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Platónico. Temporada 2

🌟🌟🌟


La primera temporada tenía mucha gracia. La segunda ninguna, o muy poca. Si le he puesto tres estrellas es porque Rose Byrne me sulibeya físicamente, moralmente y diplomáticamente. Sí: soy una vieja masculinidad. Y también un viejo, o casi. 

También he sido benévolo porque Seth Rogen, cuando sonríe, me hace sonreír. No lo puedo remediar. Me cae bien este tipo sin conocerle de nada. A lo peor es un fascista de California y yo estoy aquí hablando de simpatías. Espero que no, por la gloria de mi madre. Pero sí es verdad que hay risas contagiosas y sonrisas contagiosas. Y la sonrisa de Seth Rogen es como la de un niño grande y medio lelo. Será por eso que me identifico. Las neuronas espejo nunca descansan en “Platonic”.

Por lo demás, descartada la tensión sexual entre los protagonistas, la segunda temporada es una sucesión de... ocurrencias. Me imagino al equipo de guionistas enfrentados al desafío: “¿Y ahora qué hacemos con estos dos?” Y ahí van, a trompicones, resolviendo los encargos. En los episodios pares salvan los muebles y en los impares fracasan sin remedio. Un día ponen a Seth y a Rose en una boda fallida, otro en una redada del FBI, otro en un paseo medio bobo con las canoas... Nada de miradas subrepticias, de dudas alcohólicas, de diálogos ambivalentes. Ellos son amigos y solo amigos. Quedó claro en la primera temporada y ahora todo es madurez y castidad. ¿Qué es, entonces, la segunda temporada de “Platonic”? Siguiendo a Marcel Pagnol debería ser una tragedia porque al final los protagonistas no terminan de encamarse. Pero ellos parecen tan contentos con el arreglo y nosotros, aunque perplejos, respetamos su decisión.

Si el objetivo era llegar a los diez episodios y esperar que la audiencia de Apple TV avalara otra renovación, los creadores de “Platonic” lo han conseguido según anuncia IMDB. Felicidades y tal, pero que no cuenten conmigo para la próxima travesía. 





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Platónico. Temporada 1

 🌟🌟🌟🌟


“Cuando Harry encontró a Sally” nos enseñó que no puede existir la amistad entre un hombre y una mujer. O sí, pero sólo cuando el deseo sexual está estrictamente prohibido o cercenado. O cuando ya existió entre los contrayentes pero se ha visto reducido a cenizas sin brasas traicioneras. Mientras exista la mínima posibilidad de terminar en una cama -y para nosotros, los hombres, esa posibilidad es una constante matemática, una radiación de fondo en el cerebro-, la amistad sólo es el disfraz civilizado de una seducción. La comunión de risas e intereses que sueña con la comunión de los cuerpos y los gametos.

El amor platónico es un concepto polisémico. En algunas definiciones coincide con la amistad pura e inmaculada, libre de carnalidades; en el argot de los comunes, sin embargo, es el amor imposible y unidireccional, jamás correspondido por el amado. Es el amor de los feos por las guapas y de los admiradores por su estrella. El amor que se siente por alguien que ya tiene pareja y no transmite problemas en su paraíso. "Platonic”, la serie, tira más por la primera acepción que por la segunda y pretende ser un desafío filosófico -platónico- a “Cuando Harry encontró a Sally”: su antítesis y su refutación. 

Sylvia y Will son amigos y residentes en Los Ángeles y no parece que el deseo carnal enturbie su infinito cachondeo. Cuando se juntan -y se juntan mucho- es sólo para hacer el gilipollas y pasárselo como niños a pesar de sobrepasar con creces los cuarenta. Sylvia se lleva bien con su marido y a Will le tiran más las jovencitas sin patas de gallo ni decaimientos adiposos. “Platonic” es un serie divertida y afable. Rose Byrne y Seth Rogen están en estado de gracia y yo también quisiera que fueran mis amigos de La Pedanía: juntarme con ellos para hacer el bobo en sociedad. Pero “Platonic” es una serie que no termino de creerme. Hay algo muy falso en esa relación intachable. Un demonio susurrante, un gusano que horada el intestino. Un ardor que el puritanismo moderno prefiere sofocar. Es imposible ver sonreír a Rose Byrne y no desearla con alguna neurona traicionera.





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Malditos vecinos

🌟🌟🌟

Hoy tendría que escribir sobre Malditos vecinos, la comedia gamberra con la que termina este lunes anodino y melancólico, pero estoy vacío de ideas, y harto de que nadie se pase por aquí. Los interesados en la película habrán de buscar en otros foros. Los hay muy divertidos, de mucha cuchipanda y mucho rollo juvenil, que vienen al pelo para debatir sobre este desmadre de los universitarios y los porretas. Yo me he quedado en blanco, y estoy más que  negro. Ninguna chispa de humor va a salir esta noche de mis dedos, que cada vez son menos eléctricos y menos hábiles, si es que algún día lo fueron. 

       Hay trescientos días al año en que tal soledad me la trae al pairo, porque uno está aquí, frente al ordenador, para entretener las horas mientras escucha música clásica o música de jazz. En eso soy como Charles Bukowski, salvando las oceánicas distancias. Si me tumbara en el sofá con los auriculares puestos me dormiría al instante. Tengo un cuerpo traicionero que aprovecha cualquier quietud para traspasar la frontera del sueño. Es un Houdini muy hábil, y muy hijo de puta. Te despistas unos minutos y de repente ya te ha metido en el otro lado, viviendo historias absurdas, saludando a los viejos fantasmas. Una pérdida de tiempo lamentable, porque mis sueños son muy entretenidos, pero nunca ofrecen la clave de nada. Son como martillos que vuelven una y otra vez sobre los mismos clavos.




            Yo no escribo: muevo los dedos sobre el teclado para que la realidad no se apague. Prefiero la vida al sueño, como cantaba Serrat, y lucho, a todas horas para contener sus ataques. Sentado aquí construyo diques, y cavo trincheras. Soy un soldado holandés de la Primera Guerra Mundial. Sin esta ocupación del diario, me pasaría la vida durmiendo, o dormitando, o soñando que duermo. Nací cansado y estéril. Solo en las largas vacaciones saboreo el bienestar de los hombres despiertos, porque en ellas mato el sueño de tanto dormir. Lo aburro con su propio aburrimiento. Duermo tantas horas que él mismo me pide despertar, para tomarse un respiro. Pero luego, cuando  regresa el tiempo del trabajo, el muy mamón resurge de sus cenizas, como el Freddy Krueger de las películas de terror, Y es como un polluelo que no cesa de piar, como una mujer que no para de hablar, como un niño malcriado que no para de dar por el culo con el tambor de hojalata. Así que escribo, y escribo, en las horas más derrumbadas del día, cuando el cansancio traidor abre portezuelas en la fortaleza. No escribo para ser leído, sino para ordenar las ideas mientras escucho música, pero hay sesenta y cinco días al año en que me gustaría no pasar más de largo, y servir para algo, como cantaba Serrat. 


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