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Existe un género de películas dedicado a los atracos
fallidos y a los robos fracasados. A los crímenes chapuceros que van dejando
pistas por doquier. Unas veces la culpa es de la mala suerte y otras de la
incapacidad del ejecutor. Del “mastermind” que comanda la operación.
Había, por cierto, un juego llamado “Mastermind”
cuando era adolescente. No sé si lo siguen fabricando. Recuerdo que había unas
fichas de colores y un código a descifrar. Lo jugué una vez en casa de unos
amigos y me extravié en el razonamiento. Typical, muy typical... Yo también
hubiera sido, por la vía del delito, otro mastermind lamentable como éste de la
película: un ladrón sin plan, impulsivo y catastrófico. Mi carrera criminal
habría durado lo mismo que la suya: un suspiro vergonzoso. La delincuencia, si
es profesional, si es como Dios manda, también exige que el talento y la
dedicación vayan de la mano.
La gran película de este subgénero fue “Atraco
perfecto” hasta que los hermanos Coen rodaron “Fargo” y crearon todo un
universo en expansión. Los criminales de Minnesota comen aparte en la mesa de
los tarados. “The Mastermind” transcurre en Massachusetts y ya no tiene ni la
nieve ni los apellidos escandinavos. Es una película rara, curiosa, a veces
hipnótica y a veces aburrida. La banda sonora te trae y te lleva, eso sí. En
los viejos tiempos, cuando la película no era gran cosa, decíamos que nos
encantaba su fotografía.
“The Mastermind” no se acerca ni de lejos a las obras
maestras de la chapuza. Si no fuera por Josh O’Connor habría que quitarle otra
estrella en el firmamento. Su directora, Kelly Reichardt, tiene pinta de ser
una excéntrica de cuidado. “First cow”, otra película suya, creo que no llegué
ni a terminarla. Ni siquiera los adjetivos de la crítica pudieron con mi
paciencia.

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