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Platónico. Temporada 1

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“Cuando Harry encontró a Sally” nos enseñó que no puede existir la amistad entre un hombre y una mujer. O sí, pero sólo cuando el deseo sexual está estrictamente prohibido o cercenado. O cuando ya existió entre los contrayentes pero se ha visto reducido a cenizas sin brasas traicioneras. Mientras exista la mínima posibilidad de terminar en una cama -y para nosotros, los hombres, esa posibilidad es una constante matemática, una radiación de fondo en el cerebro-, la amistad sólo es el disfraz civilizado de una seducción. La comunión de risas e intereses que sueña con la comunión de los cuerpos y los gametos.

El amor platónico es un concepto polisémico. En algunas definiciones coincide con la amistad pura e inmaculada, libre de carnalidades; en el argot de los comunes, sin embargo, es el amor imposible y unidireccional, jamás correspondido por el amado. Es el amor de los feos por las guapas y de los admiradores por su estrella. El amor que se siente por alguien que ya tiene pareja y no transmite problemas en su paraíso. "Platonic”, la serie, tira más por la primera acepción que por la segunda y pretende ser un desafío filosófico -platónico- a “Cuando Harry encontró a Sally”: su antítesis y su refutación. 

Sylvia y Will son amigos y residentes en Los Ángeles y no parece que el deseo carnal enturbie su infinito cachondeo. Cuando se juntan -y se juntan mucho- es sólo para hacer el gilipollas y pasárselo como niños a pesar de sobrepasar con creces los cuarenta. Sylvia se lleva bien con su marido y a Will le tiran más las jovencitas sin patas de gallo ni decaimientos adiposos. “Platonic” es un serie divertida y afable. Rose Byrne y Seth Rogen están en estado de gracia y yo también quisiera que fueran mis amigos de La Pedanía: juntarme con ellos para hacer el bobo en sociedad. Pero “Platonic” es una serie que no termino de creerme. Hay algo muy falso en esa relación intachable. Un demonio susurrante, un gusano que horada el intestino. Un ardor que el puritanismo moderno prefiere sofocar. Es imposible ver sonreír a Rose Byrne y no desearla con alguna neurona traicionera.





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