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Sueños en Oslo

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Mis sueños, en Oslo, fueron los mismos que tengo en La Pedanía porque viajan en la maleta y no pesan nada en el control de facturación. Mis sueños son muy densos, y farragosos, pero ligeros como el éter cuando tratas de medirlos. Yo preferiría no llevarlos cuando me voy de vacaciones; descansar de ellos como descanso de la rutina y de la gente. Pero se me cuelan, los muy jodidos, porque son como el aire que cantaba Pedro Marín: pegados a mí, siguiéndome al andar.

Más al norte, en la Noruega profunda, mis sueños tampoco claudicaron, inasequibles al frío y a las latitudes: que pierdo el autobús; que cojo el autobús en sentido contrario; que llego tarde al colegio; que por fin llego al colegio y no sabía que tenía un examen; que tengo que caminar a cuatro patas por la calle y la gente se descojona; que estoy en París pero no encuentro la torre Eiffel; que aparece Medusa con sus ojos verdes y me incita a recaer... Mi sueños son todos así: una tarea hercúlea que me cansa más que la vigilia. Así estoy luego todo el día: derrengado, y como en Babia, enterándome de la mitad.

Esta chica de Oslo -y ya voy a la película- no sueña en realidad. Ensueña, muy despierta, que se acuesta con su profesora de francés. Pero ella lo expresa de otra manera: “Quiero sentir su vello contra mi vello mientras las nubes nos contemplan y los abedules, mecidos por el viento, se inclinan para protegernos y ser testigos de nuestro amor”. Follar, vamos, pero en lenguaje poético que no cosifica a la mujer... Es el signo de los tiempos.

Al final no sé si la folló. O viceversa. Creo que sí. No llegué más allá del minuto 40. “Sueños en Oslo” no es propiamente una película, sino una narración, una voz en off que va contándote lo mismo que estás viendo en la pantalla. Un experimento de vanguardia. Una memez insoportable. Y ni siquiera sale Oslo: sólo un barrio periférico y una niebla persistente. 

Ya tuve que haber desconfiado cuando la alumna enamorada le dice a un colega deconstruido: “La danza clásica habría que prohibirla porque reafirma los roles de género tradicionales”. Estamos en manos de terroristas culturales.





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