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El balneario de Battle Creek

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Hace tiempo que abandoné las redes del amor, pero tengo un amigo irreductible que me cuenta que no ha cambiado nada el panorama. Que las mujeres más exigentes de ahora, como las de entonces, tienen pinta de haber pasado más de una temporada en el balneario de Battle Creek. En una vida anterior, quiero decir, allá por los inicios del siglo XX, cuando el doctor Kellogg era el amo y señor de sus dominios saludables.

Dice mi amigo, y yo le apoyo en su deducción, que algo de aquella visita quedó preservado en el espíritu reencarnado de estas mujeres. Algo así como una epigenética de la voluntad; un lamarckismo saludable que traspasó las muertes y las resurrecciones. Una conciencia de vida sana y disciplinada que en sus perfiles de internet ellas anteponen a cualquier otra tentación. 

En sus fotos, al parecer, ellas siguen haciendo flexiones y desayunando cereales Kellogg’s en homenaje. Verdurita para cenar y tablas de gimnasia antes de dormir. La que no desciende rápidos con la piragua sigue apareciendo con su bicicleta en lo más alto de una montaña. A mí me intimidaban mucho, la verdad. Si se molestaban en chatear contigo un ratito, apenas tres comentarios aburridos mientras llegaba el Moby Dick de la comarca, terminaban afeándote la mala costumbre de ver películas en el sofá. Algunas, de hecho, declaraban no tener ni sofá, para que el culo musculado y altivo no se aplanara y cogiera vicios de señora. 

No bebían, no fumaban, no comían nada azucarado o procesado. En aquella visita de hace cien años al balneario de Battle Creek, ellas tuvieron que ser las alumnas predilectas del doctor Kellogg. De hecho, y eso es lo más triste, también comulgaban con su puritanismo de enfermo psicopático. “No quiero sexo”, subrayaban siempre en sus perfiles, y yo no terminaba de entenderlo. Hasta que un día lo comprendí: no quiero sexo “contigo”, idiota.




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Café irlandés

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Los Monty Python, en “El sentido de la vida”, cerraron  el sketch de “Every sperm is sacred” con los cien hijos de la pareja católica desfilando ante el ventanal del matrimonio protestante. Lo resolvieron así y no tengo nada que objetar. Gracias a esa idea consiguieron hilar dos números históricos e inolvidables. Pero también podrían haberlo resuelto de otra manera, a lo “Café irlandés”, poniendo a parir -literalmente- a una de las hijas mayores, ya en edad de merecer. Habrían sido los 101 católicos de los Monty Python, como los 101 dálmatas de Walt Disney. El nacimiento del primer nieto en un genoma que se agarra con fuerza al ecosistema. Una boca más que alimentar y otro hijo de Dios para igualar la reproducción conejil de los infieles. 

El matrimonio Curley, en “Café irlandés” -curioso título porque aquí nadie bebe café, sólo té traído de la India o cervezas Guinness fabricadas en Dublín- no tiene más que cinco escuálidos hijos ofrecidos al Señor. Demasiados, a nuestros ojos pecadores, pero muy pocos, para el Ojo Triangular que los puede contar con los dedos de Su Mano. Quizá por eso, porque ya han recibido alguna reprimenda de su párroco y los vecinos con nueve hijos les miran mal en el supermercado, los Curley reciben con una alegría exultante el embarazo de su hija adolescente. Otros padres se hubieran quedado mudos y compungidos, conscientes del contratiempo. O del putadón. Pero aquí, en “Café irlandés”, todo es jolgorio y preparativos. 

No importa que la hija tenga un trabajo precario o que el padre de la criatura sea un madurito barrigón casado con otra mujer. Peccata minuta. Los irlandeses de Stephen Frears no celebran la calidad de la vida, sino la vida en general. Prefieren lo cuantitativo a lo cualitativo. La multiplicación de los panes y los peces a los panes artesanales y los besugos de calidad. Es palabra de Dios. 





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En tierra de santos y pecadores

🌟🌟🌟


En la película lo llaman el “condado olvidado" porque al parecer fue allí donde san Patricio perdió su mechero. Pero yo mismo, que soy un viajero tardío de muy pocos recorridos, pasé una noche en el condado de Donegal el verano pasado. Un recuerdo que ya es como evocar un verano de la infancia, o uno que ni siquiera hubiera vivido. 

