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Presence

🌟🌟🌟


En esta casa donde yo vivo no hay ningún fantasma. Y si lo hay, es uno la mar de silencioso. Uno que quizá en vida se educó en un colegio de pago y luego se dedicó a una profesión intelectual y meditabunda. En eso he tenido mucha suerte. Y él conmigo creo que también. Porque yo no pongo la música alta ni me levanto a las cinco de la mañana -de momento- a quejarme del insomnio y ponerme un colacao. Yo sé que él también agradece que le haya tocado un ser humano como yo. Lo nuestro, de haberlo, es una convivencia ejemplar entre compañeros de piso que proceden uno de la realidad y otro de la ficción. O de la locura. 

Mi fantasma es un primor de conviviente que no tira cosas al suelo ni ulula amenazas en las madrugadas. Tampoco me enciende y me apaga las luces cuando se aburre de pasear. Si yo estoy a lo mío -al fútbol, a la lectura, al trajín por la cocina- él está a lo suyo, a sus cosas de fantasma: flotar por el pasillo, mirar por las ventanas, dejar pasar los días hasta que reabran por fin la autopista A-77 del Más Allá.

Antes de poner dobles ventanas yo aún vivía con la duda del fantasma. El tráfico creciente de La Pedanía quizá enmascaraba sus quejidos o sus susurros. Pero desde que se ha hecho el silencio en las habitaciones -salvo cuando pasa un lugareño con el tractor, o un hijo de puta con la moto- ya tengo por seguro que mi fantasma no existe o existe en otra dimensión. 

En “Presence”, sin embargo, porque esto es una película de terror, el fantasma es un ente que no para de dar p’ol culo a los habitantes de la casa. A los miembros de la familia Ghost les molesta mucho que el fantasma les mueva los libros de la estantería o les susurre distorsiones al oído, pero no parece importarles haber pagado un millón de dólares por vivir justo al borde de la carretera por donde transitan los camiones que van a Canadá. Yo, en su caso, me preocuparía más de las ventanas que de los ectoplasmas. Quizá el fantasma sólo les está diciendo que llamen a un cristalero y que pongan fin a los motores en la madrugada. 





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Larry David. Temporada 11

🌟🌟🌟🌟🌟

Solo conozco a una persona -in person, quiero decir- que se haya reído alguna vez con las ocurrencias de “Larry David”. Es mi amigo de La Pedanía, y quizá por eso, entre otras cosas menos importantes, sigue siendo mi amigo. Él no es un entusiasta como yo,  pero a veces se asoma a la serie porque le doy mucho la matraca y porque sé que tiene una suscripción a HBO Max -o como demonios se llame ahora. 

Yo sería capaz hasta de tomarme un café con un facha ayusista, sólo si me dijera que también se descojona con Larry David. Alrededor de nuestro gurú se admiten todo tipo de especímenes. Yo mismo, que soy un bolchevique durmiente, un soldado del Ejército Rojo que espera la orden de encaramarse a la Moncloa con una bandera tan roja como mi sangre, me parto el culo con las andanzas de este millonario cuyas máximas preocupaciones en la vida son pillar hora en los restaurantes de moda, jugar al golf con los amigotes y encontrar su jersey preferido en la boutique más cara de Los Ángeles. 

El camarada Lenin, hace cien años, hubiera deportado a Larry David a Siberia, o lo hubiera hecho ejecutar en la cheka de Moscú. Pero ahora que los comunistas nos hemos vuelto gente civilizada, podemos empatizar con algunos cerdos burgueses y no sentirnos culpables por la desviación. Hasta el camarada Lenin hubiese entendido que Larry David no se ha hecho millonario, sino que hemos sido nosotros, los proletarios, los que le hemos hecho millonario a cambio de hacernos reír y de regalarnos la mejor serie de nuestra vida. 

Una vez, hace años, mi madre vino de visita por La Pedanía y vimos juntos un episodio de “Larry David”. Me dijo que el personaje le daba tanta vergüenza ajena que no lo podía soportar. Otra vez le puse un par de episodios a una amante que tuve y no se rio ni una sola vez. Es más: arrugaba el morro todo el rato. Yo pensé: "Esta chica no me conviene". Y ella pensó: "Estos dos son gilipollas".

¿Y mi hijo, por ejemplo, de Larry David?: nada, ni por el forro. ¿Y las otras amantes que vinieron después?: tampoco nada, pero ya por decisión propia, porque Larry y yo tenemos algunos parecidos inquietantes que dicen muy poco a nuestro favor.



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Cypher

🌟🌟🌟

Cypher es una película que llevaba más de diez años esperando una revisión. Más de una década acumulando polvo en mi estantería, desde los tiempos gloriosos del Canal +, de cuando la grabé entusiasmado por el intríngulis de sus juegos de identidades, de sus cachivaches de ciencia-ficción que parecían del siglo XXII.
         
En Cypher trabajaba Jeremy Northam, que era un actor británico que entonces lo petaba, y Lucy Liu, que era la china guapísima de Kill Bill. Y Vincenzo Natali, claro, que era un director criado en Canadá pero de nombre italiano que filmaba cosas muy arriesgadas y algo lunáticas, como aquella película, Cube, que fue un acontecimiento rarísimo y demencial, y sumamente entretenido.  

Cypher tenía todas las papeletas para ser una gratificante revisión, un feliz reencuentro con estos amigos que ahora andan un poco dispersos por el mundillo: Northam con sus series, y sus obras de teatro; Lucy Liu, la pobre, sin encarrillar su estrellato; y Vincenzo, el Arriesgado, perdido en sus propios mundos de pasotes postcientíficos... Pero el tiempo, ay, no pasa en balde. Trece años contemplan los argumentos y las estéticas de Cypher, que entonces eran rompedoras y ahora ya las hemos visto mil veces. Pero, sobre todo, trece años me contemplan a mí, que me he vuelto perezoso y mentecato, cuarentón y pre-senil. El personaje de Jeremy Northam, por ejemplo, es una especie de James Bond que se dedica al espionaje industrial, y maneja a lo largo del metraje tres identidades distintas, y trabaja de doble agente para tres empresas diferentes. Hace trece años no me extravié en el laberinto, porque yo entonces estaba treintañero de cuerpo, y fresco de mente, y estos desafíos eran pan comido para mi atención de cinéfilo. Pero ahora, ay de mí,  me cuesta un mundo seguir ciertos argumentos a según qué horas, sobre todo en las jornadas laborales, que uno finaliza con la lengua fuera, y con los ánimos por los suelos. Yo sí que necesitaría un implante neuronal de esos...




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