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Gareth Southgate, en la vida real, fue un seleccionador de Inglaterra que aburrió mucho a las ovejas. A las del Yorkshire, y a las de cualquier campiña del planeta. Don Gareth era un amarrategui de manual. Un cagón. El Maguregui de las Islas Británicas. El hombre que convirtió a la generación más talentosa de Inglaterra en once defensas encastillados esperando no se qué: un fallo del rival, una intervención divina, ni siquiera un contraataque. La nada.
Los futboleros veíamos a Inglaterra porque era nuestra obligación, nuestra misa de guardar. La eucaristía que cada cierto tiempo rememora a los profetas. Un cabo de año, que dirían las beatas. Pero era solo eso: una entrega, un sacrificio, una putada en realidad. Con Southgate sentado en el banquillo, los partidos que honraban a los ingleses eran una comunión de los bostezos.
(Gene Hackman, en “La noche se mueve”, decía que ver una película de Rohmer era como sentarse a ver crecer la hierba. Gene Hackman -su personaje, quiero decir- era un mentecato y un sacrílego, porque las películas de Rohmer encierran sabidurías ancestrales. Pero me quedo con la idea).
Lo más cojonudo es que el truco de Gareth Southgate funcionaba. Inglaterra, arropada en esa táctica indescifrable, superaba rondas y más rondas hasta llegar a las finales. Pero ahí, indefectiblemente, caía fulminada, atenazada por la presión. Si no eran unos penaltis contra Italia era una cagada contra España. “Dear England” cuenta aquella extraña aventura de Gareth Southgate y sus muchachos seleccionados. Consta de cuatro episodios y sólo he visto la mitad. Enough for me. Es tan aburrida y tan ridícula como aquellos partidos memorables. Por mucho que queramos, no logramos olvidarlos.
Gareth Southgate aparece en "Dear England" como un Mr. Wonderful que eleva la moral y asiste a los descarriados. Un psicólogo, un padre, un veterano de Vietnam... Me parece pistonudo. Me quedo más tranquilo al saber que era un buen tipo en realidad. Aburrido, pero un buen tipo. Si el hermano fallido de Ralph Fiennes lo interpretara con menos muecas tal vez me caería hasta simpático.

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