Red Army

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“¿Qué es eso de la Guerra Fría, pá?”, me preguntó el retoño hace pocas semanas, con dieciséis añazos que a veces parecen dieciséis añitos, porque había escuchado la expresión en uno de los cien raps que escucha a diario, recitados por jovenzuelos que al parecer sí conocen el conflicto de la Antigüedad. Cosa que, por cierto, no deja de extrañarme, en chavales con pinta de repetidores y hasta de tripetidores, pero que tienen, por lo que se ve, unos estudios y una conciencia social que yo no dejo de admirar. Porque cuando ellos nacieron, la URSS ya solo era un logotipo en las camisetas capitalistas, y un recuerdo de los ancianos que vivieron el puto gol de Marcelino.

    Yo viví la Guerra Fría, le respondí al chaval con un aire de militar veterano, como si realmente me hubiera pelado el culo en alguna trinchera o tuviera el cuerpo lleno de cicatrices. Le expliqué, grosso modo, el asunto belicoso, pero cómo resumir, ay, cinco décadas de hostias amagadas en apenas treinta segundos de parloteo, que es el tiempo máximo que un hijo de la LOGSE aguanta una disertación sobre tiempos pasados y nombres desconocidos. Iba a decirle, en el segundo treinta y uno, justo antes de que se pusiera los cascos de nuevo, que  tenía pendiente de ver un documental sobre la selección soviética de hockey sobre hielo, con sus glorias y sus miserias, y que podíamos aprovechar esto para matar dos pájaros de un tiro, o de un golpe de stick. Pero ya era demasiado tarde para mi retoño: él ya estaba en otro rap, cagándose en el gobierno y haciendo poesía del suburbio.

    Mi hijo, por tanto, nunca verá este documental que hoy he visto en la soledad del horno veraniego. Se titula Red Army, y narra la enjundiosa historia de Viacheslav Fetisov, capitán de la selección y héroe de la Unión Soviética que luego se vio condenado al ostracismo, a la vigilancia telefónica. A la amenaza militar de trabajar en Siberia por querer ganar un contrato allá donde los yanquis, en la NHL. Poco importa que Red Army hable de un deporte tan rudo y aburrido como el hockey, porque que no hay cristiano que siga sus evoluciones por la televisión, con ese disco diminuto y esos gestos fulgurantes. Si Red Army hubiese hablado de baloncesto o de halterofilia nos hubiera dado lo mismo, porque lo que nos interesaba, además de recordar  que la Guerra Fría se luchó en mil frentes de combate, era revivir aquellos tiempos de nuestra roja juventud, resignada y frustrada, de cuando queríamos que un avión Mig le volara la cara al guaperas de Maverick, o que un puñetazo de Ivan Drago derribara al tontolculo de Rocky Balboa. Que el Firefox robado por Clint Eastwood se estrellara en los hielos árticos para que los putos yanquis nunca obtuvieran el secreto de tal maravilla.

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Black coal

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Black coal es una película china que ganó muchos premios en los festivales de postín, y por eso le he abierto un hueco en mi agenda estival, que es cuando tengo tiempo para ver estas cosas exóticas que durante el curso, con el fútbol y la NBA, el rugby y los billares, duermen en lo más profundo de los pisapapeles. Black coal tiene asesinatos misteriosos, femme fatale de ojos rasgados, y un detective borrachín  que poco a poco va desfaciendo el entuerto. Un Philip Marlowe salteado con bambú y setas chinas que se llevará varias hostias y varios desengaños en el honroso empeño de cumplir con su obligación.



             Se ve que al director de la película -un tipo de nombre impronunciable e intranscribible- no le gusta demasiado el estado actual de las cosas, y filma su película en entornos que dan un poco de grima, sudorosos del trabajo o decadentes del vicio. Lo que no sabemos es si Diao Yinan –no era tan difícil, después de todo- se pasa de comunista y le parece que el capitalismo está rompiendo el encanto de la China maoísta, o si, por el contrario, es un admirador de Esperanza Aguirre y considera que el Estado es el culpable de la mugre y la dejadez que asola las ciudades industriales. La estética de Black coal guarda un extraño parecido con el Los Ángeles de Blade Runner, donde la gente se arracimaba en calles de tráfico imposible, siempre lluviosas y de aire malsano. 

   El problema de Black coal, para los habitantes poco civilizados del Lejano Occidente, es que los directores chinos, criados en otra cultura narrativa, en otra manera de interpretar el tiempo, tienen un sentido del ritmo muy particular –por no decir cansino, o desesperante- y aceleran la trama justo cuando los caucasianos ya echábamos el primer sueño, y desaceleran justo cuando más pegados teníamos los ojos. Cuando las películas chinas van, uno viene, y viceversa, y al final es como una comedia del cine mudo que termina en persecuciones circulares alrededor del árbol, o de la puerta giratoria del hotel.

