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Yo tampoco moriré de amor. O eso creo. Menuda exageración. Hubo un tiempo en que sí, o quizá, pero ya no. De amor, además, no se muere nadie: se muere de desamor, de pena, de soledad... ¿Qué es eso de morirse de amor? ¿Sufrir un infarto en pleno orgasmo?
La película, de todos modos, no va de romances contrariados. Ni tampoco correspondidos. Lo de “yo no moriré de amor” no sé a cuento de qué viene. Debe de ser la letra de un bolero que escuchan los protagonistas. O de un tango, no sé. Los últimos minutos, a decir verdad, los he pasado muy despistado, cacharreando en el teléfono. La película se sigue con interés -tampoco mucho- hasta más o menos la mitad; luego se queda ahí, colgada, sin mucho que ofrecer. Una vez mostrados los personajes que garantizan una subvención -la chica lesbiana, la empresaria trans, el colega deconstruido- la trama principal se desarrolla con abulia.
El drama central es el alzhéimer que padece doña Sonia. Sobre ella pivotarán el resto de vidas alteradas. Sobre todo la vida de su hija, Claudia, que siendo adolescente ha de ocuparse de los incordios. Claudia, por edad, tendría que haber sido su nieta y vivir más alejada del epicentro: disfrutar plenamente sus estudios, sus fiestas, sus amoríos... Pero en castigo a su irrupción tardía en este mundo permanece atrapada por la gravedad.
Ahora que la gente se independiza a los cuarenta años y planea tener familia a los cuarenta y cinco, las chicas como Claudia van a dejar de ser una excepción. Antes eran fruto de un desliz o de un exhorto parroquial. Ahora ya no: se buscan con cariño. El capitalismo y la comodidad se han aliado para engendrarlas. Nacen directamente con abuelos, sin padres, en un salto genealógico que marea. Por eso, a veces, cuando las cosas se tuercen, les tocar lidiar con realidades que no les tocan por edad. Y claro: se masca el desencanto.