Fue la misma noche en la que Kylian le marcó un gol al Atalanta en la final de la Supercopa y pensábamos que habíamos traído al Jesucristo de los goles. En el comedor del hotel nos pusieron el partido retransmitido por la televisión irlandesa, y yo, entre la crema de verduras y el asado con patatas, me relamía de contento y celebraba su fichaje ante varios excursionistas que procedían de Barcelona y que me miraban con ganas de clavarme el cuchillo en las costillas. 

Kylian, como hubiera dicho William Shakespeare al otro lado del mar de Irlanda, fue el sueño de una noche de verano.

Muchos años después he descubierto en Google Maps que esa noche dormí apenas a treinta kilómetros de donde se rodó “En tierra de santos y pecadores”. Nuestro hotel estaba en Ballybofey, que es como un pueblecito del Far West, con todas sus casas alineadas a lo largo de la carretera. No hay nada que ver allí, y menos de noche, que es cuando llegamos de Belfast tras darnos una paliza en el autocar. 

Después del partido- para hacer un poco la digestión y huir de los culés acomplejados- me puse el chubasquero y salí a pasear por la única calle de Ballybofey. Aunque estábamos en agosto caía una lluvia muy fría y horizontal. No se veía ni un alma turista o irlandesa. Ni santa ni pecadora. Pasaban, eso sí, muchos camiones de la Guinness con los faros encendidos.

A punto ya de darme la vuelta encontré un jardincillo apenas iluminado que era un memorial a los héroes locales del IRA. Había, por supuesto, un O’Neill, y un O’Brien, y un Flanagan de toda la vida. Deduje que eran chavales que habían caído en su lucha guerrillera por la unidad de la patria. Y pensé: seguro que aquí mismo, en Ballybofey, tan cerca de la frontera con Irlanda del Norte, vivían y se refugiaban muchos pistoleros del IRA que venían de perpetrar sus atentados en Belfast y alrededores. Y mira tú: la película va justo de eso. 





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Los Commitments

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1. En Irlanda todo el mundo compone poesías o toca un instrumento musical. Es como una manía nacional. Aquí, por ejemplo, jugamos al fútbol o aporreamos la mesa con el dominó. Las culturas... 

No hay bar de Dublín que no tenga su música en directo, sus “commitments” en estado embrionario o ya salidos del cascarón. Los irlandeses, además, le hacen a todo: al folk, al pop, al soul...  Es por eso que Irlanda aún se mantiene en los primeros puestos europeos del índice de natalidad. No era el catolicismo, como creíamos, sino las tías, que se derriten por los músicos y sus letras. Aquí, en España, hemos dejado de procrear no por la crisis económica, sino porque las mujeres ya no nos encuentran atractivos. Los gilipollas del gym jamás podrán competir con un guitarrista molón que desgrana sus amores contrariados.

2. Los grupos musicales se forman para ligar. Todo lo demás es disimulo antropológico. El manager de “Los Commitments” asegura en sus entrevistas que él ha montado el grupo para devolver la dignidad a sus miembros, para regalarles un motivo de orgullo cuando vuelven de la cola del paro o del curro mal pagado. Nunca dejarán de ser la chusma obrera de Dublín, pero subidos en el escenario, tocando o cantando, son estrellas del barrio y soñadores del futuro. 

Y es verdad, pero no es toda la verdad. De hecho, “Los Commitments” se disolverán al final de la película por culpa de los líos de faldas -y de pantalones -y por los sueños de seducción que sus miembros más talentosos ya alimentan en otros escenarios con gachíses más elegantes y juguetonas.

3. Con “Los Commitments” cierro este ciclo dedicado a las películas rodadas en Irlanda o que hablan de los irlandeses. Sé que me dejo unas cuantas en el olvido o en la pereza. Irán apareciendo a lo largo del curso. Una de ellas es “Las cenizas de Ángela”. Nunca la he visto y nunca la veré. El guía, al pasar por Limerick este verano, nos aseguró que era su película preferida sobre Irlanda. Pero es el mismo hombre que en otra conversación nos dijo que Arnold Chuachenegue era su actor preferido de toda la vida. Hay opiniones que lejos de animarte te hacen recular. Todavía más.





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Un horizonte muy lejano

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“Un horizonte muy lejano” jamás había sido proyectada en este salón porque las críticas fueron furibundas en su tiempo y se me quitaron las ganas de probar. “Un vehículo muy tonto para el lucimiento de la pareja Cruise-Kidman”, decían por entonces los entendidos.  Pero el otro día, en el podcast de la cinefilia, hablaron de ella en términos más misericordiosos y noté que se me ablandaba el corazón. 

