Breaking Bad. Temporada 1
Rental Family
🌟🌟🌟
“Rental Family” no vende los mismos servicios que “Familia S. L.”, aquella empresa que alquilaba parientes en la película de Aranoa. Son empresas distintas ubicadas en países diferentes. Y lejanos, muy lejanos. En lo geográfico y en lo social. "Japón, miá que está lejos Japón...". Si nosotros somos “gaijines” -completos inútiles- para entender la cultura del sol naciente, ellos, los nipones, cuando llegan al sol poniente, se dedican a fotografiarlo todo para disimular que tampoco se enteran de casi nada.
En “Familia” nadie engañaba a nadie. Tú mismo llamabas a la empresa para alquilar, por ejemplo, una esposa ideal para el cóctel de la empresa, o una familia completa para la paella del fin de semana, con todos los extras disponibles: el cuñado fascista, la suegra regañona, el adolescente insoportable... Aquel era un negocio sin aristas morales. Una fábula agridulce sobre la soledad. “Rental Family”, en cambio, se dedica a engañar a los cuitados japoneses. Y a las cuitadas. No la contratas tú, sino que la contratan a tus espaldas, tus seres queridos, que se preocupan por ti. Si necesitas -como sería mi caso- alguien para hablar de fútbol o del snooker en Eurosport, tu familia te alquila un amigote que de pronto aparece en el bar para darte conversación. Uno que finge ser un recién llegado a la ciudad, pero que en verdad es un actor contratado para que ya no te sientas tan solo en este mundo.
En “Rental Family”, por ejemplo, Brendan Fraser, finge ser el padre de una huérfana y el admirador de un escritor sin admiradores. Mientras él les engaña por dinero, ellos le toman un cariño desmedido. Parece una buena obra de los familiares preocupados, pero a mí me parece un tejemaneje inquietante. Mientras veía “Rental Family” me dio por pensar cuántas personas que han pasado por mi vida eran de verdad lo que decían, o eran actores -sobre todo actrices- contratados para mi bien. O para mi desgracia. Cuántos eran quienes decían ser y cuántos, cuando yo no estaba presente, sentían remordimientos por estar engañándome como a un chino. O como a un japonés.
Send Help
🌟🌟🌟🌟
Le debo mi supervivencia a la tecnología. Bendito sea el microondas. Hace miles de años, abandonado a la intemperie de la sabana africana -o ahora mismo, naufragado en la isla desierta- no duraría más allá de un estómago vacío o de un enfrentamiento con las fieras. Mis antepasados sí lo hicieron y yo soy la prueba viviente de sus habilidades. Qué pensarían de mí aquellos titanes del ecosistema, si diez mil años después me vieran tan torpe para todo... O no: tal vez me confundirían, asombrados para bien, con una especie de mago que convoca la comida y la calienta sin el fuego.
No estoy hablando de mi incapacidad para encender una fogata o matar un mamífero para comer: es que no sabría cultivar un huerto de tomates o construir una casa con ladrillos. Ni siquiera con hojas de palmera. Tampoco sabría confeccionar una vestimenta que soportara la primera brisa del atardecer. Ni distingo las hierbas nutritivas ni adivino la dirección de los vientos. Soy un inútil integral. Nací sin ese módulo en el cerebro o con el módulo cortocircuitado. Aprendí muy tarde a atarme unos míseros cordones, así que ya ves tú el panorama. Soy un disléxico de las manos; el “Homo dishabilis” de mi especie.
“Send Help” me recuerda todo eso y me río como un tonto. Es la sublimación de la penuria. Es una película imperfecta pero recomendable. Una gamberrada que se agradece. En los tiempos del algoritmo, Sam Raimi se ha salido por peteneras: no habrá redención para los naufragados, ni romanticismo bobo, ni lecciones de vida. Tampoco sermones de autoayuda ni ayuda del exterior. Todo será un puro desamparo.
Pase lo que pase, el jefe machirulo seguirá siendo un imbécil integral y la empleada mañosa una loca desatada. Cuando se trata de la lucha de clases no hay entendimiento que valga. Cuando se trata de la lucha de sexos, tampoco. Lo primero es bueno que así sea; lo segundo no, pero se empeñan en enfrentarnos.
Rondallas
🌟🌟🌟
“Rondallas” es eso que ahora llaman una feel-good
movie. Antes las llamábamos comedias amables, o de buen rollo. Es lo mismo,
pero traducido.
