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No me gusta conducir
Entrepreneurs
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Lo contaba Michel de Montaigne en “Los ensayos". A Diógenes, llamado el Ateo, mientras le mostraban los retratos de los hombres que sobrevivieron a los naufragios, le dijeron en el templo:
- Y bien, tú, que piensas que a los dioses les traen sin cuidado las cosas humanas, ¿qué dices de todos estos hombres salvados por su gracia?
Y Diógenes contestó:
- Sucede que los que se han ahogado son mucho más numerosos y no están pintados.
Así es el mundo entrepreneur: nos dan mucho la matraca con los que triunfan, pero los que fracasan son muchos más numerosos e interesantes. Los que triunfan, además, son casi siempre los hijos de papá. Sólo ellos pueden arriesgar tiempo y dinero sabiendo que hay un colchón esperando el batacazo. A veces es un colchón relleno de billetes nunca declarados en Hacienda.
Lo dice el personaje de Rober Bodegas en un diálogo memorable: “Los ricos nunca pierden”. O si pierden, lo recuperan en un santiamén. Ellos, los figuras, jamás saltan al vacío en sus locas aventuras. O lo hacen con siete paracaídas por si fallan los seis primeros en el colmo del infortunio. Ellos, esa gente, tienen amigos, y contactos, y jeta por un tubo... Equipos de rescate y médicos de primera. El verdadero riesgo esta reservado a los genios y a los necesitados. Y a los tontos del culo que los imitan.
En el mundo entrepreneur se necesitan muchos perdedores para que alguien puede proclamarse vencedor. Es de cajón. A veces es necesaria una auténtica masacre para que sobrevivan cuatro héroes de pacotilla. Para que los pardillos se presenten en el campo de batalla hacen falta vendedores de humo a la altura de aquellos curas que llamaban a la guerra. Se necesita ina jerga insidiosa para que la gente se anime a fracasar pensando en un futuro esplendoroso de Lamborghinis en la puerta: algo muy parecido a ese “business speach” que Alberto Casado borda en su papel de absoluto gilipollas.
(Mientras tanto, Aura Garrido, que revolotea por la serie un tanto descolocada, nos regala su presencia de arcángel de las finanzas).
Chinas
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Aquí, en el Valle de La Pedanía, tan lejos del barrio de Usera, apenas se ven ciudadanos chinos por la calle. Y si ves alguno, lo más seguro es que venga desde Pekín, de peregrino, buscando el perdón de los pecados por el camino de Santiago.
La Pedanía no es tierra de promisión para los chinos de la China. Para casi nadie de fuera en realidad. La única minoría inmigrante que ha echado raíces es la caboverdiana, tres generaciones después de que aquellos valientes vinieran a trabajar en las minas de carbón. Los chinos primigenios abrieron un par de bazares y de restaurantes y desde entonces han ido sobreviviendo sin expandirse. No ha habido efecto llamada ni nada parecido. No hay ni media calle, en este entramado urbano, que puedas llamar “barrio de Chinatown”, como en las películas americanas o en los extrarradios de Madrid.
Aquí, tan lejos de la capital de la provincia, caló muy fuerte la tontería de que en los restaurantes chinos sólo servían carne de gato o de abuelete no incinerado, y que disimulaban su sabor con la salsa agripicante. Desde entonces, la clientela que ha mantenido más o menos el negocio es justamente la que también vino desde muy lejos, desde el otro lado de las montañas. De León, por ejemplo, como es mi caso de maestro destinado. Los nativos del Valle son todos de sota, caballo y rey cuando llega la hora de comer: empanada, pulpo y botillo. Les sacas de ahí y el universo se contrae ante sus ojos asustados, que casi se achinan, de puro estupor, ante la presencia de otras sugerencias.
En la capital del Valle acaban de reabrir un restaurante chino que antes naufragaba y la cosa parece que funciona. Lo han puesto muy chuli, la verdad, pero no demasiado asiático en la decoración, sin dragones ni farolillos rojos para no asustar a los nativos. Aun así, sólo ves gente joven comiendo los sábados al mediodía. Ni siquiera las camareras tienen ya rasgos asiáticos. Es probable que los dueños lo hayan vendido todo y se hayan ido a vivir al lado de estas chavalas chinas de la película, tan entrañables y tan desubicadas.
La vida breve
🌟🌟🌟
Los primeros tres episodios prometían emociones fuertes. Exaltaciones republicanas, incluso, en la paz exiliada de nuestros hogares. Casi me dieron ganas de colocar sobre la tele una banderita de la II República que compré en la Semana Negra de Gijón. Lo que pasa es que su base es muy ancha, y mi tele es muy fina, y al final decidí ponerla justo al lado para recrearme en sus colores.
