La vida alegre
El extraño viaje
🌟🌟🌟
¿Guapo? ¿Muy guapo, incluso? ¿Repeinado? ¿Un poco chulo? ¿Guitarrista en una orquesta de pueblo? ¿Y dice, además, que tiene un hermanito paralítico al que cuida con todo su amor? Vamos: se le ve venir a distancia. Menudo farsante. Hay que ser tola para enamorarse de un tipejo semejante. No me extraña que luego pase lo que pase. Y sin embargo, ella, la chica más guapa del pueblo, la vecina más valiosa de Villaliebres de las Manzanas, se dirige hacia él como una luciérnaga dispuesta a achicharrarse. El amor es ciego, ay, y bobo, y sería mejor no hacerle ni puñetero caso. El amor es ese extraño viaje hacia el desengaño y la penitencia.
Las chicas guapas son eso como nosotros, los machos de la especie: les puede el instinto. Presumen de ser seres sensibles y superiores, pero no es verdad. Las hormonas del sexo siempre están detrás de los pensamientos elevados. En su caso, ay, es la querencia ancestral por el antropoide más sospechoso de la tribu. A Carlos Larrañaga, en la película, sólo le falta la moto y el libro de poesía para ser el perfecto gilipollas. El perfecto vendehumos. Menuda desfachatez...
Querida mía: éste viene de romper decenas de corazones por los otros pueblos de la comarca y tú todavía no te has enterado. ¿No comprendes que eso mismo que te sulibeya- su postureo, su labia, su rollo cantor de Mario Lanza- será lo mismo que atraiga a la siguiente mujer de su vida? ¿No entiendes, alma de cántaro, belleza entre los cardos, que los hombres perfectos son como tiburones que se ahogan si no dejan de nadar? El amor es ese extraño viaje que sólo compramos por el folleto de la agencia.
La belleza... El envoltorio... Casi me da un infarto -un extraño viaje hacia la otra vida- cuando a mitad de película descubrí que la malvada se llama igual que una de mis examantes. Examada, mejor dicho, porque ella nunca me amó. Ella también era una reina de la noche. La mujer más deseada en sus lejanos contornos del Norte. Por eso sé de lo que hablo. Yo también me sentí orgulloso por un día. El amor -cuando es verdadero- es ese extraño viaje hacia la reencontrada soledad.
Ana y los lobos
🌟🌟
Rafael Azcona es mi dios.
O mi semidiós. Un literato griego que nació en Logroño con alas en las manos. En
sus colaboraciones con Berlanga o con Marco Ferreri, Rafael Azcona escribió guiones
llenos de cinismo, irreprochables, con los que se construyeron obras maestras de
nuestro cine. O películas cojonudas, sin más, como aquellas que firmó a última
hora con José Luis García Sánchez. Están todas ahí, en mi videoteca, dándome
una pátina de hombre ilustrado con memorias de carcamal. Lo de Azcona y
Berlanga, en concreto, fue como una conjunción astral. Como el engarce perfecto
de dos estrellas que coindicen en la galaxia y bailan una alrededor de la otra.
Pero Azcona, ay, es un
dios imperfecto. Por eso digo que es un semidiós, quitándole la mitad de su trascendencia.
A Azcona, como a Aquiles, tambièn le huele el pinrel por el talón. Incluso Yahvé,
el Dios Supremo, con todo lo monoteísta y poderoso que es, hizo cagadas que sería
mejor esconder bajo la alfombra. Por cada belleza que puso en la Creación se le
ocurrió un crimen o una basura. Azcona no tanto. En él pesa mucho más lo bueno
que lo malo. Pero a veces, cuando se le iba la olla, y le daba por jugar con lo
simbólico -y en eso Carlos Saura es una compañía muy poco recomendable- dejaba unos
truños en el pinar que todavía huelen desde aquí.
“Ana y los lobos” es una
película sobre el tardofranquismo. ¿Y qué era el tardofranquismo?: pues
básicamente un puro deseo sexual. Un ansia nacional por despojarse del
catolicismo y lanzarse abiertamente a fornicar. Tengo un amigo que sostiene que
al franquismo no lo derrotó el afán democrático, ni por supuesto el rey comisionista,
sino el ejército de suecas en bikini que desembarcó en nuestras playas para
ponerlo todo patas arriba. En “Ana y los lobos” no hay una sueca, sino una
norteamericana muy guapa que todavía no sabe en qué berenjenal -y perdón por la
metáfora -se está metiendo.
El sur
La primera vez que vi El sur, el padre misterioso que apenas hablaba, que apenas contaba nada sobre su pasado, era el mío: hermético, adusto, siempre trabajando…Nada que ver con el personaje de Omero Antonutti en la película, que es un padre cordial con Estrella, su hija, aunque se le note que sólo se acuerda de ella cuando la ve. Que está presente en cuerpo pero no en espíritu, siempre descolocado, incómodo, pensando en la vida soñada que dejó allá lejos. En el sur…




