Yo no moriré de amor

🌟🌟🌟


Yo tampoco moriré de amor. O eso creo. Menuda exageración. Hubo un tiempo en que sí, o quizá, pero ya no. De amor, además, no se muere nadie: se muere de desamor, de pena, de soledad... ¿Qué es eso de morirse de amor? ¿Sufrir un infarto en pleno orgasmo?

La película, de todos modos, no va de romances contrariados. Ni tampoco correspondidos. Lo de “yo no moriré de amor” no sé a cuento de qué viene. Debe de ser la letra de un bolero que escuchan los protagonistas. O de un tango, no sé. Los últimos minutos, a decir verdad, los he pasado muy despistado, cacharreando en el teléfono. La película se sigue con interés -tampoco mucho- hasta más o menos la mitad; luego se queda ahí, colgada, sin mucho que ofrecer. Una vez mostrados los personajes que garantizan una subvención -la chica lesbiana, la empresaria trans, el colega deconstruido- la trama principal se desarrolla con abulia.

El drama central es el alzhéimer que padece doña Sonia. Sobre ella pivotarán el resto de vidas alteradas. Sobre todo la vida de su hija, Claudia, que siendo adolescente ha de ocuparse de los incordios. Claudia, por edad, tendría que haber sido su nieta y vivir más alejada del epicentro: disfrutar plenamente sus estudios, sus fiestas, sus amoríos... Pero en castigo a su irrupción tardía en este mundo permanece atrapada por la gravedad.

 Ahora que la gente se independiza a los cuarenta años y planea tener familia a los cuarenta y cinco, las chicas como Claudia van a dejar de ser una excepción. Antes eran fruto de un desliz o de un exhorto parroquial. Ahora ya no: se buscan con cariño. El capitalismo y la comodidad se han aliado para engendrarlas. Nacen directamente con abuelos, sin padres, en un salto genealógico que marea. Por eso, a veces, cuando las cosas se tuercen, les tocar lidiar con realidades que no les tocan por edad. Y claro: se masca el desencanto.





Leer más...

Pizza Movies

🌟🌟🌟


“Pizza Movies” es un canto de amor al cine y con eso me siento satisfecho. La intención es lo que cuenta. Frente a la película de Padial soy un espectador cautivo porque amo el cine más que a Dios, y que al prójimo, y que a mí mismo si me apuraran. Una conculcación absoluta del no sé cuántos mandamiento. 

Si me quitaran el cine se abriría un agujero negro en el centro de mi galaxia. Todo sería engullido y aniquilado. A mi lado, en el sofá, cuando toca compañía, sólo puede sentarse una persona tan adicta como yo. Nunca me importó que ellas no me amaran de verdad mientras compartían las películas y luego las comentaban animadas.

Que la película de Carlo Padial vaya de más a menos es una crítica irrelevante. Una crítica no-crítica. Dentro de unos años, cuando hagan una retrospectiva de chalados por el cine, recordaremos “Pizza Movies” con cariño, casi con nostalgia, como recordaremos “Clerks”, o “El cineclub”, o “Rebobine, por favor”, que también eran historias de gente corriente que encontraba en las películas una cueva de Platón donde guarecerse de la realidad.

El universo de Carlo Padial me resulta acogedor y familiar gracias a su podcast inimitable. Padial, subido en su púlpito de sacos de café, es como un cura que se pasa por la parroquia una vez al mes para soltar verdades como puños, y como puñetazos, la mar de entretenidas. Yo le sigo con devoción de feligrés y no puedo hablar mal a sus espaldas. Soy un habitante pasivo de su mundo particular, casi su compatriota, y me sabe mal ponerle solo tres estrellas a su película soñadora. El comienzo es prometedor, casi brillante, pero luego se deja llevar por el amiguismo bobo, por la astracanada nogueresca, y la pizza, con tales ingredientes, se le queda chamuscada. Menos mal que a mí, como a otros tantos, nos gusta el borde crujiente, casi renegrido.





Leer más...