En el microuniverso de “Rondallas” todo el mundo es
inofensivo y tiene un corazón de mazapán. Sólo a veces, en invierno, porque el
clima en Galicia se vuelve desapacible, brota algún malicioso con ganas de
joder la bonhomía. Pero al final, cuando llega la primavera, todos los
retorcidos se arrepienten y todos los canallas cambian de parecer.
Tampoco les queda otra: aquí, al malvado, lo hunden en
el fondo del océano. Estos pescadores, y estas mariscadoras, están muy curtidos
en su batalla contra el mar. Son muy buenos por las buenas, pero se transforman
en ángeles justicieros cuando alguien se sale por la tangente. En este pueblo
de cuento -porque “Rondallas” es eso, un cuento, una fábula sobre humanos
bonachones- no hay cabida para el mal. ¿Dónde están, me pregunto, esos tipejos
y esas tipejas que viven en cualquier pueblo de nuestra geografía, por
minúsculo que sea? Aquí, en "Rondallas", el mal solo viene de
turismo, o vive en los otros pueblos que compiten en rondallar.
En “Rondallas”, cualquier parecido con la realidad es
pura coincidencia. No sé si lo ponen al final de la película. Al principio, no
desde luego, y yo creo que deberían. A mí, por ejemplo, el buen rollo me saca
de la película pero al mismo tiempo me introduce en ella, como un respiro, o
como un bálsamo. Me quedo a medio decidir, como el gallego en la escalera, en
el chiste consabido y facilón. ¿Qué es mejor: huir de la realidad o
afrontarla con valentía? Pues depende, claro. Daniel Sánchez Arévalo prefiere
lo primero y no tengo nada que objetar. A veces le salen grandes películas y a
veces películas estimables. Malas jamás. El tío tiene una fórmula maestra para
fabricar su rollo particular.
Amarga Navidad
🌟🌟
En las películas de Almodóvar, cuando un burgués se deprime o sufre de desamores, siempre hay otro burgués que le deja un casoplón para curarse de los nervios. La llamada de teléfono no tarda demasiado en resonar: es el amigo, o el familiar, a veces incluso el ex amante, que te presta un paisaje terapéutico a muchos kilómetros del dolor.
Existe una red solidaria en esa clase social que nosotros, los pobres, no podemos permitirnos. Aquí abajo, cuando te jodes, te jodes en tu piso ruidoso, en tu cochambre de paisaje. No va llamarte nadie para invitarte a su chalet en Lanzarote, a su masía en el Ampurdán, a su piso céntrico en Madrid donde ningún vecino da po`l culo y los techos son altos como la Luna, como la Luna... Nuestras miserias sentimentales no tienen cabida en “Amarga Navidad”.
Los ricos también lloran, sí, pero se recuperan mucho antes. Es una especie de terapia inmobiliaria que manejan entre ellos. Un tejemaneje que es en realidad muy marxista, porque el que da, da lo que puede, y el que recibe, recibe lo que necesita. Es una utopía comunista que ellos, por supuesto, negarían practicar. Los ricos, tan cínicos y tan prácticos, tienen mejores psiquiatras y mejores compañías, pero también mejores paisajes en los que distraer la mirada y el sentimiento.
Es por eso que en “Amarga Navidad” mis neuronas espejo no terminan de encenderse. Asisten a estos dramones sin que yo sienta ni padezca. Simplemente observo, tomo nota, se me ocurren gilipolleces... Pensaba, por ejemplo, en que Bárbara Lennie es sin duda el álter ego de Almodóvar más hermoso de su cine. Esta mujer -que no su personaje- sí logra encenderme otras neuronas relacionadas con el deseo, con la supervivencia necesaria de la especie. Cada vez que yo sonrío en una fotografía, se muere un gatito en algún lugar de la ciudad; la suerte es que Bárbara Lennie, cada vez que sonríe en una película, lo resucita por ensalmo.
The Audacity. Temporada 1
🌟🌟🌟🌟
“The Audacity” es un episodio muy largo de “Black Mirror”. Uno siniestro y perturbador, aunque a veces parezca una comedia de tecnobrós. Lo que se dirime aquí puede que no esté a la vuelta de la esquina, sino que ya exista de verdad y vivamos tan felices. “The Audacity” habla del fin de la intimidad. De su fin absoluto, se sobreentiende. De la desnudez integral ante un ingeniero de Silicon Valley. Ha llegado a los kioscos el porno duro de nuestras entrañas.
Primero fueron las cámaras de vigilancia, luego la omnipresencia de los móviles, más tarde las cookies y los consentimientos... Nos fueron cociendo a fuego lento, grado a grado, como a ranas en la marmita. En parte cedimos y en parte nos obligaron. Los teléfonos móviles son tan divertidos como necesarios. Necesitaríamos un buen abogado -¡Better call Saul!- para no ser condenados por gilipollas.
