Kill Bill. Volumen 2

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Si la comparas con otras películas -incluso con otras películas del propio Tarantino- “Kill Bill, volumen 2” resplandece como una espada de Hattori Hanzo bajo el sol del amanecer. Pero si la comparas con su hermana mayor, “Kill Bill, volumen 1”, palidece como una espada menos afortunada de la factoría de Hattori: un arma de acero más frágil, y con una ligera curvatura hacia el final. Las dos hermanas son manufacturas preciosas y complementarias, ya casi de anticuario o de coleccionista, pero no tienen exactamente la misma valía en mi corazón (en mi corazón, por cierto, ya golpeado cuatro veces por cuatro amores malhadados, a un solo contacto marcial para ser paralizado sin remedio).

La segunda parte de la saga me aburre un poquito. Solo un poquito, he dicho. Y sólo hacia el final, en el reencuentro tan esperado de los amantes. Amantes asesinos, sí, y un par de hijos de puta, pero amantes después de todo. He dicho, insisto, un poquito... Que no vengan los guerreros de Pai Mei a joderme la marrana; ni los 88 Maníacos desmembrados. Estoy hablando de dos miradas al reloj en más de dos horas de metraje. Y de una consulta rápida, muy rápida, al marcador de las ligas en juego, porque hoy era domingo de guardar y aquí también se dirimen venganzas muy tradicionales y sanguinolentas.

Tarantino se marca una hora final que es todo conversación y soliloquio, confesión resentida de los amantes. Y está muy bien, no digo que no, porque se da respuesta a las preguntas y se da contexto a los guerreros. Pero veníamos de la hostia pura y dura y cuesta arrellanarse en el sofá. Veníamos de la marcianada cachonda y de las artes marciales contrarias a la física, y de pronto, como niños castigados, nos sientan en un sofá para hablarnos de los sueños rotos y del amor traicionado. Es como pasar de un manga violento a una película de Almodóvar. Y ni siquiera es el interludio mejor escrito por Tarantino. 




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