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No tengo carnet de conducir. Nunca lo necesité para sobrevivir. Siempre me las apañé para tener el trabajo a tiro de piedra o a pedal de bicicleta. Hice de la necesidad virtud y terminé convirtiéndome en un comodón de la pradera. Si un revés de la vida me obligara a sacarme el carnet de conducir, aún tendría más canas, y peor peinadas, que el personaje de Juan Diego Botto, que ya se presenta en la autoescuela con el arroz pasado y hasta casi socarrado.
En La Pedanía tengo el colegio a 500 metros de distancia, los supermercados a otros tantos y la farmacia solo un poquito más allá. Suficiente para ir tirando sin automóvil. Ni los bares necesito, aunque aquí los haya a centenares. Para eso pago mi suscripción a Movistar: para no ver el fútbol con los parroquianos. Y luego, si tengo que bajar a Ciudad Capital a visitar a los médicos o a rellenar las burocracias, tengo un autobús cada quince minutos que me deja allí en otros tantos. Y si no, tiro otra vez de la bicicleta, jugándome el pellejo en estas tierras bárbaras tan distintas de Ámsterdam o de Copenhague.
Cuento todo esto a título informativo, nada más. No para presumir de ecológico o de listillo. Sin carnet he ganado calidad de vida pero he estrechado mis horizontes. Son las gasolinas que entran por las que salen. De hecho, conducir un coche es una de mis pesadillas recurrentes. Sueño que me dejan al volante sin tener ni puta idea de llevarlo: me lío con los pedales, y con las señales, y siempre estoy a punto de estrellarme contra el primer obstáculo que aparece. Mis padecimientos en la autoescuela serían exactamente los mismos que los de Juan Diego Botto en la serie. Idénticas sus torpezas, sus cabreos, sus comeduras de tarro... Su miedo paralizante.
Idéntico, también, su desconcierto, muy altanero y tontorrón, cuando comprueba que cualquier analfabeto sin dedos en la frente es capaz de conducir un coche y nosotros no.
