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De pequeño me sabía casi todos los tanques que combatieron en la Segunda Guerra Mundial. He olvidado muchos, pero los principales siguen rulando por mi memoria con sus cadenas oxidadas, abriendo surcos sobre los surcos. Ellos también contribuyen al ruido mental y a la tos de la mañana.
De niños estábamos obsesionados con esa guerra y éramos como pequeños bárbaros eruditos. Si nos la hubieran encargado podríamos haber escrito su entrada en El Libro Gordo de Petete. Veíamos las películas, y leíamos los cómics, y comprábamos, en los kioscos del barrio, los soldaditos de plástico de Montaplex para montar batallas en el cuarto de los juegos o en el descampado de la calle. En algún momento empezaron a incluir tanques desmontables y gracias a ellos nuestras batallas ganaron potencia de fuego y protección de la infantería. Las maquetas que vendían en la tienda especializada costaban un cojón de mico y sólo podías pedírselas a los Reyes Magos porque entonces Papá Noel no llegaba a León ni a su histórica provincia.
Mi tanque preferido era el T-34 del Ejército Rojo, pero no porque fuera el mejor, sino porque era del Ejército Rojo. Yo siempre he ido con los comunistas en todas las guerras: en las ganadas y en las perdidas. En las de jugarse el pan, por supuesto, pero también en el pan y circo de los deportes. Luego estaba el Sherman de los yanquis y el FIAT casi ridículo de los italianos, casi más una tanqueta que un tanque de verdad. Y el Chi-Ha de los japoneses, que era tan pequeñín y puñetero como los mismos soldados que lo manejaban.
Pero los que acojonaban de verdad, poderosos y temibles, eran los tanques de los nazis: el Panzer, con todas sus numeraciones, y el Tiger, que era una máquina engrasada de matar. Ya sólo sus nombres imponían. Veo “Der Tiger” y sigo sin explicarme cómo los alemanes pudieron perder la guerra con esos monstruos mitológicos de su lado.
Recordé, de pronto, a mitad de película, que mi única maqueta carísima, mi tesoro de niño pobre y belicoso, fue precisamente un Tiger con camuflaje para la nieve, todo detalle e imponencia. Fue uno de los Rosebud de mi infancia que se perdieron sin remedio.

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