     Luego, por supuesto, está el problema de los actores chinos, que no tienen la culpa de parecerse todos como gotas de agua, a no ser que lleven un ojo tuerto, o peinados estrafalarios, o estén gordos como Budas. Al menos, en Black coal, el detective lleva un bigotón a lo mexicano que lo hace identificable para mi escasa y poca paciencia fisonómica. En eso, al menos, Black coal tiene una deferencia con el espectador acostumbrado al mestizaje, al poso fenotípico de las culturas.


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Malditos Bastardos

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Hay que reconocer que el mal nos fascina, y que las malas personas nos resultan más interesantes que las personas decentes. Aunque las maldigamos, y las repudiemos, y tratemos de no coincidir con ellas ni por casualidad.

       En esta contradicción entre la estética y la moral, entre el sentido de la rectitud y la cosa de la curiosidad, los nazis se llevan la palma de nuestra sugestión. No los nazis de ahora, que parecen orcos rapados si te los encuentras en el fútbol, sino los nazis fetén, los del Tercer Reich, esos que conocemos de pe a pa gracias a los documentales del canal Historia y a las películas que nos acompañan desde que nacimos. La estética de los nazis tiene un poder hipnótico sobre el mismo espectador que los odia. Sabemos de su locura, de sus fechorías, de sus crímenes sin parangón, pero mezclada con el asco hay una curiosidad malsana, una atracción culpable por esa estética imperial que al final, tras tanto sueño de grandeza, fue su único legado y el más longevo.

          En Malditos Bastardos, Christoph Waltz crea un personaje inolvidable que mereció los premios más golosos del mundillo. El coronel Hans Landa es un rastreador implacable y un ejecutor eficiente. Un hijo de puta sin entrañas. Un hombre sin moral al que la guerra, por circunstancias de nacimiento, colocó en el lado de Adolf Hitler y su pandilla de trastornados. El no odia a los judíos, pero le pagan muy bien por sacarlos de sus escondites. Hans Landa es un personaje despreciable, execrable, pero el espectador de Malditos Bastardos, engañado por la magia del cine, enredado por las artes comediantes, acaba sintiendo por él algo muy parecido a la… simpatía. Y que los dioses nos perdonen. Landa es un hijoputa ocurrente, chisposo, de inteligencia pronta y acerada. Con este personaje, el dúo Tarantino-Waltz es capaz de sacarnos todas las vergüenzas al aire, y de ponernos en un brete moral de no contar a los amigos. Debemos, como seres humanos, como personas instruidas, odiar a Hans Landa, pero nuestras neuronas, más atávicas que nuestra cultura, quedan embelesadas ante su encanto. Menos mal que sabemos que todo es ilusión, artificio, mangoneo de nuestras emociones, y que cuando termine la película y nos metamos en la cama, volveremos a saber que los nazis no hacían – ni siguen haciendo- ni puta la gracia.




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Kill Bill. Volumen 2

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Me aburre, un poquito, Kill Bill vol. 2. He dicho un poquito, nada más. Que no empiecen a aplaudir los nostálgicos de Qué grande es el cine, ni empiecen a abuchearme los monjes guerreros de Pai Mei. Consagrado a su guion, Tarantino se marca una hora final que es toda ella conversación, soliloquio, confesión resentida de los amantes. Y está muy bien, y no digo que no, pero veníamos de la hostia pura y dura, de la katana presta y afilada, de la marcianada cachonda de las artes marciales y los kung-fús de leyes imposibles. Y de pronto, como niños arrancados de un sueño feliz, nos sientan en un sofá para hablarnos del amor traicionado, de los sueños rotos, de los hijos que pudieron ser y no fueron. Todo muy maduro, muy adulto, de película respetable y casi francesa si no fuera porque nos sabemos el final y la trampa. 

    Sólo nos interesa el rollo que suelta Bill sobre los superhéroes que se levantan por la mañana siendo tipos normales a excepción de Supermán, que ya se levanta siendo Supermán, tiene su punto divertido y tarantiniano. Y hasta filosófico, diría yo. Lo demás lo veo inquieto en el sofá, mirando los minutos de reojo, deseando que acabe la cháchara con los cinco golpes fatídicos en el corazón. Donde los críticos de renombre y los tertulianos de postín se reconciliaban con Tarantino, y decían que por fin había vuelto a la recta senda del cineasta y bla, bla, bla, nosotros, los espectadores plebeyos y muy poco sofisticados, los que íbamos disfrutando como tontos de las violencias en caricatura, de las tontacas de la venganza, nos sentimos muy culpables de bostezar un tantico así, absorbiendo más aire de lo debido. Pero sólo un poquito, repito. 



