El otro Chiquito

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Viendo “El otro Chiquito” recordé el primer invierno de mi vida laboral. Chiquito I era nuestro monarca verdadero y Lucas Grijander le rendía homenaje cada noche.

Cuando cerraban las escuelas, después de los dolores, yo regresaba a León en el coche de un compañero por las carreteras de montaña. Ten cuidadín, le decía antes de arrancar... Para amenizar la hora y cuarto de trayecto poníamos una casete de Chiquito de la Calzada que era nuestro san Cristóbal protector. Éramos un par de devotos: dos apóstoles de sus chistes entre los mineros y los vaqueros, y los miembros de la Meletérica, allá en el norte provincial. 

Llegamos a sabernos aquellos chistes de memoria porque la cinta siempre era la misma, pero nos daba igual: la gracia, como recuerdan varias veces en este documental, nunca estuvo en los chistes, sino en la forma de contarlos, y nosotros, con el deje, nos partíamos el duodeno. Dos caballos descojonados venían de Bonanza. 

Reprimidos en la vida civil porque éramos maestros respetables, cuando montábamos en aquel coche dábamos rienda suelta a nuestra tontería. Puede que vistos desde fuera pareciéramos ridículos o infantiles, pero no podíamos evitarlo: Chiquito nos podía y Lucas Grijander nos remataba. Estábamos poseídos por el duende. Cuando la moda se disipó y empezaron las deserciones, hubo muchos que no apostatamos y mantuvimos viva la fe en nuestros corazones. ¡Cobardes!

Al curso siguiente me enviaron a otra meseta y no volví a saber nada de mi compañero. Pero si sigue vivo y también ha visto “El otro Chiquito” en Movistar, seguro que recuerda aquellos trayectos entre León y Villablino hablando en germanía. Hasta no hace mucho -he de confesarlo- yo aún tenía todo esto en el teléfono móvil y le daba un uso funcional: “¡Al ataqueer!”, para el tono de despertador; “¡Ten cuidadín!”, para las llamadas comprometidas; “¿Comooor?”, para los mensajes de WhatsApp. Sólo el miedo a que las mujeres me tomaran por loco me obligó a pisar la cruz de mi maestro. Pero por dentro yo seguía -y sigo- rezando mis oraciones. 





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