¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

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A veces me sorprendo canturreando “Qué hace una chica como tú en un sitio como éste” por los pasillos de mi colegio. Es el legado más duradero de la película: esa canción pegadiza que ilustra los encuentros extraños y benéficos. Un sonsonete eterno en la lista de los 100 Grandes Éxitos Generacionales. Casi un himno -me atrevo a decir- para celebrar que a veces, en entornos poco propicios, aparecen mujeres maravillosas como mariposas de colores.

La canturreo una vez por curso, tal vez dos, cuando recala en nuestra misión la sustituta de una sustituta -esto es la enseñanza pública y basta una manicura fallida para coger una baja- y quedo sorprendido por su belleza sin igual. O, cuando entablo conversación, porque quedo admirado de su agudeza chispeante. Alguna vez coinciden la belleza y la perspicacia en una misma Carmen Maura de película y entonces ya se produce el acabose. Es entonces, en esas apariciones marianas, cuando la canción de “Burning” ya no suena en el licorice pizza de mis neuronas, sino directamente por megafonía, a todo meter, para dar fe de que ha llegado una persona extraordinaria y que tal vez habría que festejarlo con pasteles en el próximo recreo.

De todos modos, la película de Colomo no cuenta la historia de una interina que viene a cubrir una baja laboral, sino la mala vida de una peluquera casada con un hijoputa en la España sin divorcios. Los espectadores modernos lo damos tan por supuesto, lo del divorcio, que al principio no entendemos por qué ella no lo manda a la mierda y le tranca la puerta con siete cerrojos inexpugnables. Pero es que era, so bobo, la España de los curas, que todavía coleaba. Lo que Dios había bendecido ya sólo lo podía separar un tribuno de la Rota. 

Parece todo muy lejano, casi como de la época victoriana, pero sólo nos separa una generación de aquel régimen de talibanes con alzacuellos. Así que ojo, mucho ojo, que amenazan con volver.



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