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La tradición judía
sostiene que Yahvé siempre está a punto de destruir el mundo por culpa de nuestra
vileza. Pero que no lo hace porque en cada generación, según la Cábala, nacen
36 hombres justos que con su ejemplo nos salvan de la quema. Son los llamados
lamedvovniks. Los sabios judíos explican que estos hombres y mujeres no están
reconocidos como tales, y que ellos mismos no saben que lo son. No hay que buscarlos,
pues, en los telediarios de Telemadrid, o en los famoseos del Diez Minutos.
Los lamedvovniks son recatados,
sencillos, y viven entregados a oficios sin relumbrón. Los sabios son en esto
bastante ecuménicos, y reconocen -cosa que no harían nuestros sacerdotes- que
los lamedvovniks pueden pertenecer a cualquier religión de la Tierra. Y
precisan: “Quizás es usted, quizá soy yo, o quizá sea esa persona que
prejuiciosamente creemos que no tiene mérito alguno”.
Julio César Strassera fue
sin duda un lamedvovnik de su generación. Cuando por culpa de los milicos Yahvé
quiso destruir la Argentina como hizo con Sodoma y con Gomorra, pasando el país
entero por la barbacoa de un asado monumental, Strassera, obligado por su
cargo, sí, pero armado con un par de cojones, sentó en el banquillo a esos
hijos de puta que nunca se mancharon las manos con la sangre de las torturas ni
con el acarreo de los ajusticiados, pero que lo ordenaban todo -o lo consentían-
desde sus lujosos despachos militares.
Los logros de Strassera fueron ridículos en proporción a la pena que estos sociópatas se merecían. Nada que él no sospechara cuando empezó su trabajo... Pero su ejemplo quedó ahí: pudo haber renunciado, haber cedido a las amenazas. Pudo habérselo currado con menos ahínco. Haber templado gaitas. Pero era un lamedvovnik y no pudo remediarlo.
Aquí en España, para nuestra vergüenza, no hubo nadie que sentara en el
banquillo a los asesinos de la Guerra Civil cuando llegó la democracia. No hubo
ningún lamedvovnik con bigote. Todavía no sé por qué Yahvé no hundió
la Península en el mar y dejó a los portugueses, pobrecicos, como una isla en mitad del Atlántico. Quizá porque Dios, en España, siempre ha sido de derechas.
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