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Juego de Tronos. Temporada 4

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Mira que mueren, a puñados, los personajes de Juego de Tronos, pero deberían morir muchos más. A cientos, y no a decenas, como soldados en una gran batalla. Como mendigos hambrientos en las calles de Desembarco del Rey. Los secundarios de Juego de Tronos se reproducen al ritmo de una infección bacteriana que amenaza con cargarse el cuerpo muy sano de esta intriga sin igual. Por cada personaje que la palma de un espadazo o de una caída al vacío, surgen tres nuevos que ocupan su lugar para soltar su confesión de marras, su soliloquio sin trascendencia. Su trauma personal, que nos despista de los centros neurálgicos de la trama, de los nudos gordianos que últimamente se han reducido a sólo cuatro: las hostias en el Muro, las magias en Rocadragón, los Lannister en la capital y la inconcebible belleza de Daenerys Targaryen liberando esclavos en el otro continente. Lo demás empieza a ser reiterativo, superfluo, minutaje prescindible que uno -lo confieso- ya ha empezado a saltarse con la tecla de avance, sin mayor menoscabo para la comprensión del enredo, o para el sentimiento de culpa, que ya no pincha ni muerde.

             Después de haber visto las primeras temporadas, uno no pensaba que tal cosa fuera a suceder en esta serie que nació tan contenida y redonda. Entre reyes y reinas, amantes y bastardos, consejeros de postín y putas de tronío, Juego de Tronos ya tenía un elenco más que suficiente para rellenar horas y horas de jugosos diálogos y sorpresivas traiciones. Pero algo ocurrió en la sala de los guionistas, o en el despacho de los productores, que dio al traste con esta minimalista intención. Me temo que han encontrado una gallina que pone huevos de oro y  quieren mantenerla viva alimentándola con cualquier cosa, para que dure temporadas y temporadas de soporífero culebrón. 

    Que los dioses, ay, no lo permitan. Que los secundarios figuren, den sus réplicas, pongan color al paisaje humano y nada más. Que no nos cuenten su triste vida, su trágico origen, sus estúpidos sueños de riqueza. Que cierren la puta boca y se limiten a matar con eficacia, a servir con prontitud, a follar con esmero. Aquí, y sólo aquí, en el mundo ficticio de los Siete Reinos, que nos dejen tranquilos a los aristócratas.



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Kill Bill. Volumen 1

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La primera vez que vi Kill Bill fue el 11 de marzo de 2004, el mismo día en que los terroristas islámicos reventaron aquellos trenes infaustos de Madrid. Fue en un cine de Invernalia, en la primera sesión de la tarde. Nos juntamos allí veinte o treinta personas que habíamos decidido ver una de Tarantino para limpiar con violencia de mentira la violencia de verdad que nos había dejado noqueados. Quien diga que la violencia de Kill Bill es nociva para el espíritu, e incita a cometer más violencias fuera de los cines, o de los salones de casa, no tiene ni puta idea de lo que dice. Quien asi habla no estuvo aquel día, en aquella sala, lavándose con sangre artificial, con coreografía de cómic, con gilipolladas de kung-fu, la sangre real que nos había saltado a la cara desde los reportajes del telediario. 

    A los encargados de censurar imágenes en el telediario se les escaparon -o dejaron escapar- varios muertos que permanecían inmóviles en sus asientos, apoyadas las cabezas en los respaldos o en los laterales reventados de los vagones. Creo que a ningún españolito se le iban esas víctimas de la cabeza. Eran como cualquiera de nosotros, vestidos con ropa de paseo o de trabajo, viajeros de un tren que todos habíamos tomado alguna vez. Mientras los sociópatas que nos gobernaban utilizaban la masacre para asustarnos con el coco de ETA y arañar trescientos mil votos decisivos, los ciudadanos, que ya escuchábamos en las noticias el lejano tronar del jamalajá, seguíamos a nuestros quehaceres con la imagen de aquel hombre y de aquella mujer reventados por dentro, mansamente desmadejados en su trayecto ya detenido para siempre.



           Cómo será de buena, de entretenida, de bien hecha, Kill Bill, que yo juraría que no sólo yo, sino todos los demás refugiados en aquella sala, llegamos a olvidar, durante dos horas, aquella movida madrileña tan poco fiestera y enrollada. Pero la ilusión duro poco: al salir del cine rápidamente volvimos a los telediarios, a las radios, a las webs cochambrosas que por entonces no adelantaban demasiado los contenidos. Kill Bill, volumen 1, tuvo que esperar nuevas oportunidades para ser valorada en su justa medida. Y que se vayan al carajo, los que dicen que es una película vacía, de personajes mal dibujados y trama más bien esquemática. Porque fue esa simpleza, esa tontuna, esa aparente nadería, la que aquella tarde nos concedió el respiro del alma y la sensación rediviva de normalidad. 




