuatro piernas. En “Los lunes al sol” había un emigrante ruso, también despedido de los astilleros, que les contaba a Santa y compañía que los rivales pedían perdón a Yashin cada vez que le marcaban un gol, tal era su aura de cancerbero impenetrable.

Yashin, en mi recuerdo, cuando jugaba para la Unión Soviética, llevaba las letras CCCP estampadas en el pecho al igual que sus compañeros. (CCCP, por cierto, no significa Cucurrucú-Paloma como dicen los enemigos del pueblo, sino Союз Советских Социалистических Республик, que es un asunto mucho más serio). Pero ahora, desengañado por el cortometraje, y por más que busco imágenes en la IA, siempre encuentro a Yashin vestido de negro riguroso, sin letras, como de luto perpetuo por algún gol imperdonable y decisivo. 

(Supongo -porque si no le habrían traspasado al Siberia C. F. o al Lokomotiv de Morituri- que Yashin tenía permiso del comisario político para no llevar esas siglas cirílicas que predicaban las bondades del comunismo). 

La historia de “La araña negra”, el cortometraje, se non è vera è ben trovata, que diría un italiano. Sin embargo, no hace mucho, en la radio, le preguntaron a un periodista italiano por el origen de esta expresión y dijo que no la había escuchado jamás. Da igual... 

En Madrid, en 1964, la noche anterior a la final de la Eurocopa entre España y la CCCP, un comando de patriotas engaña a Yashin y se lo lleva de putas a un meublé muy limpio y distinguido. Una vez desfogado, y todavía abrazado a la mujer, varios fotógrafos conchabados irrumpen en la habitación. Lo siguiente que vemos, en una elipsis muy elegante, es el histórico gol de Marcelino en el NODO y el no menos histórico pasotismo de Yashin ante el cabezazo decisivo. La del cortometraje es una explicación tan válida como cualquier otra para aquel desinterés. 

No es por echarme flores, pero yo siempre sostuve que había algo muy raro en ese gol.





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Portobello

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Si en España, en el siglo XXI, basta con que una mujer te señale con el dedo para pasar por el juzgado -y, si no eres culpable, perder al menos tu reputación-, en Italia, en el siglo XX, suspendido de igual modo el principio de inocencia, bastaba con que un camorrista soltara tu nombre en un interrogatorio para vivir un proceso penal muy parecido al de la novela de Franz Kafka. 

“Portobello” cuenta una pesadilla que parece literatura y sin embargo sucedió en esa Italia desquiciada: la desventura judicial de Enzo Tortora, el presentador del magazine más visto en la RAI de los años ochenta. Para entender “Portobello” habría que imaginar a Mayra Gómez Kemp, en sus tiempos del “Un, dos, tres”, acusada de pertenecer a ETA y encarcelada sin pruebas porque un etarra la señaló como informante del "Comando Madrid" para obtener un trato favorable en la prisión.

“Portobello” habría sido la serie del año -la segunda italiana, después de “El hijo del siglo”- si no fuera porque se hace demasiado larga en su nudo judicial. Hay un ensañamiento en la congoja que luego no se corresponde con el rápido desenlace. Pero hay que verla, claro, y en italiano vernáculo, no doblada a nuestro idioma. Uno de los seis episodios de “Portobello” -pirateados, por supuesto, porque yo sólo pago Movistar- venía sin subtítulos y tuve que escucharlo en castellano. Es insufrible. Los camorristas tienen que hablar como camorristas, y no como señores de Logroño. Y Enzo Tortora, para defenderse, tiene que hablar como un señor atildado de Milán, y no como un cura mantecoso de mi pueblo. 

El doblaje de "Portobello" chirría en los oídos. Desvirtúa la expresividad de los culpables y el juramento de los inocentes. Las palabras en castellano no casan con los gestos en italiano. Si juntas los dedos de una mano para formar una pinza de odio o de desprecio, sólo puedes gritar “¡Vaffanculo, maledetti, non ho fatto niente!”




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La vida de Chuck

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Yo también he visto mi muerte, como Chuck el bailarín. Pero no la he visto en un ático embrujado, sino en el techo de mi dormitorio, proyectada como una película, diáfana e indudable. 

Mi muerte llegará un sábado por la mañana, o un domingo, montado en bicicleta. Un hombre del campo saldrá de recoger las lechugas con su furgoneta y se incorporará a la vía sin mirar, justo cuando yo pase pedaleando. Será un golpetazo mortal. Ya sufrí un accidente parecido hace años y me quedé amnésico durante horas. El siguiente será el remate, el despiste definitivo. Aquí, en la España ancestral, los paisanos consideran que las bicicletas estorban los quehaceres y demoran los placeres. Las bicicletas, o son para el verano, o son para “Uropa”, allí donde estudian sus nietos y sus nietas.

