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Lucas ya llevaba una vida muy jodida, pero la jode todavía más cuando roba un desfibrilador en un centro de salud. El cacharro en sí no vale tanto: el problema es que después de robarlo apareció un chico enfermo que lo necesitaba y falleció. A Lucas, por tanto, le han caído un porrón de años en prisión. Es la irresponsabilidad, sí, pero también la mala suerte. Justo cuando más necesitaba estar en libertad, porque estaba ayudando a su vecina anciana y recomponiendo su economía, vino esa mezcla de debilidad y mala fortuna que siempre persigue a los desgraciados.
Mientras veía “La deuda”, yo, tirando del hilo, no hacía más que pensar en todo el dinero que defraudó el rey emérito, al que, por cierto, no le cae un pepino iraní sobre la cabeza ni siquiera de casualidad. Será la corona, digo yo, que los desvía con el magnetismo de lo simbólico. También pensaba, siguiendo el sendero, en el novio de la Ayuso, y en los youtubers de Andorra, y en los futbolistas perseguidos por Hacienda. Pensaba en todos esos (presuntos) delincuentes que nos roban a manos llenas y calculaba, porque consulté su precio de mercado, el número de desfibriladores que han sustraído a las arcas de la salud. Y quien dice desfibriladores dice también mamógrafos, o escáneres, o aparatos para diálisis. Vidas en juego, en resumen. Y sin embargo ahí están, evadidos de la justicia, y riéndose de todos, en unos casos alabados por el pueblo y en otros avalados por los votantes. Mientras Lucas entra en prisión, ellos siguen viviendo en sus áticos de Madrid o en sus casoplones de la playa. O en sus palacios de Oriente, que a veces también son palacetes orientales.
Por lo demás, “La deuda” es una película bien intencionada, incluso resultona, con conciencia social en estos tiempos desconcienciados, pero funciona a medias porque incurre en esa manía posmoderna de subrayar con música ñoña lo que ya es muy ñoño de por sí.
