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“Mañana seré feliz” no es una película, ni un documental. Ni siquiera es esa conversación que anuncian al principio. Es, simplemente, un monólogo de Manuel Vicent sobre las cosas de la vida. Una cámara fija y un sabio que nos ilumina: no hace falta nada más. El resto sería un estorbo o un artificio. Asistir a su charleta es como pasear por Atenas, encontrarte a Diógenes en su tinaja y pagarle dos dracmas para que ilumine tu camino.
Diógenes de Sinope quizá no sea un buen ejemplo después de todo, porque Diógenes era un cínico, tal vez un amargado de la vida, y Manuel Vicent es todo lo contrario: un epicúreo que por cada cosa que desdeñó siempre encontró otra para disfrutar: por cada gilipollas, un amigo; por cada desamor, un enamoramiento; por cada renuncia, un hallazgo; por cada alimento prohibido, una receta cojonuda. Lo suyo no es exactamente una receta para la felicidad, porque la felicidad siempre es eso que se aplaza, una cosa para mañana, pero al menos sirve para ir tirando por el camino.
Vicent solo muestra un momento de debilidad en su charleta. Un desnortamiento seguramente causado por la edad. Nadie, ni siquiera un filósofo valenciano, es inmune al pequeño ictus o al entrecruce de neuronas. Cuando todo era luz y placidez, Vicent, de pronto, recordando sus tiempos mozos, se pone a hablar bien (sic) de nuestro ex rey Juan Carlos, aquel que era el primero de los españoles. Vicent se muestra conmovido porque en un par ocasiones, en unas movidas literarias, el Campechano se dirigió a él llamándole “Manolo” con todo el afecto que un rey puede dedicar a su vasallo. Mi padre también se llamaba Manuel, no te jode, pensé, y si un día el rey se hubiera presentado en las puertas del cine Pasaje acompañado de su comitiva de lameculos, él, por supuesto, no le hubiera negado el saludo, porque era un profesional, y hasta hubiera sonreído ante el tratamiento de “Manolo”, pero no hubiera tardado más de dos minutos en ir al servicio para lavarse las manos con jabón. El saludo de un rey jamás puede ser motivo de orgullo. Es una de esas cosas desagradables que uno, si se las topa por la vida, ha de torear con elegancia, pero también con repugnancia.
