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Nuevo México está de moda en mi pantalla. Yo no lo busco, pero aparece. Cuando yo era joven rara vez salíamos de California o de Nueva York. O de Nevada, por los casinos de Las Vegas. O de Texas, con los Rangers y los vaqueros, y los pozos de petróleo. Los gángsters de Chicago eran de Illinois y las hostias de Rocky Balboa se repartían en Filadelfia, Pensilvania. Nuevo México nos era tan ajeno como Missouri o como Montana -o como Palencia- hasta que Vince Gilligan montó allí su universo fronterizo y el resto de cineastas le siguieron en las furgos.
El trimestre pasado, sin ir más lejos, yo estaba en Albuquerque siguiendo las andanzas de Rhea Seehorn en “Pluribus”. Luego me animé y retomé “Better Call Saul”, que también discurre en aquel paisaje desolado y medio marciano. Sin salir de ese extraño planeta, la semana pasada topé con una distopía heteropatriarcal titulada “Honey Don’t!”, y esta semana, ya digo, sin yo pretenderlo, con una distopía paramilitar que transcurre en un poblacho de tarados llamado Eddington. En ambas películas se habla de Albuquerque como de un sitio muy cercano en lo geográfico pero muy lejano en lo político. Es como cuando aquí, en las películas de Paco Martínez Soria -donde no llevaban sombrero vaquero, sino boina con rabo- hablaban con desdén de la vida moderna y disipada de Madrid.
En “Eddington” está el álbum de cromos completo. La liga de beisbol americana reunida en apenas unos kilómetros a la redonda. Estaban todos menos tú, como en la canción de Sabina: el alcalde corrupto, el sheriff republicano, el predicador tatuado, la pirada del culo, el racista taimado, la activista gritona, el chaval enamorado... Eddington es el “Black Lives Matter” en tiempos del coronavirus, pero mezclado con la pasión por las armas y la perturbación mental de la América profunda. Un cóctel del copón que da bastante miedo, la verdad, porque el voto más o menos ilustrado de las costas oceánicas hace ya tiempo que no decide el destino de Estados Unidos. Ni, por tanto, el destino de nuestro mundo.

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