Un loco a domicilio

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Hace tres años, y tras casi otros diez de promesas incumplidas, Movistar + llamó para decirme que vendría un técnico a instalarme la fibra óptica. Una parte de mí estalló del puro gozo de vivir, pero otra, pequeñita, se estremeció de miedo ante la posibilidad de que se reprodujeran los hechos narrados en esta película. Es lo que tiene la memoria cinéfila: que nunca deja de proyectar imágenes por mucho que apagues la tele o el aparato reproductor. El peligro de mezclar la realidad con la ficción existe de verdad y el chico del cable es una prueba muy divertida de ese trastorno. Yo todavía no he perdido la chaveta, o eso creo, pero con los años va aumentando el riesgo de empezar a responderlo todo con frases de películas. Los allegados a veces no me entienden y yo tengo que explicarles medio rojo de vergüenza.

Aquella mañana de primavera brotó en mí la alegría de convertirme en un ciudadano del siglo XXI, ya sin antena parabólica para poder recibir el maná del fútbol y la ambrosía de las películas. Pero en las oscuridades del alma, donde siempre es invierno y hace un frío de cojones, aleteaba la posibilidad de que el chico del cable fuera un trastornado como Jim Carrey en la película: un esquizoide que confundiese la transacción comercial con la amistad o el colegueo. Una birra de cortesía y una conversación intrascendente podían convertir todo el monte de La Pedanía en orégano de camaradas.

Al final fueron dos técnicos, y no uno solo, los que se presentaron en mi casa con monos azules y herramientas colgadas del cinto. Yo no sabía si al ser dos el peligro se alejaba o se duplicaba... Hubo minutos de zozobra en mi interior mientras ellos trajinaban con el taladro y extendían el cable mágico por la fachada. La conversación no se salía del carril y eso me tranquilizaba. Nada de fútbol, ni de mujeres, ni de guiños machirulos. Una obra aséptica  y profesional. Al final me cobraron 60 euros de más por un concepto bastante dudoso, pero me pareció un precio justo por respirar hondo tras verles arrancar la furgoneta y perderse en la lejanía.





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