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Kill Bill. Volumen 2

🌟🌟🌟🌟

Si la comparas con otras películas -incluso con otras películas del propio Tarantino- “Kill Bill, volumen 2” resplandece como una espada de Hattori Hanzo bajo el sol del amanecer. Pero si la comparas con su hermana mayor, “Kill Bill, volumen 1”, palidece como una espada menos afortunada de la factoría de Hattori: un arma de acero más frágil, y con una ligera curvatura hacia el final. Las dos hermanas son manufacturas preciosas y complementarias, ya casi de anticuario o de coleccionista, pero no tienen exactamente la misma valía en mi corazón (en mi corazón, por cierto, ya golpeado cuatro veces por cuatro amores malhadados, a un solo contacto marcial para ser paralizado sin remedio).

La segunda parte de la saga me aburre un poquito. Solo un poquito, he dicho. Y sólo hacia el final, en el reencuentro tan esperado de los amantes. Amantes asesinos, sí, y un par de hijos de puta, pero amantes después de todo. He dicho, insisto, un poquito... Que no vengan los guerreros de Pai Mei a joderme la marrana; ni los 88 Maníacos desmembrados. Estoy hablando de dos miradas al reloj en más de dos horas de metraje. Y de una consulta rápida, muy rápida, al marcador de las ligas en juego, porque hoy era domingo de guardar y aquí también se dirimen venganzas muy tradicionales y sanguinolentas.

Tarantino se marca una hora final que es todo conversación y soliloquio, confesión resentida de los amantes. Y está muy bien, no digo que no, porque se da respuesta a las preguntas y se da contexto a los guerreros. Pero veníamos de la hostia pura y dura y cuesta arrellanarse en el sofá. Veníamos de la marcianada cachonda y de las artes marciales contrarias a la física, y de pronto, como niños castigados, nos sientan en un sofá para hablarnos de los sueños rotos y del amor traicionado. Es como pasar de un manga violento a una película de Almodóvar. Y ni siquiera es el interludio mejor escrito por Tarantino. 




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Kill Bill. Volumen 1

🌟🌟🌟🌟🌟

La primera vez que vi “Kill Bill, volumen 1”, fue el 11 de marzo de 2004. Sí: fue el mismo día en que los terroristas islámicos reventaron aquellos trenes repletos de Madrid. Recuerdo que vi la película en la primera sesión de la tarde, junto a veinte o treinta personas que también querían limpiar con violencia de mentira la violencia de verdad. Dicen que las manchas de mora roja se quitan con zumo de mora verde. O al revés.

En el telediario de aquel jueves no funcionaron del todo las censuras y se vieron muertos que aún permanecían en sus asientos, apoyadas las cabezas en los respaldos o en los laterales reventados. Creo que a ningún espectador de “Kill Bill” se le iban esas víctimas de la cabeza. No eran yakuzas de chiste, ni psicópatas de cómic, sino ciudadanos como nosotros, vestidos con ropa de paseo o de trabajo, viajeros de trenes que todos habíamos tomado alguna vez en nuestras excursiones por Madrid. 

Mientras los sociópatas que nos gobernaban utilizaban la masacre para arañar unos votos decisivos, los ciudadanos, que ya habíamos escuchado en las noticias el cántico del minarete, nos refugiamos en aquella sala para sublimar nuestros deseos de venganza. Y no precisamente contra los terroristas todavía desconocidos... La película era tan buena, tan hipnótica y absurda, que logramos olvidar durante dos horas aquella movida madrileña tan poco fiestera y enrollada. 

Pero la ilusión duro poco: al salir del cine rápidamente volvimos a los telediarios, a las radios, a las webs cochambrosas que por entonces no adelantaban contenidos. Y sin embargo, “Kill Bill, volumen 1”  no se disipó. Quedó ahí, en el subconsciente, íntegra y contundente. Cuando la vimos meses después en Canal + nos la sabíamos de memoria. Ya era parte de nuestra cultura y estábamos agradecidos. ¿Quién dice que es una película boba y vacía? Que se vayan al carajo. "Kill Bill" es hermosa, y gamberra, y aquella tarde de terror nos concedió dos horas de alivio y libertad.





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Las amistades peligrosas

🌟🌟🌟🌟🌟


Mientras la plebe se desloma en los campos de cultivo o sirve de carne de cañón en las guerras del Gran Rey, la aristocracia parisina se dedica a practicar el amor y a teorizar el erotismo. Cuando no hay cabras que ordeñar ni remolachas que recoger, las horas se convierten en una eternidad baldía que hay que rellenar con filosofías. Todo lo que hacen los ricos -los del siglo XVIII y los de ahora- proviene del vacío de las horas y de la abundancia de dinero: ir a la ópera, esquiar, cazar animales, jugar al polo, rascarse la barriga, empolvarse la nariz... Y, por supuesto, follar a todas horas, o jugar a que se folla, en palacios de ensueño construidos con el sudor de nuestra frente. 

No sé en qué novela leí hace poco que el amor es un asunto propio de gentes ociosas. Una aspiración para burgueses. Los pobres bastante tenemos con trabajar y con dormir las horas necesarias. Y alimentarnos debidamente, y hacer ejercicio, y cuidar de nuestra prole... Apenas hay tiempo para discutir si este picor procede del amor o de la simple curiosidad. Si es un sentimiento elevado o un reflejo animalesco. Los pobres somos como las cucarachas: nacemos, crecemos, nos reproducimos y nos morimos. Nuestro amor, cuando lo hay, es bonito pero funcional. El amor de los aristócratas es otra cosa: exige invertir mucho dinero o disponer de mucho tiempo libre, que en realidad vienen a ser el mismo privilegio.

