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Maspalomas

🌟🌟🌟


Sólo le pido Dios, como cantaba Ana Belén, que a los 75 años el deseo sexual ya me deje indiferente. Que no asome más la cabecita. Que no revoletee en el estómago, ni pinche en las bajuras, ni distraiga la mirada. “Tanta paz dejes como descanso llevas”, decía mi abuela. O como dijo Terminator: “Sayonara, baby”. 

También sé que Dios, si llego a esa edad, no escuchará mis plegarias porque soy un apóstata belicoso, así que tendré que pedirle el favor a los dioses paganos o excomulgados. Ellos, aunque a veces se ausenten, son más generosos y compasivos.

Estaba seguro de tener subrayada una cita de Rafael Azcona en la que el maestro decía algo parecido: que habiendo alcanzado la vejez del deseo había encontrado, por fin, la juventud del espíritu. Una especie de serenidad zen y productiva. La paz que le permitía concentrarse mejor y luego dormir a pierna suelta sin interferencias hormonales. Pero por más que he buscado la cita no la he encontrado. De hecho, ya no estoy tan seguro de que la pronunciara Azcona. Puede que fuera otro sabio de los que predican en mi ágora. Es igual. Si no es de Azcona, es azconiana. La idea me seduce. La guardaré para cuando toque. Aún es pronto para eso, pero ya no demasiado. Quedan, con suerte, varias fiestas y cohetes. Eso sí: a Maspalomas, de jubileta, espero ir simplemente a tomar el sol. Ya he visto que hay mucho pesado por las dunas pidiendo la voluntad.  

No me gustaría, en el reverso heterosexual de la trama, ser como este anciano de la película. Yo le veo condenado a no encontrar jamás el sosiego. Lo sexual le enturbia, le perturba, le consume las pocas energías subyacentes. Le hace caer en ridículos evitables y en equívocos lamentables. Aún se le levanta el pito, sí, y eso es un gran acontecimiento a celebrar en el asilo. La envidia cochina de sus compañeros de reclusión. Un síntoma de salud, de poderío sanguíneo y arterial. Pero con eso, con un émbolo feliz, a según qué edades, ya no se puede construir una filosofía.






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La trinchera infinita


🌟🌟🌟🌟

Era un título irresistible, La trinchera infinita, ahora que España vuelve a ser lo que nunca dejó de ser: dos trincheras, dos intereses contrapuestos, el de forrarse y el de no dejarse avasallar. Dos bandos que a veces intercambian disparos y a veces, afortunadamente, sólo dialécticas, pero siempre a la greña, desde los tiempos de Fernando VII, porque es una falacia eso de que viajamos en el mismo barco, juntos como hermanos, y miembros de una Iglesia, como cantábamos con los hermanos Maristas… Menuda sandez. Yo tengo más en común con el maestro de escuela francés, o con el estibador de puerto chipriota, que con el ladrón que vive a la vuelta de la esquina y pone un banderolo de España en el mismo balcón donde aplaude a los sanitarios, grita contra los comunistas y se inflama de heroísmo patriótico con el “Resistiré”. Él, precisamente él, que hace sólo dos meses estaba en contra de pagar impuestos, los evadían como podía, o aplaudía al que se libraba, y se negaba a seguir subvencionando a esa panda de vagos que trabagueaban -qué chistaco de fachorros- en el sector público. Sí, esa gente, mis queridos compatriotas…



    Había que ver La trinchera infinita, sí, para recordar quiénes somos, y de dónde venimos, y porque además me habían dicho que la película era cojonuda -y carajo que lo es- y porque cuenta la historia claustrofóbica de un pobre hombre al que Franco tuvo en confinamiento domiciliario no sólo dos meses -o los que nos queden, todavía- sino treinta años, uno tras otro, con sus veranos y con sus navidades, viviendo tras una falsa pared practicada en su domicilio, saliendo sólo para comer y para cenar, con su mujer y con su hijo, con las persianas bajadas, y la cagalera en el cuerpo. Los famosos “topos”, tan mitológicos como reales, que escaparon a las redadas falangistas y sólo abandonaron su madriguera en 1969, cuando se aprobó una Ley de Amnistía para quedar bien ante los turistas extranjeros que venían a tostarse el cuerpamen y no veían congruente mamarse con las sangrías en un país de sanguinarios.

    A los topos, finalmente, no vinieron a rescatarlos los marines americanos, ni los soldados del Ejército Rojo, sino un ejército de suecas que desembarcaron en las playas de Benidorm como si aquello fuera Normandía, pero recibidas con salvas de aplausos.


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Loreak

🌟🌟🌟
Ane, que es una mujer vasca en miniatura, con una belleza extraña y algo marchita, recibe todos los jueves un ramo de flores. Loreak, en euskera, significa flores. Ane es una mujer casada, y su marido, que está pasando la crisis de los cuarenta y sólo sueña con jovencitas tumbadas sobre su cama, niega cualquier responsabilidad en el asunto. Los ramos vienen sin mensaje ni remitente, y las empleadas de la floristería, sometidas al interrogatorio, hablan de un hombre normal, sin facciones definidas, que un día pasó por allí e hizo el encargo del envío regular.

            Así expuesta, Loreak parece la historia de un cortejo amoroso, con sus flores anónimas, su miradas escurridizas, sus encuentros casuales en la cafetería o en el trabajo. Y uno, aunque Ane no le ponga la libido en guardia, saca el cuaderno de apuntes para tomar nota de las estrategias de su admirador. Porque nunca se sabe, en este loco mundo del deseo, cuándo van a necesitarse estos saberes prácticos de la seducción. ¿Y si un día apareciera en mi vida una mujer igualita en cuerpo y alma a Natalie Portman, tan idéntica a ella que podría ser Natalie misma, refugiada en el anonimato ibérico, cansada ya de la fama, de los focos, de los hombres apuestos que nunca le hicieron reír? Dado mi nivel de inglés lamentable, yo tendría que decírselo con flores, mi amor eterno y rendido, y en Loreak, al principio, uno sueña con aprender estos recursos tan coloridos y aromáticos.

            Pero no van por ahí los tiros, ni las flores. En un giro imprevisto de la trama, un personaje principalísimo de la película muere en accidente de tráfico, y lo que antes eran loreak de amor ahora son loreak de homenaje a los muertos. Loreak es muy bonita, muy delicada, y muy cursi también, como las propias flores del campo. Y además no tiene razón. A los muertos les importa un carajo que pensemos en ellos, o que los recordemos con flores. Están muertos. 





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