En la cama del hospital, mientras me apago, se irán apagando también las multitudes que contengo. Las reales y las ficticias. Las humanas y las animales. Pobres bichines míos... Todos los muertos se morirán otra vez cuando yo muera. Pero antes de irse, se mezclarán en un curioso batiburrillo no muy distinto del habitual. Ahora mismo, todavía vivito y coleando, ya hay personas reales que voy recordando como soñadas, y personas ficticias a las que voy teniendo por verdaderas. Alguna de mis ex amantes, por ejemplo, es como si hubieran vivido en una vieja película; Luke Skywalker, en cambio, que sale en “La vida de Chuck” hablando de matemáticas, es mi amigo de la infancia y a él quisiera asemejarme.

En la cama del hospital estaré en manos de los dioses y todo se hará según su voluntad. Pero si me dejaran pedir un deseo antes de mi paso fugaz de meteorito intrascendente, me gustaría aprender a bailar. Aunque solo sea con el pensamiento. Y ya puestos, bailar como baila como Tom Hiddleston en la película. Sentir esa libertad, esa indiferencia por la mirada de los otros. Esa alegría de sintonizar con los ritmos del mundo, moviendo los brazos y los pies. 





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Homo Argentum

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“Homo Argentum” no es exactamente una película, sino una sucesión de pequeños sketches y cortometrajes. Un acercamiento antropológico al argentino moderno que trata de sobrevivir trabajando o estafando, disimulando o exponiéndose. 16 historias sueltas, independientes, pero todas protagonizadas por Guillermo Francella, que es como un camaleón de la pampa, o como un T-1000 de la Patagonia. Una demostración de talento sin igual. Un “tour de force” actoral, que es una expresión muy de cultureta de provincias.

¿He dicho “historias independientes” ? Bueno, no del todo. Mariano Cohn y Andrés Duprat nunca se permitirían un guion deslavazado o inconexo. Estos tíos siempre ponen la bala donde ponen el ojo. En sus películas todo está puesto por algo y para algo. Y sin embargo, en internet, son muchos los que no han comprado su último experimento por falta de coherencia. Muchos los que aseguran que “Homo Argentum” es un corta-pega de ocurrencias sin hilo conductor, sin corriente subterránea y común que riegue las historias. 

Yo no estoy de acuerdo. Hay un concepto común que hilvana los 16 episodios de “Homo Argentum”: el clasismo. No tanto la lucha de clases, pues ya casi nadie se rebela contra el amo, pero sí, desde luego, el desprecio al inferior, al que no tiene, al que se ha quedado un piso por debajo. Será que soy un bolchevique innato y que voy viendo el clasismo por todas partes. Pero no creo equivocarme con esta película. Conozco el percal de don Gastón y don Mariano. La vida consiste en presumir; en situarse, al menos, un escalón por encima de los demás. Es el estatus, idiota: el monetario, el sexual, el profesional... Cualquier estupidez sirve para  marcar una diferencia. El “Homo Argentum” no se diferencia mucho del “Homo Ibéricus”. Sólo en el acento, y en esos gestos con las manos que delata sus orígenes italianos.  





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La larga marcha

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A estos muchachotes que participan en La Larga Marcha tampoco se les ve especialmente desnutridos. Ni desesperados. Hay un poco de todo: caucásicos musculados, negros fibrosos e indios indómitos. Quarterbacks de manual. Y chinos enjutos, sí, pero más listos que cualquiera. Estos chicos, por muy mal que vengan dadas, aún podrían ganarse la vida trabajando en una obra, o de estibadores en el puerto. Es una mierda, ya lo sé, pero es mucho mejor que apuntarse a una carrera suicida con un único superviviente. A un Juego del Hambre, o a un Juego del Calamar. 

No se entiende bien su presencia en el matadero. Quitando a un par de desgraciados que serán la primera carne de cañón -entre ellos el entrañable Jojo Rabbit- el resto aún puede caminar días seguidos sin apenas dormir o alimentarse. En las márgenes de la carretera se ve, eso sí, un paisaje de posguerra civil que ahora es la última moda argumental traída de Estados Unidos. Y es que la cosa, por allí, debe de estar más jodida de lo que pensamos. Va a ser la hostia, nen, porque ya no serán yankis y sudistas armados con fusiles, sino fascistas del MAGA contra demócratas de la ANR manejando granadas y ametralladoras a lo rambo. 

