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“Venga Juan” es el cierre definitivo de la trilogía sobre Juan Carrasco. Y está bien que la cerraran: llegó un momento en que la realidad de los telediarios superó cualquier trapisonda del personaje. Juan Carrasco empezó siendo un político de ficción -aunque basado, y muy basado, en hechos reales- y terminó siendo una caricatura casi benévola de los corruptos de verdad: esos tipejos que también dominan el difícil arte de combinar la inteligencia con la tontuna, la chispa con la incultura, la indecencia con el aplauso de sus votantes.
En otras trilogías para el recuerdo vivieron Michael Corleone, Luke Skywalker, Marty McFly, Frodo Bolsón y Lisbeth Salander. Pero en ésta, en la cañí, en la que es nuestra y solo nuestra, vive Juan Carrasco de Logroño, que para mí es otro héroe mitológico aunque tenga tan pocas luces en la sesera como pelo en la cocorota. Sé que no existe un consenso universal acerca de la inclusión de Juan Carrasco en el “Hall of Fame de las Trilogías”, pero yo, desde luego, en mi iglesia particular, le tengo en una hornacina muy principal a la que vengo a rezar cada cierto tiempo para echar unas risas y honrar a los dioses de la comedia.
De todos modos, “Venga Juan” ya no es lo mismo que “Vota Juan” o que “Vamos Juan”. Le falta la mala hostia que Juan Cavestany o Borja Cobeaga dejaban en los guiones. Diego San José, dejado de la mano de Dios, tiene una tendencia preocupante a la ñoñería. A la “humanización” de sus personajes. Me preocupa que se esté convirtiendo en el blanqueador oficial de los impresentables que viven en nuestro reino. Ya lo hizo con la princesa Pilar en “Su majestad” y con la defraudadora de impuestos llamada Celeste en “Celeste”. Juan Carrasco tampoco merecía un tratamiento compasivo en el cierre de sus aventuras. Nos reímos mucho con Juan, pero no hay que olvidar que este fulano es un ladrón, un incapaz, un mequetrefe, un mal compañero, un chivato, un soplagaitas, un mal marido y un peor padre. Un imbécil muy peligroso.
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