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El hilo argumental de “El mago del Kremlin” -llevo cincuenta años siendo comunista y todavía escribo “Kremlim” con dos emes- es el siguiente: un ex asesor de Vladimir Vladimirovich Putin -en Rusia lo llaman así, como en los cuentos de Chejov- le desgrana secretos de chichinabo a un historiador experto en la Unión Soviética y en la Rusia de la Mafia. Nada que no sepa, por ejemplo, un suscriptor de “El País” desterrado en las provincias.
- ¿Sabías que Boris Yeltsin bebía vodka como un cosaco y que quedó incapacitado para ejercer de presidente?
- Algo he oído, sí.
O:
- Te voy a contar una cosa que no sabe nadie: las bombas que derribaron aquellos edificios en el extrarradio de Moscú las pusimos nosotros, los servicios secretos, y no los terroristas chechenos a los que luego machacamos.
- Algo me había llegado, sí...
“El mago del Kremlin” es toda así: se pierde en obviedades, en verborreas, en explicaciones innecesarias. Tener a un gran escritor como guionista a veces no te salva de la sandez. Emmanuel Carrère sabe mucho de Rusia por la vía maternal, pero aquí se pasa de docto o de simple, todavía no lo sé. “El mago del Kremlin” pretende dejarnos abrumados y al final es la historia de Vladimir Putin contada para dummies.
Sucede, sin embargo, que cuando ya estás a punto de bostezar, incluso de darle al pause y olvidarte del asunto, aparece Alicia Vikander para borrarte la intentona. Alicia Vikander, en “El mago del Kremlin”, lo mismo hace de rockera transgresora que de pelandusca de oligarca; de modelo en Saint-Tropez que de amante arrepentida. Alicia es hermosa, solvente, refrescante... Alicia es la pausa de hidratación; el kit kat en el trabajo. El recreo de los niños tras el rollo de la escuela.

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