El día de la revelación

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De niños, alentados por Carl Sagan y animados por la ecuación de Drake -que presupone millones de mundos habitados por seres inteligentes- estábamos convencidos de que los extraterrestres estaban a punto de visitarnos. De que viviríamos lo suficiente para verlos aterrizar en sus platillos voladores. Un primo mío, después de ver “E. T.”, durmió un verano entero en el balcón de su casa, ansioso por ser el primer terrícola en verlos posarse sobre la era y adentrarse con paso inseguro en el barrio de las Ventas.  

Lo que no sabíamos entonces es que Frank Drake y Carl Sagan eran dos optimistas contumaces. Miembros de una minoría soñadora, dentro del escepticismo general. Los astrónomos, en general, comulgaban más con la paradoja de Fermi, formulada por don Enrico en 1950 con una simpleza desarmante: “¿Dónde está todo el mundo?” Si hay tantos alienígenas y poseen tecnologías tan avanzadas, ¿por qué no terminan de manifestarse? ¿Por qué todas sus “apariciones” son borrosas, conjeturales, cuando no, directamente, un delirio de locos o una estafa de tunantes? 

Con los años -y con los teléfonos móviles, que contra toda lógica han barrido los OVNIs de los cielos- los hijos de Steven Spielberg hemos abandonado la esperanza de protagonizar un encuentro en la tercera fase. Ni siquiera en la segunda. La estratosfera se ha llenado de cachivaches, pero son cachivaches humanos, demasiado humanos. Fermi tenía razón y eso nos llena de tristeza. Para compensar, hemos conocido humanos tan disparatados, tan fuera de la norma, que bien podríamos tomarlos por sucedáneos de extraterrestres y experimentar, en parte, el asombro de un contacto sideral.

Por dentro, sin embargo, seguimos siendo unos soñadores, y unos crédulos; y Steven Spielberg, nuestro flautista de Hamelín. “El día de la revelación” es una eucaristía de la fe. La sabemos espuria y momentánea, pero preferimos engañarnos; creer en Ellos durante dos horas trepidantes, aunque el relato de la película, como el relato de la Biblia, la otra fe de los tontainas, contenga parecidos agujeros y las mismas boludeces.





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