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Algún día, al hilo de las películas, habrá que escribir un libro sobre sueños de viviendas. Pero no sobre palacios de reyes o sobre mansiones de millonarios. Nada de castillos de Cenicienta o de casoplones en Marbella. Todo eso es inmoral y procede de la delincuencia. De la legal y de la otra. Yo hablo de paraísos pequeños, modestos, en los que me habría quedado a vivir lejos de los hombres pero tampoco demasiado: un huñarismo calculado, a tiro de bicicleta, porque también hay que comprar macarrones para la cena y visitar a los médicos cuando llegan los dolores.
En “Sueños de trenes” he encontrado uno de esas quimeras residenciales en las que me hubiera gustado vivir y morir plácidamente. También es verdad que hace un siglo, en el Far West, y sabiendo hacer cosas con las manos, todo era mucho más fácil. Una vez soñé con ser maestro rural, allá en los montes o en los páramos, y vivir un poco como Joel Edgerton en la película, con mi barba y mi sombrero, pero cuando ya estaba a punto de conseguirlo bajó la natalidad y se desmontaron las escuelas. Es un poco la historia de mi vida.
Habría dado -y seguiría dando- no sé, meñiques, dedos del pie, neuronas redundantes, por vivir en esa cabaña de madera junto al río, amado por Felicity Jones y rodeado de perretes y gallinas. Ganarme la vida con mis manos, aserrando, o construyendo, o conduciendo un carromato. Porque las manos que hacen y deshacen son la envidia inconfesada de cualquier intelectual. O de cualquier intelectualoide. En las manos, ya lo decía el bisabuelo Karl, está la nobleza del trabajo. El culo sentado es tan innoble como la maquinación de la inteligencia.
Y si la casita junto al río ya está pillada, pues vivir de guardabosques, en la atalaya de Kerry Condon, no sólo lejos de los humanos, sino además por encima de ellos, valorando su insignificancia -nuestra insignificancia- como águilas imperiales pero muy republicanas.