“Hypergnosis” es una empresa maligna -como de malvados de James Bond- que utiliza un software apocalíptico para saberlo todo de nosotros: historiales, genes, ruinas, deseos, deslices, comentarios... Intenciones fallidas y escondites secretos; ubicaciones y toses; teléfonos y sueños; hijos secretos y miradas al canalillo. Todo. Un ingeniero de “Hypergnosis” posee sobre nosotros la omnisciencia de los dioses. Por un puñado de dólares fingirá que no nos conoce; pero si no nos suscribimos a su plan Premium o Total, venderá todo eso a los comerciales. Nos relajarán al brazo secular para que nos llamen a todas horas y nos nieguen las coberturas. Será el gran orgasmo del capitalismo. La sonrisa triunfal de Isabel y su maromo.
Viendo la serie me acordaba de aquellos indios americanos que nunca se dejaron fotografiar. Ellos veían el futuro mientras nosotros posábamos y decíamos “¡patata!”. Vivíamos en la inopia. Somos productos andantes; datos implumes. En el fondo todo es información: lo dicen los CEOs de Sillicon Valley pero también los físicos teóricos. La materia y la energía no existen. Bajo la realidad no hay bolitas ni rayitos: sólo información, código, algoritmo. Matemática pura. Números. Y los números son, en último término, dinero.
La peor persona del mundo
🌟🌟🌟🌟
Julie no es la peor
persona del mundo. Lo que pasa es que nos ponen ese título para que piquemos
con el mando. Para retenernos en el sofá con una dosis de misterio.
“¿Quién será esa persona
tan malvada y qué atrocidades estará cometiendo?”, nos preguntamos con alarma. Cualquiera
menos esa noruega tan guapa que corre por la calle, nos decimos. El efecto halo
se impone sobre la lógica. Las noruegas hermosas, como aquella modelo que pudo ser
la reina de España, son las criaturas preferidas del Señor y es imposible que
en sus almas anide la maldad. Tiene que ser, por fuerza, un título con doble
sentido, metafórico, una cosa que se dice, porque la peor persona del mundo
ahora es presidenta de comunidad autónoma y reside en nuestro país.
Julie, la chica del
cartel, ni siquiera es mala. Simplemente es... Julie. Y Julie es como todos.
Busca su sitio, como Raquel. A punto de cumplir 30 años está persiguiendo el
hombre ideal, el trabajo adecuado, la maternidad asumible..., pero no termina
de ubicarse. Julie parece un poco inmadura, un poco perdida, pero yo creo que
en el fondo disimula. Julie no necesita esforzarse demasiado: es muy guapa,
lanzada, una chica de hoy en día. La vida vendrá a buscarla a la puerta de su
casa cuando menos se lo espere, y mientras tanto, mientras pasan los días y los
hombres, disfruta de la vida.
Julie, a nuestras madres,
puede parecerles una vaca sin cencerro. Incluso un pendón verbenero, con los
raseros anticuados. Una estudiante sin recorrido y una fiestera de la noche. De
la noche boreal, o del sol de medianoche. Pero Julie, simplemente, no se ata.
No se conforma. Piensa que siempre hay algo mejor, o alguien mejor, a la vuelta
de la esquina. Julie es una escandinava del siglo XXI y eso es como ir al
frente en la carrera evolutiva. Ella piensa de otro modo, práctico y jovial. Las
mujeres del norte son las zapadoras que van por delante de nuestros ejércitos.
Ellas construyen puentes y desbrozan caminos. Quitan las minas. Tapan las
bocas. Corren alegres.
A-ha: La película
🌟🌟🌟
El noruego más famoso de la historia no es Erling Haaland, el futbolista, ni tampoco Edward Munch, el pintor de “El grito”, sino Morten Harket, el vocalista de “A-ha”. Morten Harket, en 2026, ya es un señor mayor que viaja con el IMSERSØ a los fiordos de Noruega, pero sonríe como entonces y se conserva como un pincel. Más allá de sus méritos nutricionales o deportivos, ser noruego también facilita mucho la labor y sería justo que él, en vez de darse tanto pisto, así lo reconociera.
