Las delicias del jardín

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La última vez que estuve en el Museo del Prado quise pararme con tiempo ante “El jardín de las delicias”. Siempre empiezo con las Pinturas Negras de Goya y allí me pierdo y me abismo en pensamientos. Pero esa vez me dije: no, vamos a diversificar la mirada. A ampliar el espectro. A estirar la antena de mi boina. 

Pero cuando llegué ante el cuadro me fue imposible meter la cabeza. Los grupos de japoneses -¿o eran chinos?- son el impedimento más moderno que se ha inventado para acceder a la cultura. “El jardín de las delicias” hay que mirarlo de cerca, con detalle, porque todo en él es detalle y no merecía la pena contemplarlo a metros de distancia. Dentro del cuadro hay muchos Wallys desnudos, muchos pecadores de la pradera enredando por las esquinas. 

Había olvidado por completo aquel empeño cultural hasta que esta noche, viendo “Las delicias del jardín”, mencionaron el cuadro como fuente de inspiración para ese pintor ficticio que encarna Fernando Colomo: un fistro que quiere plasmar en un tríptico los pecados modernos asociados al capitalismo -la avaricia, el fascismo, el postureo-,  dejando de lado la lujuria porque la lujuria, en el siglo XXI, ya ni siquiera es pecado para los curas. 

Pero su personaje tiene una mano boba, y una inspiración ya marchitada, y no tendrá más remedio que confiarle la obra a su hijo descarriado: un pintor demasiado fumado que además adora a Javier Milei y cree que el capitalismo ha venido a salvarnos de la barbarie. Así que “Las delicias del jardín” tendrá que ser replanteado una y diez veces en esta nueva ocurrencia de Fernando Colomo como director. 

Hacía diez años que Colomo no rodaba nada decente desde “Isla Bonita”. Y es una pena, la verdad, porque Colomo fue un referente en los tiempos insubordinados. Uno de los nuestros. El otro día, in ir más lejos, me puse a canturrear “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?” por el pasillo del colegio. Puro Burning. Puro Colomo. Acababa de cruzarme con una compañera que no pertenece a este jardín errático y errado que el Bosco hubiera retratado como nadie. 







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