Una de dos: o la novela de Stephen King no se sostiene de partida, o aquí hay cosas que están mal explicadas. Yo, desde luego, no dejo de rascarme el cogote. Que Luke Skywalker ahora se gane la vida como militar psicopático tampoco ayuda demasiado a suspender la incredulidad. Al primer disparo en la sien me salí de la película y el resto ya fue un continuo avanzar con el mando a distancia, a ver cómo terminaba la prueba desesperada. Fue... la larga marcha de la tecla wind. La muy corta carrera de mi paciencia.






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La Grazia

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Tengo miedo de que Sorrentino no vuelva a rodar otra película como “La Gran Belleza”. Pero si lo hace, será otro santo del calendario, porque los santos necesitan al menos dos milagros acreditados, y no uno solo como los beatos olvidados. “La Grazia” es como todas las películas que han venido después de Jep Gambardella: hipnótica y extraña, excepcionalmente hermosa, pero no es un acontecimiento único en nuestra cinefilia. 

Es cuestión de gustos, claro, y más todavía si hablamos de Paolo Sorrentino, que es un cineasta como el patio de mi casa: particular. Sorrentino, si lo piensas bien, es un  creador muy parecido al mismísimo Creador: luminoso pero hermético; original pero falible; descifrable o indescifrable según el poema que componga. Todavía no sé si Sorrentino, al igual que Dios, es más profundo de lo que parece o si solo disimula la falta de profundidad con imágenes maravillosas. Da igual. Non mi dispiace. Sus películas siempre son aire fresco. Un recreo de la mirada. El (puto) teléfono móvil ya no existe cuando entras en su mundo. 

Si la gracia es, como dicen en la película, la belleza de la duda, yo todavía no vivo en gracia de Dios ni en gracia de los hombres. Y mucho menos en gracia de las mujeres. Aún tengo certezas arraigadas: la lucha de clases y la corrupción de la Liga sólo son las más comentadas en este confesionario. Pero hay muchas más.  Aún no he alcanzado la amplitud de miras ni la ecuanimidad del pensamiento. Si sólo es cuestión de hacerse viejo, estoy en manos de la suerte; y si es cuestión de nacer con los genes adecuados, tres cuartos de lo mismo. En cualquier caso no tengo que esforzarme: que la gracia venga o no venga ya está escrito en mi destino. Tampoco sé si será una bendición lo que se pose sobre mi cabeza. La Gracia se parece mucho al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo no es un ente confiable.






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Se tiene que morir mucha gente

🌟🌟🌟🌟🌟


A mi lado, adonde quiera que voy, también camina un pre-adolescente insoportable. Soy yo mismo, claro, resabiado y tontolaba. El chaval tenía que haberse ido hace años al limbo de los existidos, pero una fluctuación cuántica lo dejó varado en el calendario y no tuve más remedio que acogerle. Después de todo, es la carne de mi carne.

Este desdoblamiento es un fenómeno raro, pero no único al parecer: lo comprendí nada más comenzar “Se tiene que morir mucha gente” y me quedé atornillado en el sofá. Bárbara, el personaje principal, también sufre esa compañía tocacojones; o tocacoños, en el lenguaje paritario.

Una día antes, cuando descubrí la serie en la parrilla, mi preadolescente me avisó: “Es una serie de tías. ¡Y hecha por tías!". Pero el título era irresistible y yo le mandaba callar con mi escasa autoridad. Y es que es verdad: se tiene que morir tanta gente que me mataba la curiosidad. ¿Serían los mismos tipejos que yo propongo en las tertulias...? Hablo de los personajes públicos, claro porque los privados son eso, privados, y cada cual tiene que pelear en su propio ecosistema. 

Luego, en realidad, aquí no se muere nadie. Ni se desea la muerte de nadie. Los odios son fueguinos pero civilizados. El título no era más que un recurso publicitario -quizá más una constatación que un anhelo- pero funciona.

Me fui dejando llevar por los capítulos mientras mi chaval se impacientaba: “Ya verás como acaba siendo un panfleto podemita...”. Pero el panfleto, de serlo, era muy poco panfletario, o quizá demasiado inteligente, y yo, al no darme cuenta, me reía como un bobo. Cuando se dialoga con tanta gracia yo me rindo ante quien sea. Aquí todo es muy natural y contradictorio. Y malhablado. Canallesco incluso. Tierno y venenoso. Al final me reía cada vez más y el chaval, ya arrepentido, me acompañaba.

Sucede, además, que Anna Castillo se parece mucho a un crush privado que yo tengo: uno que también vive varado en una singularidad del calendario. Esto de crush, por cierto, se lo he tenido que explicar a mi chaval de los años ochenta. Miro a Anna Castillo y pienso que sí, que se tiene que morir mucha gente, pero que otra debería existir por toda la eternidad.




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