En los años 80, Morten fue el gran ídolo internacional de las nenas. Y de los nenes reprimidos. El artista de rasgos esquimales que forraba sus carpetas con los apuntes de Sociales. “Take on me”, el gran éxito de “A-ha”, sonaba en todas las radiofórmulas y molaba cantidad. Era -como decían los locutores de entonces- un tema fresco y rompedor. Y luego estaba el videoclip, único en su especie, que era una mezcla de realidad y animación muy audaz para la época. Pero luego, exprimida hasta el último dolor, “Take on me” se convirtió en una turra insoportable. En un clásico a evitar. Aún suena en “Kiss FM” cuando el burro termina de dar una vuelta completa y al agotarse el riff introductorio ya te distraes con otra cosa.
Todo esto, por supuesto, no es culpa de “A-ha”. Si de algo sirve este documental es para recordarnos que ellos no fueron un "one hit wonder" como aseguran los mendaces. Estos noruegos compusieron un buen puñado de canciones que todavía resuenan en las frecuencias. Pero más allá de saber cómo se conocieron, y de cómo alcanzaron el estrellato, el documental es pura filfa consabida. El itinerario básico que viene en el manual: dinero a espuertas, mujeres, rencillas, el disco solitario de la estrella... El reencuentro posterior y el “trabajo más maduro” de la banda, que de Oslo para abajo ya nunca nos llegó. Los conciertos por África y las giras alimenticias. Y como colofón, un renacimiento vintage cuando ya todos pasaban de los 60. Y es que no hay nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera bajo el sol de medianoche.
Los héroes de Telemark
🌟🌟🌟
“Los héroes de Telemark” es una película de 1965, pero
recuerdo que la vi siendo muy niño, en el cine Pasaje, puede que hacia 1980. Mientras
la recobraba, casi medio siglo después, me dio por pensar que tal vez 1980
fuera la fecha de estreno en nuestro país, ya que los fascistas alemanes, como
es menester, perdían la batalla contra los liberales y los socialistas. IMDB, sin
embargo, me indica que la película sí se estrenó en España en 1966,
precisamente cuando las noruegas, y también las alemanas, desembarcaban en
nuestras playas soleadas. En el combate sin cuartel entre la censura y el
turismo salió vencedor el chiringuito de la playa.
Con todo lo que ha llovido y nevado desde entonces, aún
recordaba a Kirk Douglas metralleta en ristre y disfrazado de esquiador. Mi
recuerdo era incompleto, pero seguro, y gramaticalmente equivocado: ahora
sé, porque lo he consultado en la Wikipedia, que Kirk Douglas y Richard Harris
no eran los héroes “del” Telemark -como si se tratara de un fiordo o de una
montaña-, sino “de” Telemark, que es una provincia noruega muy visitada por los
turistas.
Por lo demás, “Los héroes de Telemark” es tan aburrida
como previsible. Pertenece a ese subgénero bélico titulado “Si eran tan idiotas,
¿cómo es posible que los nazis casi ganaran la II Guerra Mundial?”. Es un
misterio. Lo que me gusta de la película- y lo que me irrita al mismo tiempo-
es que salen todos esos topicazos: los disparos que no matan, los perros que no
huelen, los focos que no iluminan... Las SS atolondradas de Mortadelo y
Filemón.
“Los héroes de Telemark” es una película que
transcurre en paralelo a las andanzas de “Oppenheimer”. Mientras Oppie trabajaba
en Los Álamos, Heisenberg, en Berlín, hacía sus propios cálculos con el uranio
y el deuterio. La trama de la película gira en torno a una fábrica de deuterio,
pero los guionistas, por lo que deduzco, no tienen ni idea de lo que es. El
doctor Douglas, al ser preguntado por la naturaleza del D2O,
responderá a los gentiles: es hidrógeno, pero “con un protón de más”. Pero eso,
querido mío, es otro elemento de la tabla periódica llamado helio.
Headhunters
Ravalear
🌟🌟🌟🌟
“Ravalear” parte de una premisa dramática que en mi caso ya nace cercenada. A mí me da igual lo que le pase a ese restaurante del Raval llamado “Can Mosques” que centra el interés. No me conmueve que lo cierren, que lo derriben, que lo reconviertan en un gastrobar con ínfulas pijoteras.
Mi padre, de pequeños, cuando nos llevaba a comer a sitios parecidos en Asturias, siempre nos decía que el dueño del restaurante no trabajaba para satisfacer nuestros deseos, para hacernos más gratas las vacaciones con la fabada y los calamares, sino para sablearnos la cartera. Para cobrarnos un margen de beneficio excesivo, a veces incluso delictivo. Mi padre, con eso, conseguía amargarnos cada cucharada de potaje, pero al mismo tiempo nos enseñaba una lección muy válida sobre la vida: todo pequeño negocio, a pesar de su aura romántica y venerable, no es más que el sueño avaricioso de un burgués: un sujeto económico que se aprovecha de los incautos para comprarse un chalet en la playa, y un Mercedes, y enviar a sus dos hijos a estudiar a California.
