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La vida de Chuck

🌟🌟🌟🌟


Yo también he visto mi muerte, como Chuck el bailarín. Pero no la he visto en un ático embrujado, sino en el techo de mi dormitorio, proyectada como una película, diáfana e indudable. 

Mi muerte llegará un sábado por la mañana, o un domingo, montado en bicicleta. Un hombre del campo saldrá de recoger las lechugas con su furgoneta y se incorporará a la vía sin mirar, justo cuando yo pase pedaleando. Será un golpetazo mortal. Ya sufrí un accidente parecido hace años y me quedé amnésico durante horas. El siguiente será el remate, el despiste definitivo. Aquí, en la España ancestral, los paisanos consideran que las bicicletas estorban los quehaceres y demoran los placeres. Las bicicletas, o son para el verano, o son para “Uropa”, allí donde estudian sus nietos y sus nietas.

En la cama del hospital, mientras me apago, se irán apagando también las multitudes que contengo. Las reales y las ficticias. Las humanas y las animales. Pobres bichines míos... Todos los muertos se morirán otra vez cuando yo muera. Pero antes de irse, se mezclarán en un curioso batiburrillo no muy distinto del habitual. Ahora mismo, todavía vivito y coleando, ya hay personas reales que voy recordando como soñadas, y personas ficticias a las que voy teniendo por verdaderas. Alguna de mis ex amantes, por ejemplo, es como si hubieran vivido en una vieja película; Luke Skywalker, en cambio, que sale en “La vida de Chuck” hablando de matemáticas, es mi amigo de la infancia y a él quisiera asemejarme.

En la cama del hospital estaré en manos de los dioses y todo se hará según su voluntad. Pero si me dejaran pedir un deseo antes de mi paso fugaz de meteorito intrascendente, me gustaría aprender a bailar. Aunque solo sea con el pensamiento. Y ya puestos, bailar como baila como Tom Hiddleston en la película. Sentir esa libertad, esa indiferencia por la mirada de los otros. Esa alegría de sintonizar con los ritmos del mundo, moviendo los brazos y los pies. 





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Douglas is Cancelled

🌟🌟🌟

El otro día le recomendé a un internauta de confianza que viera “Douglas is Cancelled”. Tras hacerle una sinopsis no le vi muy convencido y tuve que insistirle.

- Hazme caso -le dije- garantizándole el éxito de la empresa.

Craso error. En el manual del seriéfilo -artículo 33, párrafo 2º- se aconseja no recomendar jamás una serie vista a medias. Pero ya llevábamos dos cervezas virtuales y la charla se había vuelto muy animada. Me vi con fuerzas tras ver solamente dos episodios y la cagué. Me suele pasar. El amigo seguirá ahí el día de mañana -o eso creo- pero hay mujeres que dejan de quererte por fallos tan catastróficos como éste. Una serie fallida es todo lo que algunas necesitan para verte un punto negro y descartarte. Hoy en día recomendar una serie es como desnudar el alma, o como confesarte ante el sacerdote. Como escribir un blog abierto al público en internet.

Pintaba bien, la verdad, “Douglas is Cancelled”, con su tono de comedia, sus maldades soterradas, sus diálogos viperinos. La guerra de los sexos llevada por caminos que hacía años que no transitábamos.  La intención argumental es la misma de siempre -si no no estaría en el catálogo de SkyShowtime ni en ningún otro- pero aquí, al menos, aunque sean todos unos cerdos patriarcales, los hombres parecían en el fondo inofensivos. Hombres que han aprendido a sentirse culpables cada vez que hacen un chiste entre amigotes o alaban la belleza de una mujer antes de mencionar sus cualidades profesionales. Cosas así, indignantes e impropias, pero no especialmente destructivas.

Pero a partir del tercer episodio, ay, Irene Montero, que sólo resistía porque una colaborada le había dicho “espera y verás”, empezó a  aplaudir desde su sofá de Bruselas o de Estrasburgo, y yo, por decencia, por pura coherencia con mi recomendación, tuve que seguir hasta el final. El giro dramático es, cuanto menos, inesperado. No es que estas cosas no sucedan: sigue habiendo mucho Harvey Weinstein por ahí. Mi problema con “Douglas is Cancelled” tiene que ver con el mainstream calculado, con el algoritmo del éxito que lo convierte todo en el mismo argumento mil veces clonado y olvidable.



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