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Maspalomas

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Sólo le pido Dios, como cantaba Ana Belén, que a los 75 años el deseo sexual ya me deje indiferente. Que no asome más la cabecita. Que no revoletee en el estómago, ni pinche en las bajuras, ni distraiga la mirada. “Tanta paz dejes como descanso llevas”, decía mi abuela. O como dijo Terminator: “Sayonara, baby”. 

También sé que Dios, si llego a esa edad, no escuchará mis plegarias porque soy un apóstata belicoso, así que tendré que pedirle el favor a los dioses paganos o excomulgados. Ellos, aunque a veces se ausenten, son más generosos y compasivos.

Estaba seguro de tener subrayada una cita de Rafael Azcona en la que el maestro decía algo parecido: que habiendo alcanzado la vejez del deseo había encontrado, por fin, la juventud del espíritu. Una especie de serenidad zen y productiva. La paz que le permitía concentrarse mejor y luego dormir a pierna suelta sin interferencias hormonales. Pero por más que he buscado la cita no la he encontrado. De hecho, ya no estoy tan seguro de que la pronunciara Azcona. Puede que fuera otro sabio de los que predican en mi ágora. Es igual. Si no es de Azcona, es azconiana. La idea me seduce. La guardaré para cuando toque. Aún es pronto para eso, pero ya no demasiado. Quedan, con suerte, varias fiestas y cohetes. Eso sí: a Maspalomas, de jubileta, espero ir simplemente a tomar el sol. Ya he visto que hay mucho pesado por las dunas pidiendo la voluntad.  

No me gustaría, en el reverso heterosexual de la trama, ser como este anciano de la película. Yo le veo condenado a no encontrar jamás el sosiego. Lo sexual le enturbia, le perturba, le consume las pocas energías subyacentes. Le hace caer en ridículos evitables y en equívocos lamentables. Aún se le levanta el pito, sí, y eso es un gran acontecimiento a celebrar en el asilo. La envidia cochina de sus compañeros de reclusión. Un síntoma de salud, de poderío sanguíneo y arterial. Pero con eso, con un émbolo feliz, a según qué edades, ya no se puede construir una filosofía.






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