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Lo que la verdad esconde

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Siempre hay una última película junto a alguien que ya no quieres, o que estás a punto de desquerer. Todos los amores tienen una película inaugural y una película de clausura. Y si es un amor verdadero, otras muchas por el medio. 

Para los cinéfilos, los amores son como los festivales de cine: un carrusel de películas vistas en compañía. De hecho, se podría establecer un ránking del sentimiento recordando cuántas películas se quedaron a la mitad por incompatibilidad de caracteres y cuántas hubo que poner en pausa porque los cuerpos impacientes pedían un intermedio.

Yo las recuerdo casi todas. Las películas, digo. Tengo una memoria tan traidora como prodigiosa para recordar dónde las vi, y con quién, y en qué circunstancias románticas o anestesiadas. Pero no sólo con los amores que me trajo Cupido: también con los lazos sanguíneos, y con los amigos que la vida ha ido trayendo y llevando. Lo que queda dicho para los amores vale también para las amistades.

“Lo que la verdad esconde”, por ejemplo, fue  la última película que vi con O., un amigo de la infancia. Fue en los cines Van Gogh, en León, allá por el año 2000. Fuimos con más gente, pero no recuerdo con quién. Amigotes suyos, supongo, porque O., por entonces -o quizá siempre fue así- ya no tenía amigos. Sólo eso: amigotes, amiguetes, parranderos en general. Gente que le hacía favores a cambio de otros favores jamás equitativos. 

Recuerdo que O. se pasó toda la película -como era su costumbre- soltando gansadas a media voz. La edad nunca fue óbice ni circunstancia atenuante. Era un maleducado, pero era ingenioso, el tío. El problema es que las gansadas sólo las podía decir él. Formaba parte del contrato. Recuerdo que yo -qué vergüenza, ahora que lo recuerdo- solté una al hilo de no sé qué chorrada de las cien que tiene la película de Zemeckis. O. me pegó un corte de los que hacen daño de verdad. Una puñalada verbal, pero trapera. Un algo intolerable, rastrero, que mi memoria ahora no quiere o no puede recordar. Al salir del cine supe que esa amistad de la niñez, y esa cinefilia más o menos compartida, acababan de esfumarse.







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