Matrimonio compulsivo

🌟🌟🌟🌟

Un poco más arriba, en el perfil, puede leerse que aquí sólo expongo mis pecados veniales, y que los mortales -que son los verdaderamente enjundiosos, los que monetizan mi caída en el pecado- están disponibles en la versión de pago. Es una broma muy tonta, seguramente sin gracia, que además no termina de disuadir a esa gente muy curiosa, muy interesada por mis entretelas, que a veces me pregunta por el paradero de esos pecados escondidos, como si los escribiera en otro perfil encriptado, o en la Deep Web de los delitos. 

Cuento esto porque cuando veo una película de los hermanos Farrelly ni yo mismo sé dónde colocar mis opiniones. Si en la versión legal o en la escondida. Me río mucho con los Farrelly, muy de continuo y a lo loco, y eso, padre, no sé si es un pecado venial o una mortífera gravedad. ¿Basta con rezar tres avemarías después del visionado? ¿El niño Jesús llora cuando yo me descojono? ¿O esboza una sonrisa de cómplice cabroncete? ¿La teología tiene respuestas para mi sentido del humor?

La última vez que vi “Matrimonio compulsivo” vine a estas páginas a declarar libremente lo mucho que me había reído con las tonterías y los excesos. Eran otros tiempos, claro. Ahora, con la Inquisición restaurada, la biología simiesca del amor ya no se enseña en las facultades. Ni se subvenciona en las películas. Reivindicar el humor de los Farrelly se ha vuelto subversivo y peligroso. Pero no lo puedo remediar. Es como si al chaval irreductible que llevo dentro le montaran una fiesta con hamburguesas y Fanta de limón. Otros han asesinado a ese niño gamberrete y se han quedado tan panchos con su adultez. Son como Abraham en la Biblia, cuando no dudó en apuñalar a su propio hijo por mandato de Yahvé. Yo, en cambio, siempre que me han ordenado tal asesinato, me he compadecido de esa pobre criatura que sigue riéndose con los fluidos pringosos y con el amor de los botarates.







No hay comentarios:

Publicar un comentario