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Barbarian

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De la Niña Medeiros ya no se libran ni las casas alquiladas en Airbnb. “Barbarian” nos advierte de esa tenebrosa posibilidad: que te presentes allí para pasar el fin de semana y te encuentres con que aquello parece el camarote de los hermanos Marx, con clientes que alquilaron la misma vivienda en otra app y habitantes ocultos en el sótano que esperan a la medianoche para darte unos sustos morrocotudos. 

La próxima vez que alquilemos una casita con encanto o un apartamento en la ciudad habrá que poner una cláusula bien clara en el contrato: que no haya nadie dentro, por favor. Y una vez allí, por si las moscas, asegurarse de que no existen entradas secretas al Más Allá ni puertas disimuladas que conducen al horror. 

Y por supuesto: si nos ataca una zumbada como la de “Barbarian” y salimos vivos de la aventura, calificar la experiencia con una nota muy baja para avisar a los navegantes.

“Barbarian” es cine de terror de toda la vida. Tan prometedor al principio como aburrido hacia el final. El rizo del rizo es el mal eterno del género y “Barbarian” no se libra de esta maldición. O la busca, abiertamente, porque se ve que los muy cafeteros lo disfrutan cantidad. Pero los demás, los que nos asomamos al género solo de vez en cuando, siempre salimos con ganas de no regresar... hasta la próxima tentación.

Por lo demás, “Barbarian” es la experiencia cotidiana de cualquier mujer en la España de Ione Belarra e Irene Montero. Puro costumbrismo. La trama tiene lugar en Detroit pero podría ocurrir perfectamente en Alcobendas o en Villalpando: una chica alquila una casa  por motivos de trabajo y se las tiene que ver, por este orden, y en apenas doce horas, con un maromo sospechoso, un psicópata de psicokiller, unos policía sin perspectiva de género y un director de cine acusado de violación. El repertorio completo en los noticiarios de Canal Red.



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Tusk

🌟🌟🌟

Kevin Smith ya no hace películas de humor transgresor. Los tiempos salvajes de Jay y Bob El silencioso se han perdido en la lluvia como lagrimones de la risa. La juventud de Kevin, como la nuestra, ya ha cumplido cuarenta y tantos años, y se nos ha puesto en la edad de filosofar, y de sonreír con más cinismo que alegría. Los dependientes de Clerks se han convertido en padres de familia que llegan a casa derrotados, barrigudos, sin ganas de hacer chistes sobre los obreros masacrados en la Estrella de la Muerte, ni sobre vecinos que se rompieron la espalda tratando de chuparse su propia polla.


            En Tusk, su última película, Kevin Smith quiere hacer cuchipanda del cine de psicokillers, y uno, que vive cansado de este género reiterativo que atiborra las pantallas, agradece el esfuerzo satírico de nuestro orondo y barbudo amigo. El problema es que el Kevin adulto no ha querido que el Kevin jovenzuelo tomara las riendas de la trama, y en esa lucha interior, Tusk se  ha quedado a medio camino de todos los géneros, y de todas las intenciones. A ratos es El silencio de los corderos y a ratos es Muchachada Nui. Cuando parece que la película se decanta por ser una salvajada al estilo de Quentin Tarantino, aparece Johnny Depp haciendo una mala imitación -o un homenaje sin gracia- del inspector Clouseau, y todos los esquemas vuelven a romperse y a enredarse. Tusk se queda en divertimento, en astracanada, en película  extrañísima e intraducible. Hay que verla para creerla. No queda otro remedio. Si el aburrimiento es mucho, la curiosidad es insaciable. 

    También sale el tipo que un día se comió a Haley Joel Osment. Con patatas y Coca-cola. Y suplemento de McNuggets.



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