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Julie no es la peor
persona del mundo. Lo que pasa es que nos ponen ese título para que piquemos
con el mando. Para retenernos en el sofá con una dosis de misterio.
“¿Quién será esa persona
tan malvada y qué atrocidades estará cometiendo?”, nos preguntamos con alarma. Cualquiera
menos esa noruega tan guapa que corre por la calle, nos decimos. El efecto halo
se impone sobre la lógica. Las noruegas hermosas, como aquella modelo que pudo ser
la reina de España, son las criaturas preferidas del Señor y es imposible que
en sus almas anide la maldad. Tiene que ser, por fuerza, un título con doble
sentido, metafórico, una cosa que se dice, porque la peor persona del mundo
ahora es presidenta de comunidad autónoma y reside en nuestro país.
Julie, la chica del
cartel, ni siquiera es mala. Simplemente es... Julie. Y Julie es como todos.
Busca su sitio, como Raquel. A punto de cumplir 30 años está persiguiendo el
hombre ideal, el trabajo adecuado, la maternidad asumible..., pero no termina
de ubicarse. Julie parece un poco inmadura, un poco perdida, pero yo creo que
en el fondo disimula. Julie no necesita esforzarse demasiado: es muy guapa,
lanzada, una chica de hoy en día. La vida vendrá a buscarla a la puerta de su
casa cuando menos se lo espere, y mientras tanto, mientras pasan los días y los
hombres, disfruta de la vida.
Julie, a nuestras madres,
puede parecerles una vaca sin cencerro. Incluso un pendón verbenero, con los
raseros anticuados. Una estudiante sin recorrido y una fiestera de la noche. De
la noche boreal, o del sol de medianoche. Pero Julie, simplemente, no se ata.
No se conforma. Piensa que siempre hay algo mejor, o alguien mejor, a la vuelta
de la esquina. Julie es una escandinava del siglo XXI y eso es como ir al
frente en la carrera evolutiva. Ella piensa de otro modo, práctico y jovial. Las
mujeres del norte son las zapadoras que van por delante de nuestros ejércitos.
Ellas construyen puentes y desbrozan caminos. Quitan las minas. Tapan las
bocas. Corren alegres.

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