Sorda

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Una vez conviví con una mujer que parecía ciega. O al menos ambliope. Pensé que estaba ciega porque decía que yo era muy guapo y que tenía cara de actor sacado de una película. No actor de Hollywood, eso no, pero sí al menos de Madrid o de Barcelona. Ella estaba muy buena -ahora se dice “hermosa sin desdeñar sus otras cualidades socio-laborales”- y podía haber elegido a cualquier hombre con atractivos indudables. Luego, con el tiempo, cuando dejé de sufragarle los gastos y las deudas, descubrí que su ceguera era fingida y que en realidad veía de sobra mis rasgos decaídos. 

Antes de ella, en los Tiempos Oscuros, conviví con una mujer de rasgos psiquiátricos "neurodivergentes”. Ahora se dice así y es bueno que así sea, porque todo lo demás -bipolar, paranoide, psicótica- suena a cosa muy chunga que a mí, además, me deja en mal lugar por haberme dejado capturar. El amor duró lo mismo que tarda el sol de Laponia en iluminar las tinieblas de una noche interminable, llena de monstruos y pesadillas.

Con una mujer sorda no he convivido nunca. Alguna no escuchaba lo que yo decía, pero eso no quiere decir que padeciera del oído. Existe la sordera real y la sordera selectiva. Todos practicamos esta última. Yo mismo sé hacerme el sueco si la cosa no me interesa. (¿”Hacerse el sueco”, por cierto, es una expresión peyorativa o con los nórdicos no existe ese problema?).

La protagonista de “Sorda”, al principio, parece un ángel de sonrisas y además me excita mucho en lo sexual. Uno mira a su marido, tan paciente y comprensivo, y piensa: “Pues tampoco tiene tanto mérito”. El problema es que a mitad de película su mujer se vuelve retorcida y antipática, y la entrega conyugal se ve al menos desafiada. “Sorda” es una película fallida porque la directora se empeña en que empaticemos con esta mujer por ser sorda y nada más, sin tener en cuenta los detalles escabrosos de su conducta. 

Es ahí, en la pobreza de los sentimientos, en la enfermedad del matrimonio, cuando tenemos que reconocer que su marido es un santo laico que merece nuestra rendida admiración. Eso sí que es amor verdadero, incondicional, y no lo que vamos cacareando los demás.






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