Mostrando entradas con la etiqueta La deuda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La deuda. Mostrar todas las entradas

La deuda

🌟🌟🌟


Lucas ya llevaba una vida muy jodida, pero la jode todavía más cuando roba un desfibrilador en un centro de salud. El cacharro en sí no vale tanto: el problema es que después de robarlo apareció un chico enfermo que lo necesitaba y falleció. A Lucas, por tanto, le han caído un porrón de años en prisión. Es la irresponsabilidad, sí, pero también la mala suerte. Justo cuando más necesitaba estar en libertad, porque estaba ayudando a su vecina anciana y recomponiendo su economía, vino esa mezcla de debilidad y mala fortuna que siempre persigue a los desgraciados.

Mientras veía “La deuda”, yo, tirando del hilo, no hacía más que pensar en todo el dinero que defraudó el rey emérito, al que, por cierto, no le cae un pepino iraní sobre la cabeza ni siquiera de casualidad. Será la corona, digo yo, que los desvía con el magnetismo de lo simbólico. También pensaba, siguiendo el sendero, en el novio de la Ayuso, y en los youtubers de Andorra, y en los futbolistas perseguidos por Hacienda. Pensaba en todos esos (presuntos) delincuentes que nos roban a manos llenas y calculaba, porque consulté su precio de mercado, el número de desfibriladores que han sustraído a las arcas de la salud. Y quien dice desfibriladores dice también mamógrafos, o escáneres, o aparatos para diálisis. Vidas en juego, en resumen. Y sin embargo ahí están, evadidos de la justicia, y riéndose de todos, en unos casos alabados por el pueblo y en otros avalados por los votantes. Mientras Lucas entra en prisión, ellos siguen viviendo en sus áticos de Madrid o en sus casoplones de la playa. O en sus palacios de Oriente, que a veces también son palacetes orientales.

Por lo demás, “La deuda” es una película bien intencionada, incluso resultona, con conciencia social en estos tiempos desconcienciados, pero funciona a medias porque incurre en esa manía posmoderna de subrayar con música ñoña lo que ya es muy ñoño de por sí.  







Leer más...

La deuda

🌟🌟🌟

Veo, en la siesta recalentada del verano interminable y extenuante, La deuda. O es una película sin músculo, o mi atención se ha achicharrado poco a poco en la sartén de mi sesera. La he visto entre vapores, sin mover un músculo, temeroso de desencadenar la explosión de los mil géiseres de mi piel. Pero el esfuerzo supremo de la inacción tampoco ha ayudado gran cosa. Al contrario: me ha hecho fijarme más en lo aburrido de la propuesta. Hasta que llegas al final -que decían sorpresivo y espectacular en la red-, y resulta que lo protagoniza una agente del Mosad entradísima en años liándose a hostias con un nazi fugitivo, más viejuno todavía, en un remoto psiquiátrico de Ucrania. Ridículo todo. 

Sólo la presencia de Jessica Chastain impedirá el olvido fulminante de La deuda. Imposible no enamorarse de ella. Hay que ir muy despistado por la vida para encontrarse con una mujer así y no quedarse embobado, mirándola. Para no quedarse con su rostro y con su nombre en el primer encuentro. Sólo a un gilipollas como yo podría ocurrirle una cosa así.... Porque he visto La deuda pensando que Jessica paseaba su pelirroja belleza por primera vez en mi salón, y luego, cuando la he rebuscado en internet, ya del todo enamorado, he descubierto para mi sonrojo que ella era la esposa de Brad Pitt en El árbol de la vida, película a la que dediqué una mínima entrada en este diario sin mencionarla a ella, que levitaba ingrávida sobre el césped de su jardín, como hacen los ángeles en el paraíso de lo verde. Imperdonable, mi despiste. Vergonzoso, mi olvido. Preocupante, sobre todo, la desatención de este instinto mío, decadente y plomizo, al que antes no se le escapaba ni una, siempre alerta, concentrado. Hace años, Jessica Chastain no habría necesitado dos oportunidades para colarse en mi vida. No habría sufrido este desplante, este oprobio, esta desconsideración inexcusable. 





Leer más...