“Las amistades peligrosas”, por cierto, es una obra maestra. Yo diría que es la exquisitez absoluta de la perfidia. No sobra un diálogo ni falta una mirada. Pero a decir verdad, nos importa un carajo lo que les pase a esta caterva de hijos de puta. Y de hijas de puta. La película nos cuenta los mismos trapicheos que habrían publicado el “¡Hola!” o el “Lecturas” si hubieran existido en el París del siglo XVIII: que un aristócrata se tiró a la criada o que una vizcondesa le puso los cuernos a su marido. Cosas así, de papel couché, donde mayormente solo aparecen parásitos sociales que merecen nuestro desprecio.






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Gattaca

🌟🌟🌟


El futuro ya está aquí y no era más que eso: muchas televisiones de pago y teléfonos móviles en el regazo. 

La mayoría de mis conocidos se volverían a escandalizar si reencontraran “Gattaca” en las plataformas de la tele. Nueve de cada diez espectadores -¡qué digo, noventa y nueve de cada cien!- opinan que el destino está escrito en el medio ambiente y no en nuestros genes. Que es la educación, la disciplina, la que configura nuestras redes neuronales, y que el gen no pinta nada o solo “predispone” de una manera muy sutil, apenas un susurro de la naturaleza enfrentado al huracán indomable de las experiencias. 

Como yo pertenezco al uno por ciento díscolo de la platea, todo esto me parecen paparruchas y engreimientos tontos del espíritu. Creer que podemos modelar a nuestros hijos o a nuestros alumnos no es más que soberbia y ganas de chupar cámara cuando nos enchufan. En medio siglo de vida apenas he conocido a un par de progenitores gestantes y no gestantes -¿es así, Irene?- que asumieron su papel secundario y se limitaron a sus funciones básicas pero altísimas: proporcionar un sustento, un techo, una seguridad, una confianza en las malas rachas de la vida. No es moco de pavo. Luego los hijos son como son, la gente es como es, y nadie puede hacer mucho al respecto. Los genes escriben nuestro destino y luego viene la vida a matizar algunas palabras o algunos giros del idioma. Nada sustancial.

“Gattaca” es una película muy honesta. No lanza mensajes bobos de superación personal. El personaje de Ethan Hawke asciende finalmente a los cielos -literalmente- porque engaña a todo el mundo o es tolerado en su engaño. Él había nacido para ser un subalterno, un paria de la vida, como la mayoría de nosotros, pero su empecinamiento ilegal le llevó a cumplir su sueño de astronauta. Pues muy bien...Yo también podría ligar con la pelirroja más guapa de la comarca si primero atracara un banco y luego me tiñera el pelo de rubio, me pusiera lentillas azules y fardara de peluco y de coche deportivo por ahí. Pero eso no es trascender las limitaciones genéticas. No es "superarse". Es dar el pego.



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Nymphomaniac II

🌟

Descubro, horrorizado, antes de ver Nymphomaniac II, que la señora H., personaje inolvidable de la primera parte, era Uma Thurman. La mismísima Uma Karuna. Y digo horrorizado no porque ella se haya vuelto fea, o tristemente vieja, que de momento los dioses la conservan hermosa, sino porque yo, en mi ceguera, en mi sordera, en mi temprana senectud, no fui capaz de reconocerla. Diez minutos de pantalla para ella sola, gritando, llorando, gritándole de todo al adúltero marido, y yo, en mi sofá, pensando para mí: “Este tipo es un imbécil. Con una mujer como ésta, ¿por qué se va con la ninfómana sin alma ni conciencia”? Quizá mi demencia, mi vejez, mi ocaso definitivo, empiece así, con un rostro amado que no reconozco, con un viejo amor al que no saludo.





Nymphomaniac II es un despropósito aún más delirante que la primera entrega. Al menos en Nymphomaniac I había escenas de sexo, y una chica muy guapa que las practicaba, y eso iba salpicando la trama de pequeñas alegrías que te empujaban a perseverar. Uno, además, que también tiene su puntito de humanidad, guardaba cierto interés en descubrir el destino final de Joe, la pelandusca del pecho plano y el espíritu torturado. Pero ahora, en Nymphomaniac II, por un azar femenino de la biología, su clítoris ya no responde a los estímulos, y Joe (que ya no es la actriz anterior, sino la macilenta y demacrada Charlotte Gainsbourg ), ahora camina vagabunda por la ciudad, desconsolada y perdida. 

    Para nuestro desconsuelo de espectadores pervertidos, Joe abandonará las camas y se lanzará a los caminos del masoquismo, del matonismo, del parlamentarismo incluso, pues no va a dejar de hablar en toda la película, contándole a un anciano anacoreta su triste pasado de tragasables. Del sexo oral hemos pasado, en profunda decepción, al sexo oralizado. Nymphomaniac II es un coñazo (valga la expresión). Una película prescindible que voy pasando primero a saltos de un minuto, luego de dos, y ya finalmente de tres, como las uvas que se comían el ciego y el muchacho en  "El lazarillo de Tormes". Tendría que habérmelo imaginado desde el principio: ¿Lars von Trier desnudando por fuera y por dentro a las mujeres? Vamos, hombre. Una excusa barata para rodar pornografía (que se agradece), para dar clases de filosofía (que ya sabíamos), y para hacer un análisis profundo del alma femenina (que es un asunto incognoscible).


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