(Mis prejuicios con "Ravalear" se verán reforzados cuando en el episodio 5 descubrimos que el muy honorable papá, el dueño de “Can Mosques”, es un listillo que paga en B a sus esclavos y perpetra ingeniería fiscal para no declarar los impuestos correspondientes. El empresari català, en eso, como el empresario español).
La otra premisa falsa de “Ravalear” -falsa en mi caso, insisto- es que esa ejecutiva agresiva al frente del fondo buitre tiene que caernos mal por definición. Ella es una hija de puta con todas las letras y no seré yo quien afirme lo contrario. Pero siendo como soy un viejo bolchevique, cada vez que la miro cambiaría mi roja bandera por una cita frente al mar. Por una sola mirada estrábica de sus ojos codiciosos. Casi cincuenta años de ideales comunistas creo que ya merecen un reconocimiento, un retiro espiritual: hoteles de cinco estrellas y botellas de champán. Y mujeres a la altura. Ninotchka, cuando desertó, aún no había acreditado los años necesarios, pero yo sí.
Orwell: 2+2=5
🌟🌟🌟🌟
George Orwell murió dos veces. La primera de tuberculosis, en 1950, y la segunda de pena, en el 2000, el mismo día que Mercedes Milá presentó “Gran Hermano” en la tele como un “experimento sociológico”. Los desinformados que nunca vemos televisión llegamos a pensar que Tele 5, en un extraño cortocircuito, había apostado por un programa de pedagogía política inspirado en “1984”. Pero al final, oh sorpresa, se trataba de espiar a una pandilla de chonis que se magreaban bajo las sábanas.
El “Gran Hermano” de doña Mercedes no era una metáfora de Stalin, o de cualquier sátrapa vigilante, sino una parodia del crucifijo que presidía las camas matrimoniales y vigilaba con ojo atento las prácticas y los placeres. Y entre medias, cada quince minutos, interrumpiendo a los arrabaleros, mil anuncios de propaganda capitalista: “Sea feliz consumiendo, contaminando, aparentando...”. “1984” pasó de ser una lectura fundamental, casi de obligada lectura en los institutos, a ser ridiculizada por la maquinaria de vender productos inútiles o prescindibles.
Desde entonces -y ha pasado ya un cuarto de siglo- las profecías de George Orwell se han seguido cumpliendo como aldabonazos del destino. Porque en realidad no eran profecías, sino constataciones de lo humano. El concepto de dominación siempre es el mismo y solo van cambiando los rostros y los instrumentos: la legión romana, la excomunión papal, la cámara de gas, la Inteligencia Artificial... O la puta televisión. La sofisticación del engaño ya es indistinguible de la magia. Las dictaduras campan a sus anchas y las democracias han sido desactivadas. La gente ya no vota, o tira piedras contra su propio tejado. La ignorancia es la fuerza. La libertad es la esclavitud.
Y si la propaganda no funciona, para eso están los portaaviones y los marines. La guerra es la paz.
Saipan
🌟🌟🌟🌟
En el bachillerato, en la hora de gimnasia, el padre Anselmo siempre pedía 14 voluntarios para jugar al balonmano. Nadie, salvo tres lameculos que jugaban en los cadetes del Ademar, quería mancharse las manos con aquel balón inaprensible. El balonmano no nos gustaba por su naturaleza, y porque era el deporte de los opresores. Nueve de cada diez pajilleros encuestados prefería jugar al futbito en el cemento descarnado. Pero si no salían primero aquellos 14 novios de la muerte -y luego otros 10 para jugar al baloncesto, que era el deporte de los estudiosos- la sesión se suspendía y nos ponían a correr hasta que nos saliera la rebeldía por la garganta.
Eso sucedió un par de veces antes de que nos organizáramos para ir por turnos al sacrificio. Cuando por fin nos tocaba jugar al futbito -una vez de cada tres, pero henchidos de alegría- emulábamos a los prisioneros británicos que se divertían en el campo de concentración de “Evasión o victoria”.