En los primeros episodios no quedaba ni un solo Borbón que no fuera un personaje ridículo o un hijo de puta sin miramientos. O un loco de maniatar. Ellos y sus esposas, por supuesto, que a veces pertenecían a otras casas de la realeza. Alguien me había dicho que “Su majestad” –la otra serie presuntamente antimonárquica del momento- se quedaba corta en cuanto a la crítica a sus altezas, y que era aquí, en “La vida breve”, donde podíamos encontrar la carcajada abierta y el escarnio educativo.
A mí, la verdad, me extrañaba mucho que Movistar +, siempre tan arrimada a los poderosos por aquello de la salud accionarial y del perfil más bien conservador de sus abonados, se atreviera a darle palos a la dinastía que ahora mismo presta sus manos para ser besadas por el populacho, por mucho que Felipe V y Luis I sean reyes relegados en el Museo del Prado. Después de todo no dejan de ser los antepasados de Felipe VI “El Preparao” y de Leonor I “La Almirante”. O almiranta, que ya no sé.
Y así, tal como yo me temía, la serie no tarda mucho en arrepentirse de sus pecados y convertir a Luis I en un rey preocupado por el bienestar de los plebeyos. Casi un socialista que además se interesa por otras religiones, reconoce la plurinacionalidad de su reino y permite que su esposa, la reina Luisa Isabel de Orleans, renuncie a sus deberes de ser madre y se acueste con las cortesanas más guapas de palacio. El feminismo insertado en una corte real del S. XVIII... El mainstream y tal.
Al final es todo tan ridículo, tan políticamente delirante, que te quedas clavado en la serie ya no por devoción, sino por el puro morbo de la degeneración argumental: ésa que convierte, precisamente, a esos degenerados, en personas respetables que nos aman.
En la ciudad
Una pistola en cada mano
Yo tuve un amigo que de
chaval, cuando veíamos el porno clandestino, se excitaba tanto que mientras se acariciaba el bulto del pantalón exclamaba, con un tono de chiste y de
gran drama personal a la vez: "¡Dios, quién pudiera tener dos
pollas...!" Como si la única que le fue otorgada por Yahvé no le bastara
para dar salida a tanto deseo. Como si le superara el número de mujeres que
veía en pantalla, o le sobrepasara la temperatura de una caldera interior que
necesitaba dos válvulas para aliviar tanta presión acumulada.
He recordado a mi amigo mientras veía “Una
pistola en cada mano”, que es el retrato de varios cuarentones que viven un
poco así, con dos pollas asomando por la bragueta. Una es la polla real, con la
que cometen sus infidelidades o santifican el lecho conyugal según como vengan
los aires del Mediterráneo. Y la otra es la polla virtual, con la que fantasean
sus peripecias en paralelo, proezas de machos que merecen un galardón del
folleteo.
Mi amigo de la adolescencia se hubiera alegrado de saber que los hombres -aunque sea de un modo metafórico- sí venimos al mundo con dos pollas disponibles. Y también con dos inteligencias, y con dos de casi todo, como decía Javier Bardem en “Huevos de oro”. La primera inteligencia es la práctica, que nos ayuda a ubicarnos en el mapa y nos permite hacer cálculos aritméticos. Y la segunda es la inteligencia emocional, esa que ni siquiera sabíamos que existía hasta que un buen día la descubrimos leyendo los suplementos del periódico. Por eso somos tan torpes con ella, y por eso las mujeres nos dan mil vueltas en su manejo. Ellas sabían de su existencia desde los tiempos de Maricastaña y no nos dijeron nada del asunto...
Es por eso que en el mundo real, como en el mundo de la película, los hombres siempre quedamos un poco ridículos cuando hablamos de sentimientos. Balbuceamos, dudamos, nos contradecimos. Se nos ve poco sueltos, poco cómodos, como si hiciéramos pinitos en un idioma desconocido. Pero últimamente lo estamos intentando, y nos esforzamos, y hay mujeres que eso lo valoran mucho. Toca perseverar.
Fleabag. Temporada 1
Raquel busca su sitio es una serie viejuna que yo veía de vez en cuando porque Leonor Watling lucía en ella el esplendor de su juventud. El hechizo duraba hasta que los programadores ponían la primera ristra de anuncios y yo sintonizaba otra vez el partido de fútbol, o la película del Canal +, interruptus perdido en el amor.