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La historia de Marie Heurtin

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Después de una semana entera dedicada a las travesuras de Quentin Tarantino y de Juanma Bajo Ulloa -con sus asesinos y sus drogatas, sus prostitutas y sus chuloputas- La historia de Marie Heurtin es como un retiro espiritual allá en el convento de Francia, donde no llegan los disparos de las submachines guns, ni las discusiones de los gángsters. Gracias al cine, que es la única máquina del tiempo conocida por los hombres, esta habitación que me cobija ha abandonado los barrios bajos de Los Ángeles y los puticlubs baratos de Euskal Herria para viajar -como aquella nave que llevaba a Carl Sagan en su periplo de Cosmos- a las cercanías de Poitiers, Francia, a finales del siglo XIX, donde unas monjas casadas con monsieur Jesús cuidan de su huerto, rezan antes de dormir y tratan de enseñar el lenguaje de signos a las niñas sordas que los padres desesperados les confían.

       Al principio de la película todo es paz y alegría en el convento, pero una mala tarde de las que tiene cualquiera, aparece Marie Heurtin acompañada de sus padres, dos granjeros demacrados que ya no saben qué hacer con la chavala. Marie es sorda, y ciega; va desgreñada, viste túnica llena de mierda y su única relación con los humanos es la patada y el gruñido. O el mordisco, o el escupitajo, o el arañazo en la cara, porque Marie es una niña salvaje que parece poseída por el demonio. La madre superiora, acojonada por la presencia del diablo, rechazará la petición de asilo político, pero sor Marguerite, que es la monja más abnegada o más descerebrada del convento –además de la más bella- aceptará el reto de convertir a la señorita Heurtin en una comunicativa mujer de provecho.


     Así empieza, propiamente, la película, que es un toma y daca muy parecido al que mantenían, rodando por los suelos, batallando en los comedores, chapoteando en las bañeras, la profesora Ana Sullivan y la niña Helen Keller, que también era ciega y sorda, primitiva y puñetera, y también, aunque no lo parezca, perteneciente al reino true story de las personas reales. El milagro de Ana Sullivan era una película más dura, menos poética, casi un documental de cómo encarrilar a una niña de tan extremas complejidades. La historia de Marie Heurtin, por el contrario, opta por los silencios espirituales, y por la comunión de las almas. Por las musiquillas de las altas esferas donde Jesús y la Virgen María agradecen complacidos los esfuerzos ímprobos de sor Marguerite. 

    
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Airbag

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Airbag es el corte de mangas que Juanma Bajo Ulloa y sus compinches le dedicaron al cine español de la época: el de la Guerra Civil y las chatinas, los muermos de Garci y las comedias tontonas del happy end. Una gamberrada que yo celebré en su tiempo con grandes carcajadas, pero que que casi había olvidado por completo, salvo las apariciones estelares de Manuel Manquiña, que entre el “muy profesional”, “las hondonadas de hostias” y la “sub machine gun” se hizo un hueco para siempre en nuestro lenguaje populachero. Las veces que no habré dicho yo lo de las hondonadas, o lo del muy profesional, poniendo acento gallego incluso.

Airbag, a su modo ibérico y jamonero, viene a ser una tarantinada ambientada en los desiertos prostibulares de Euskadi. Aunque aparenta ser un despelote –y es, de hecho, un despelote- la película lanza sus dardos contra la Iglesia, contra la burguesía, contra el nacionalismo rancio, y eso, al viejo jacobino que rasguña estos escritos, siempre le estremece un poquito el corazón.



         Me estaba gustando Airbag, sí, a pesar de que las críticas contemporáneas hablaban de un esperpento, de una aberración para el cinéfilo de pro. Uno repasa los periódicos de la época y es para echarse a temblar. Y yo, la verdad, mientras trataba de conciliar el sueño a los 30 grados centígrados de esta puta habitación, no entendía la razón de tanto ensañamiento. La primera hora de Airbag es divertida, intrépida, gamberra a más no poder, y además sale mucho María de Medeiros, que es una actriz portuguesa que siempre me encendió el amor hispano-luso que llevo muy dentro. Pero claro: luego llega la segunda mitad, y la película ya no es un despelote, sino un desparrame. Los chistes de derriten, las tramas se difuminan, los actores se dedican a hacer el indio de acá para allá. Airbag 2, si pudiéramos llamarla así, tal vez se merece tales anatemas y excomuniones. Pero sin pasarse, coño, sin pasarse, que el primer rato era muy de agradecer, y nos ha dejado imágenes y concetos muy arraigados en nuestra memoria. 

Pazos: Interesante no, Carmiña, estresante




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