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Barbarian

🌟🌟🌟


De la Niña Medeiros ya no se libran ni las casas alquiladas en Airbnb. “Barbarian” nos advierte de esa tenebrosa posibilidad: que te presentes allí para pasar el fin de semana y te encuentres con que aquello parece el camarote de los hermanos Marx, con clientes que alquilaron la misma vivienda en otra app y habitantes ocultos en el sótano que esperan a la medianoche para darte unos sustos morrocotudos. 

La próxima vez que alquilemos una casita con encanto o un apartamento en la ciudad habrá que poner una cláusula bien clara en el contrato: que no haya nadie dentro, por favor. Y una vez allí, por si las moscas, asegurarse de que no existen entradas secretas al Más Allá ni puertas disimuladas que conducen al horror. 

Y por supuesto: si nos ataca una zumbada como la de “Barbarian” y salimos vivos de la aventura, calificar la experiencia con una nota muy baja para avisar a los navegantes.

“Barbarian” es cine de terror de toda la vida. Tan prometedor al principio como aburrido hacia el final. El rizo del rizo es el mal eterno del género y “Barbarian” no se libra de esta maldición. O la busca, abiertamente, porque se ve que los muy cafeteros lo disfrutan cantidad. Pero los demás, los que nos asomamos al género solo de vez en cuando, siempre salimos con ganas de no regresar... hasta la próxima tentación.

Por lo demás, “Barbarian” es la experiencia cotidiana de cualquier mujer en la España de Ione Belarra e Irene Montero. Puro costumbrismo. La trama tiene lugar en Detroit pero podría ocurrir perfectamente en Alcobendas o en Villalpando: una chica alquila una casa  por motivos de trabajo y se las tiene que ver, por este orden, y en apenas doce horas, con un maromo sospechoso, un psicópata de psicokiller, unos policía sin perspectiva de género y un director de cine acusado de violación. El repertorio completo en los noticiarios de Canal Red.



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Weapons

🌟🌟🌟🌟


A mí me da más miedo la primera parte de “Weapons” que la segunda. La segunda es el susto de toda la vida, y el asco de la sangre. Es la música que chirría y las vísceras que sobresalen. Pero es solo eso: susto, asco, reacciones automáticas de la médula espinal. Un engañabobos muy entretenido. Ninguna de estas pirotecnias me quita el sueño cuando me meto en la camita.

A mí me quitan el sueño los banqueros, los  militares, los paramilitares, los árbitros de Primera... Los estafadores que se emparejan con presidentas de comunidades autónomas. Y las presidentas mismas. Y los presidentes... El terror verdadero no me lo provocan las brujas ni los fantasmas. Más que nada porque no existen. Tampoco existen los monstruos de Frankenstein ni los vampiros de Transilvania. 

Lo que también acojona de verdad, casi tanto como lo otro, es la gente normal, el vecino corriente y moliente que un día es amable contigo y al día siguiente te mataría por un litro de leche o de gasolina. La masa pacífica convertida de pronto en jauría de poseídos. Es la supervivencia, estúpido. “No salgas a la calle cuando hay gente”, cantaban los Golpes Bajos. 

“¿Y si no vuelves...? ¿ Y si te pierdes...?”

A mi me dan miedo esos padres de “Weapons” que acaban de perder a sus hijos y le echan la culpa a la pobre maestra que pasaba por allí. Serían capaces de descuartizarla si les dejara la policía. Es esa mezcla de rabia y de ignorancia lo que vuelve a la gente peligrosa. Y la gente, vaya por Dios, sí existe. Con ellos no nos queda el consuelo de lo ilusorio o de lo fantástico. Están hechos de carne y hueso como nosotros y son ciento y la madre si te pones a contarlos. Son tan parecidos a nosotros que se redobla la inquietud. De qué no serían capaces si la tomaran contigo por sospechoso, o por judío, o por llevar gafas fuera de la moda...

Cuando la bruja de “Weapons” se vaya, quedará la gente a la que ella embrujaba. Ya fueron hechizados una vez por un alma viscosa. Ya están preparados para seguir ciegamente al próximo manipulador.




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