Banda aparte

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“Banda aparte” es la única película de Godard por la que siento cierto cariño. No merece cuatro estrellas ni de coña pero hoy me siento afrancesado y generoso. Tampoco me engaño: no es la cinefilia, sino la belleza de Anna Karina, la que seduce mi simpatía. No sé por qué le dedicaron una canción a los ojos de Bette Davis y no a los ojos de Anna Karina, que te miran y te noquean. Ellos sí que son puertas a otra dimensión y no los agujeros negros del espacio.

También es verdad que Godard, el muy tunante, el muy amante, siempre sacó a mujeres bellísimas en la pantalla -la misma Karina, o Jean Seberg, o Anne Wiazemsky- y todas esas películas son ridículas o deleznables: los famosos “experimentos fílmicos” que iban alternando la falta de pies con la falta de cabeza. Una sucesión interminable de paridas, de ocurrencias, de boutades... cualquier cosa menos una película hecha y derecha. Y sin embargo ya ves, ahí está Godard, en los altares, adorado como un santo patrón o como un dios de los principales, homenajeado por el mismo Tarantino cuando llamó a su productora “A Band Apart” quizá porque está enamorado de Anna Karina casi tanto como yo.

Hace tres veranos estuve delante de la tumba de Anna Karina en Père Lachaise. París no era una fiesta, sino una tragedia que se mascaba. Mi pareja de entonces iba buscando la tumba de Edith Piaf y en el camino sinuoso, perdidos entre las tumbas, encontramos un grupo de gente que rendía honores a mi Anna. Mi pareja no tenía ni idea de quién era ella y busqué en Youtube la famosa escena del baile en “Banda aparte”, por ver si le sonaba. Pero no le sonó. Viendo bailar a Anna con su falda y su sombrero se me olvidó durante unos segundos que yo estaba allí con una mujer de carne y hueso. Creo que ella lo notó. Fue otra vía de agua -pequeñita, pero quién sabe si la decisiva- en el barco que naufragaba. 




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