El drama

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Yo también estoy medio sordo de un oído, y leo libros en las cafeterías, pero como no soy Zendaya, ni Zendayo, ninguna mujer atractiva se acerca a interesarse. Ninguna finge haber leído el mismo libro que yo sostengo para entablar conversación. O ya, en el summum, demuestra haberlo leído para hacerme ver que no solo es sexy sino listísima además. 

Es por eso que la primera escena de “El drama” me resulta familiar, pero distante. Como un sueño de seducción interpretado por actores. Siempre he pensado, con Aristóteles, que el amor verdadero sólo aspira a la belleza. La de Zendaya, por ejemplo. El otro amor -el nuestro, el de la tropa- siempre es un premio de consolación, un plan alternativo. Todos somos la opción B de alguien que aspiraba a tocar el cielo de la hermosura. Nuestros amores más ciertos, más desgarradores, siempre han sido los amores imposibles, los no correspondidos, porque no alcanzábamos el percentil.

“El drama”, a partir de esa escena, podría ser una película de amor convencional, con sus planes de boda, sus desencuentros, sus polvos de conciliación... Pero no lo es. De este director noruego siempre esperamos una provocación o una cafrada delirante. Y el tipo, la verdad, aunque lo hayan trasplantado a Hollywood, sigue dando frutos cada verano. El planteamiento es tan sugerente como molesto: ¿estaríamos dispuestos a seguir adelante si nuestra pareja nos revelara una verdad inconfesable de su pasado? ¿Algo prescrito pero alarmante? ¿Algo que ni siquiera hizo pero pensó en hacer? 

Depende de qué verdad, claro, y ésta de película está justo en el límite del juego. 

De todos modos, lo más desafiante de “El drama” es tener que reconocer que todos tenemos una verdad escondida en el armario. Algo que hicimos una vez y que nos llena de vergüenza: una crueldad, una traición, un momento de debilidad... Actos reprimidos, u olvidados, que ya solo asoman en los sueños o en las cogorzas. O en la consulta del psicoanalista.




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