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La deuda

🌟🌟🌟


Lucas ya llevaba una vida muy jodida, pero la jode todavía más cuando roba un desfibrilador en un centro de salud. El cacharro en sí no vale tanto: el problema es que después de robarlo apareció un chico enfermo que lo necesitaba y falleció. A Lucas, por tanto, le han caído un porrón de años en prisión. Es la irresponsabilidad, sí, pero también la mala suerte. Justo cuando más necesitaba estar en libertad, porque estaba ayudando a su vecina anciana y recomponiendo su economía, vino esa mezcla de debilidad y mala fortuna que siempre persigue a los desgraciados.

Mientras veía “La deuda”, yo, tirando del hilo, no hacía más que pensar en todo el dinero que defraudó el rey emérito, al que, por cierto, no le cae un pepino iraní sobre la cabeza ni siquiera de casualidad. Será la corona, digo yo, que los desvía con el magnetismo de lo simbólico. También pensaba, siguiendo el sendero, en el novio de la Ayuso, y en los youtubers de Andorra, y en los futbolistas perseguidos por Hacienda. Pensaba en todos esos (presuntos) delincuentes que nos roban a manos llenas y calculaba, porque consulté su precio de mercado, el número de desfibriladores que han sustraído a las arcas de la salud. Y quien dice desfibriladores dice también mamógrafos, o escáneres, o aparatos para diálisis. Vidas en juego, en resumen. Y sin embargo ahí están, evadidos de la justicia, y riéndose de todos, en unos casos alabados por el pueblo y en otros avalados por los votantes. Mientras Lucas entra en prisión, ellos siguen viviendo en sus áticos de Madrid o en sus casoplones de la playa. O en sus palacios de Oriente, que a veces también son palacetes orientales.

Por lo demás, “La deuda” es una película bien intencionada, incluso resultona, con conciencia social en estos tiempos desconcienciados, pero funciona a medias porque incurre en esa manía posmoderna de subrayar con música ñoña lo que ya es muy ñoño de por sí.  







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Boogie Nights

🌟🌟🌟🌟

Cuenta la leyenda -porque es una leyenda, no hay registro en el diario de sesiones- que en 1977, cuando era senador, a Camilo José Cela le pillaron dormido en su escaño. Al parecer, ante la recriminación del presidente de la Cámara, C. J. C. respondió:

- Estaba durmiendo, no dormido.
- ¿Y no es lo mismo? – le afeó el presidente.
- Pues no, como tampoco es lo mismo estar jodido que estar jodiendo.

Me acordé de la famosa anécdota de don Camilo mientras veía “Boogie Nights” porque aquí, contradiciendo un poco al premio Nobel de la Guía Campsa, todo el mundo está jodido y está jodiendo al mismo tiempo. Hablamos, por supuesto, del mundo del cine porno en los años 70, en California, antes de que el videocasete se convirtiera en un electrodoméstico al alcance del proletariado y las películas guarras abandonaran los cines X de las grandes capitales para echar raíces en barrios periféricos muy parecidos al mío, donde la muchachada irredenta fue encontrando poco a poco el sustento y la perdición.

Entre los personajes de “Boogie Nights” hay un poco de todo, como en los viñedos más calentorros del Señor: hay prostitutas, cocainómanos, heroinómanas, erotómanos, pervertidos de catálogo y varios gilipollas que se creen Cecil B. DeMille por filmar mamadas con música suave y ambiente de luces desvanecidas. Unos acabaron en el porno por estar jodidos y otros terminaron jodidos por haber entrado en el cine porno. Los hay, también, que son una pescadilla de jodiendas que se muerde la cola o el rabo sin encontrar nunca la respuesta. Todos, o casi todos, son víctimas de su carácter y de sus circunstancias. Los caminos del Señor son inescrutables y a veces te llevan por los senderos más insospechados. 

Pienso, por ejemplo, en qué hubiera sido de mí mismo si en vez de nacer justo en el medio de la campana de Gauss hubiera nacido con esos 33 centímetros de pollón que luce Dirk Diggler en sus actuaciones. Alguno dirá: cuando vas vestido eso no se nota. Pues fíjate, yo creo que no, que de algún modo te lo captan en la mirada, o en los andares. Los envidiosos, y las mujeres.



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