Viendo “Saipan” me dio por pensar que al mismo tiempo, en los Maristas de Dublin, cuando las aulas casi tenían 50 boomers hacinados, existió un padre O´Flaherty que en las horas de gimnasia pedía 30 voluntarios para jugar al fútbol gaélico y luego otros 14 para echar al menos un rugby a 7 sobre la hierba. El resto, si los había, eran enviados a un rincón lejanísimo para que le dieran patadas a un balón de fútbol desinflado. O quizá no, porque el fútbol, en Irlanda, es un deporte tan marginal que quizá nadie se molestaba en practicarlo. De ahí la rareza casi antropológica de que brotara entre los tréboles un jugador tan bueno -y tan polémico- como Roy Keane: un tipo que se partía las piernas por defender la camiseta del Manchester United y luego la de la República de Irlanda. El mismo tipo, bocazas e inconformista, que la lio parda en la concentración de Irlanda en Saipan, en mitad del Océano Pacífico, solo una semana antes de que se iniciara el Mundial de Corea y Japón...
Proyecto Salvación
🌟🌟🌟
Debo de ser el único espectador en 200 kilómetros a la redonda al que le dan pena los astrófagos, esos glotones alienígenas. El único espectador que desea el fracaso de Ryan Gosling subido a las estrellas.
Después, de todo, ¿qué crimen han cometido los astrófagos? ¿Comerse la energía del sol para que la temperatura baje 8 grados centígrados? Lejos de combatirlos, habría que bendecir a estos seres celulares. ¿Dónde está Greta Thunberg cuando más la necesitas? ¿Por qué no sale en la película sosteniendo una pancarta? Antes de fletar un cohete de mil millones de dólares para exterminar a esos benditos, quizá deberían preguntarnos a los plebeyos. Abrir un referéndum popular. Se iban a llevar una sorpresa, los que mandan en la ONU.
El mundo de mi infancia funcionaba así, con ocho grados menos, y jamás se produjo un cataclismo planetario. Lo que todos recordamos como un paraíso climático ahora resulta que es el fin del mundo y la condena de los humanos. No se entiende muy bien el alarmismo de la película. Para mí que falta una reunión de los gobiernos con los hosteleros de la playa. Ahí debe de estar el tomate que se nos hurta: el interés oculto, siempre pecuniario, en que el sol siga castigándonos para que se abarroten los chiringuitos y los heladeros sigan inflando el precio del cucurucho.
En León, con 8 grados menos, vivíamos tan felices entre los inviernos crudos y los veranos tolerables. Lo normal, en enero, era ir al colegio pisando los charcos congelados. Los niños de hoy -incluso los niños de León- ya sólo conocen los carámbanos por las películas americanas. Los 5 grados de ahora eran entonces -3 y nos poníamos pasamontañas para proteger nuestros mofletes. En verano jamás vimos un termómetro pasar de los 40 ºC. Alguno de las farmacias, quizá, pero porque nunca les daba la sombra y acumulaban energía. Por encima de 32ºC ya hacíamos bromas tontas sobre Sevilla o sobre el Sáhara. Y ahora ya ves... Las cosechas no se perdían cuando llegaba la primavera, o asomaban los otoños, porque había primavera, y también otoños, en aquellos años idílicos y perdidos.
Aquel verano en París
🌟🌟🌟🌟
Al final, como en casa, en ningún sitio. Y si tu casa está al lado del mar, en Normandía, más todavía. Eso es como vivir en el Paraíso Terrenal. Yo, al contrario que Blandine, jamás lo hubiese abandonado. Viajar, después de todo, es rodar, hacer colas, sentirse perdido... Molestar a la parentela o dejarse dinerales. Ser uno con tu maleta, arrastrado por ahí.
Ya lo decía Pascal: “Toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en un aposento”. Pero Blandine no ha leído a Pascal, o ya ha olvidado la advertencia, y como arrastraba una pena de amores decidió comprar una entrada para ir a ver los Juegos Olímpicos de París. Y una vez allí, para sofocar su pena,, fundirse con los parisinos, envolverse en multitudes, sentirse por una vez partícipe de la fiesta. Ahí empezó su descojonación, que es, como decía Azcona, esa conspiración orbital contra el individuo.
Blandine, en París, un poco como Paco Martínez Soria en Madrid, sufrirá todo tipo de tribulaciones hosteleras y familiares, a veces por paleta y a veces por bonachona, y al final, arrepentida, siguiendo la senda de Pascal, regresará tan feliz a su casa en Normandía, donde ella es la reina de su república independiente y nadie le impone inconveniencias para dormir.
Es difícil, en mi caso, no empatizar con el personaje de Blandine. Ella deambula por París como deambulo yo por las capitales europeas cuando las visito en el verano: mitad boquiabierto y mitad superado. Con la mochila en la espalda y perdido en la traducción. Sólo contra los oriundos, y contra la maquinaria sacacuartos. Blandine recorrió París justo un año después de que yo paseara por el Sena, cuando lo estaban alicatando. Había dejado mi retiro en La Pedanía -que es un paraíso de tres al cuarto- para participar en los Juegos Olímpicos del Amor. Pero me eliminaron en la primera ronda, nada más llegar, y tuve que desistir de mis empeños.
