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En la lista de países que me quedan por visitar -todos menos cuatro-Brasil lo tengo puesto en los últimos lugares. Sin salir de Sudamérica me tira más la Patagonia desangelada que el trópico superpoblado. El calor me mata o me transforma en un pelele. Los mosquitos me ponen muy nervioso y el barullo de las calles -en Brasil, al parecer, siempre hay samba, o Carnaval, o tráfico, o gente que grita- me termina de rematar.
Brasil no me llama, es más, me retrae, y puede que también sea por culpa de las películas. Cada vez que me lo enseñan se me quitan las pocas ganas que ya tenía de conocerlo. En “El agente secreto”, sin ir más lejos, los personajes se pasan todo el día resudando bajo las camisetas o las guayaberas y a mí eso me crea una reacción muy parecida en el salón, desasosegante y recocida. Veo sudar y sudo, como cuando veo reír y río, o veo llorar y me emociono.
Nunca entendí por qué el Dioni se fugó con los millones a Copacabana y no a Suiza o al Canadá, que son países con un clima civilizado. Supongo que fue por el tema de las mulatonas, pero es que a mí tampoco me van las mulatonas. Las aprecio, por supuesto, porque no estoy ciego y todavía alimento mariposas, pero la belleza que prefiero -por preferir que no quede- vive al borde de los mares gélidos o en las estepas infinitas del gran zar.
El Brasil de “El agente secreto” -como el Brasil de cualquier película que quisiera recordar- siempre es un país recalentado y violento, lleno de peligros o incomodidades. Yo sé que existe un sesgo en los cineastas brasileños que les lleva a denunciar la pobreza de las favelas o el salvajismo de la dictadura. Soy consciente de ello, pero ayudan muy poco a su ministerio de Turismo. También es verdad que soy un tipo muy raro y que casi todos mis colegas bolcheviques, el día que nos destierren, vivirán tan felices en sus playas con cocoteros.