“Un horizonte muy lejano” no es ninguna maravilla, pero tampoco es tan horrible como la pintaban. O bueno, sí, pero entretiene la hora tonta de la siesta. Había que elegir entre la película, el España-Chiquitistán del Mundobasket o la etapa llana de la Vuelta a España entre Villaconejos de Arriba y Villatripas del Campo. Y al final me decanté por la cinefilia porque Nicole Kidman salía a reventar de guapa en las fotografías promocionales. 

La trama es tan maniquea y previsible que ni siquiera un adolescente con teléfono móvil podría perderse en sus entresijos. En la primera parte te dejas llevar por los paisajes acojonantes de Irlanda, que este verano no pude visitar por falta de monetario; en la segunda, por la belleza ya reseñada de Nicole Kidman, que a este servidor siempre le deja reafirmado en la supremacía fenotípica de las anglosajonas; y en la tercera, cuando ya estás ofendido por la simpleza de la trama, por los paisajes siempre impactantes de las Grandes Praderas de Norteamérica, donde vivían los indios con sus cosas hasta que un día llegaron los colonos europeos ávidos de tierras y de camorra.

La película va de un gañán irlandés que se enamora de la hija de su terrateniente, a quien había jurado matar por ser un hijoputa bastante explotador. Ella, Nicole, es digna hija de su padre: señoritinga, clasista, con un punto insoportable de soberbia, pero es tan hermosa que al gañán se le van todos los afanes revolucionarios por los conductos deferentes. Por ella cambiará la dignidad por una granja al otro lado del charco. Érase una vez un bolchevique que se enamoró al instante de la concejala de VOX de su pueblo... Casi me pasó a mí, en las últimas elecciones municipales. Menos mal que yo he hecho los juramentos ante la misma momia de Vladimir. 





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The Damned United

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Brian Clough, el puto Brian Clough, fue, para entendernos, el José Mourinho de su época. Un entrenador de lengua larga, éxitos notables y orgullo desmedido. Un tipo en apariencia insufrible, de autoalabanza continua, pero en el fondo un pedazo de pan. Porque el orgullo, como todos sabemos, sólo es el disfraz de la duda. Los soberbios de verdad, los que jamás titubean, ni en público ni en privado, sólo van haciendo el ridículo por la vida. Tarde o temprano se estrellan contra uan misión imposible, y terminan refugiados en una mediocridad muy plasta de la que presumen por los bares. Son los imbéciles clásicos que todos conocemos y rehuimos. El mundo del fútbol, desde la Premier League en Inglaterra hasta el torneo Pre-Benjamín en Ponferrada, está lleno de personajes así: gente que habla de su oficio como si hubiera emprendido una misión divina, envueltos en un aura de infalibilidad papal Por cada éxito que les concede el azar, cosechan diez cagadas lamentables que nunca figuran en los anales. Son los entrenadores como Brian Clough -los que de puertas afuera se venden como nadie, pero de puertas adentro se exigen como ninguno- los que terminan por lograr hazañas que luego refleja la Wikipedia. Personajes ambivalentes, duales, tan insoportables como adorables, tan vehementes como paralizados. Tipos capaces de lo mejor, y de lo peor, pero que en lo mejor saben relativizarse, y en lo peor hacen propósito de enmienda.


   Así era Brian Clogh, the fucking Brian Clough, carne de tragedia y de conflicto. De vehemencias y alcoholismos. Humilde y sobrado a partes iguales. Carne de novela, y de película. La mejor novela que he leído en los últimos tiempos, en realidad, Maldito United. El relato de los 44 días en los que Brian Clough se estrelló contra el muro de su soberbia y se partió la crisma. Los 44 días que entrenó al equipo que nunca debió entrenar, el Leeds United, llevado por el rencor, por el mal cálculo, por los aires de grandeza. Un don Quijote temporalmente alucinado, embarcado en una aventura condenada al fracaso. Un don Quijote, además, que cabalgaba sin su Sancho Panza particular, Peter Taylor, el ayudante, el ojeador, el interlocutor de las dudas. El amigo. El vidente que supo ver que el Leeds United no era un equipo para ellos, y que decidió refugiarse en las divisiones inferiores hasta que su amigo recobrara la cordura. The Damned United, en realidad, no es una película sobre Brian Clough, ni sobre el mundo del fútbol, sino una historia sobre la amistad interrumpida. La que se rompe soltando maldades y se recobra hincando las rodillas, y pidiendo perdón.



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