Dear England
🌟🌟
Gareth Southgate, en la vida real, fue un seleccionador de Inglaterra que aburrió mucho a las ovejas. A las del Yorkshire, y a las de cualquier campiña del planeta. Don Gareth era un amarrategui de manual. Un cagón. El Maguregui de las Islas Británicas. El hombre que convirtió a la generación más talentosa de Inglaterra en once defensas encastillados esperando no se qué: un fallo del rival, una intervención divina, ni siquiera un contraataque. La nada.
Los futboleros veíamos a Inglaterra porque era nuestra obligación, nuestra misa de guardar. La eucaristía que cada cierto tiempo rememora a los profetas. Un cabo de año, que dirían las beatas. Pero era solo eso: una entrega, un sacrificio, una putada en realidad. Con Southgate sentado en el banquillo, los partidos que honraban a los ingleses eran una comunión de los bostezos.
(Gene Hackman, en “La noche se mueve”, decía que ver una película de Rohmer era como sentarse a ver crecer la hierba. Gene Hackman -su personaje, quiero decir- era un mentecato y un sacrílego, porque las películas de Rohmer encierran sabidurías ancestrales. Pero me quedo con la idea).
Lo más cojonudo es que el truco de Gareth Southgate funcionaba. Inglaterra, arropada en esa táctica indescifrable, superaba rondas y más rondas hasta llegar a las finales. Pero ahí, indefectiblemente, caía fulminada, atenazada por la presión. Si no eran unos penaltis contra Italia era una cagada contra España. “Dear England” cuenta aquella extraña aventura de Gareth Southgate y sus muchachos seleccionados. Consta de cuatro episodios y sólo he visto la mitad. Enough for me. Es tan aburrida y tan ridícula como aquellos partidos memorables. Por mucho que queramos, no logramos olvidarlos.
Gareth Southgate aparece en "Dear England" como un Mr. Wonderful que eleva la moral y asiste a los descarriados. Un psicólogo, un padre, un veterano de Vietnam... Me parece pistonudo. Me quedo más tranquilo al saber que era un buen tipo en realidad. Aburrido, pero un buen tipo. Si el hermano fallido de Ralph Fiennes lo interpretara con menos muecas tal vez me caería hasta simpático.
La vida alegre
Estoy en crisis
🌟🌟🌟
Yo estoy con Fernando Colomo: el mejor remedio que se ha inventado para curar una crisis existencial es irse a vivir al campo con Cristina Marsillach, lejos del ruido y de los hombres. Y de las mujeres. Nada como montar una comuna sencilla, de dos ascetas pervertidos, para sanar el cuerpo y reconfortar el espíritu. Folla et labora, reza la regla de fray Colomo.
He ahí el camino y la redención: irse lejos con la mujer amada, pero tampoco muy lejos, por si hay que llamar al médico o bajar a la ciudad. Cultivar un huerto para alimentarse, y recibir por las mañanas al panadero y al pescadero. Y de vez en cuando, cada quince días, al furgón del supermercado. Admitir sólo eso, furgonetas con víveres, y coches con amigos. Pero coches muy escogidos, ojo, los justos para no enloquecer del todo en ese monasterio peñascoso. Enloquecer de amor, decía, en la paz de los instintos.
La casualidad ha querido que yo, ahora mismo, también tenga una crisis como ésta de Sacristán. Ahora que se vive más, la crisis de los cuarenta y pico se tiene a los cincuenta y pico. Es como adelantar la hora en el horario de verano. Lo que pasa es que yo no tengo casoplón ni amigo que me lo deje. Ni a Cristina Marsillach en el horizonte... La búsqueda de una monja lasciva se alarga demasiado.
De todos modos, mi crisis, atendiendo a la primera acepción de la RAE, no es trágica ni preocupante. Es un “cambio profundo y de consecuencias importantes”, como dice el diccionario. Por fuera todo parece igual, pero por dentro, en la propiocepción, noto que estoy cambiando y que adquiero nuevas disposiciones. ¿Será la madurez tan largamente soñada? Ojalá, pero no creo. La madurez viene de serie con el nacimiento y yo nací sin bendiciçon. La madurez no se adquiere viviendo, ni viajando, ni recibiendo negativas. Hay gente madura como hay gente que nace rubia o que tiene más largo el hueso peroné.
¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?
🌟🌟🌟
Tigres de papel
DTF St. Louis
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“DTF St. Louis” es una aplicación para ligar. Para ligar en San Luis, se sobreentiende, y en su área metropolitana. Del sexo insatisfecho y del deseo contrariado nació esta historia detectivesca. Esta rareza audiovisual. Esta serie tan extraña como la propia humanidad.
“Nadie es normal, aunque a simple vista no nos damos cuenta”. Nos lo recuerdan de continuo. Así que el misterio es: ¿qué anormal, o qué anormala, mató finalmente a ese gordo de Misuri que tenía la polla torcida y la mente de teleñeco?
DTF, en inglés, son las siglas de “Dare to Fuck”: atrévete a follar. Aquí, en castellano, para sostener el juego de palabras, lo han traducido por “Donde Todos Follan”, lo que es, obviamente, una traducción chapucera, y una publicidad fraudulenta. Porque en las apps del asunto, como es sabido por todos, sólo follan los de siempre: los que ni siquiera necesitan descargar la aplicación. Ellos, y ellas, son las langostas que no dejan un campo sin devorar.
Con semejante traducción, el que no se coma un rosco en DTF podría contratar un bufete de abogados. Better Call Saul... ¿Se imaginan? Hubiera sido más fácil, y más honrado, traducirlo por “Decídete, tolai, a follar”, y luego ya veremos. Sin resultados garantizados, pero con un hálito de esperanza.
Hablo, por supuesto, con conocimiento de causa. Yo estuve varios años en “DTF La Pedanía”, y su área metropolitana. Algún polvo me llevé, sí, pero al final todo fueron lodazales. En “DTF La Pedanía”, follar, lo que se dice follar, con alegría y desenfreno, sólo follaban tres afortunados. Lo sé porque me lo contó una mujer que se apiadó de mi desgracia. Mientras me hacía circulitos en el pecho, me aconsejó que lo dejara. Que probara por las vías tradicionales. La app era coto de caza y era imposible competir. Todas las mujeres hacían cola por tirarse a esos tíos y desdeñaban a los demás. De ahí los silencios y las negativas.
Ella, al parecer, les iba rotando y se había quedado, de momento, sin su silla de montar. Conmigo, mientras tanto, se entretenía, y me daba buenos consejos. Era la mar de sexy y creo que me enamoré. El resto de la historia necesita suscripción.
Mi vida entre las hormigas
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No soy un macarra, ni un hortera, ni voy a toda hostia por la carretera. Soy, más bien, un pusilánime, y un cutre textil, y ni siquiera tengo carnet de conducir. Nada de eso ha cambiado desde que “Ilegales” empezaran a sonar en Los 40 Principales. Y sin embargo, ahora como entonces, no dejo de tararear la canción cuando la escucho en una radiofórmula. O en algún documental.
La tarareo por la nostalgia de un tiempo que no viví aunque fuera contemporáneo, ni a tope ni nada, siempre enterrado entre libros y atrapado por la timidez. Pero la canción molaba, molaba la hostia, como molaban los “Ilegales” por el mero hecho de llamarse así, tan salvajes y guerrilleros, unos punkis sin pinta de punkis, más bien de lunáticos peligrosos que allá en los Maristas eran como los héroes de la resistencia que peleaban en Asturias. Otro mundo de fiestas y mujeres era posible si agarrabas la guitarra y escribías unas cuantas letras de poesía combativa. Tampoco había que ser Quevedo ni Vicente Aleixandre. Ni Carlos Santana pulsando las cuerdas. Con mandarlo todo a tomar por el culo y rimarlo con gracia ya era suficiente.
En lo que sí coincidíamos Jorge Ilegal y yo es que teníamos un tipo dentro del espejo que nos miraba con cara de conejo. El suyo era un conejo puesto hasta arriba de farlopa, muy inteligente y agresivo; el mío, que me sigue mirando mientras el cuerpo aguante, se parece más bien a Roger Rabitt, todo tontuna y confusión. Pero ahí terminan las coincidencias. Más allá de la estatura y de la preferencia por la soledad, no descubro nada en este documental que me una con el personaje retratado. Y menos mal, porque vaya tela, el tal Jorge... Un tipo singular, sí, pero para verlo desde la distancia. Una decepción humanística. Y aún así, cuando suena “Tiempos nuevos, tiempos salvajes” se me van otra vez los pies y el tarareo: es como una canción de ahora mismo, radical, todo furia y sálvese quien pueda.




















