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Debo de ser el único espectador en 200 kilómetros a la redonda al que le dan pena los astrófagos, esos glotones alienígenas. El único espectador que desea el fracaso de Ryan Gosling subido a las estrellas.
Después, de todo, ¿qué crimen han cometido los astrófagos? ¿Comerse la energía del sol para que la temperatura baje 8 grados centígrados? Lejos de combatirlos, habría que bendecir a estos seres celulares. ¿Dónde está Greta Thunberg cuando más la necesitas? ¿Por qué no sale en la película sosteniendo una pancarta? Antes de fletar un cohete de mil millones de dólares para exterminar a esos benditos, quizá deberían preguntarnos a los plebeyos. Abrir un referéndum popular. Se iban a llevar una sorpresa, los que mandan en la ONU.
El mundo de mi infancia funcionaba así, con ocho grados menos, y jamás se produjo un cataclismo planetario. Lo que todos recordamos como un paraíso climático ahora resulta que es el fin del mundo y la condena de los humanos. No se entiende muy bien el alarmismo de la película. Para mí que falta una reunión de los gobiernos con los hosteleros de la playa. Ahí debe de estar el tomate que se nos hurta: el interés oculto, siempre pecuniario, en que el sol siga castigándonos para que se abarroten los chiringuitos y los heladeros sigan inflando el precio del cucurucho.
En León, con 8 grados menos, vivíamos tan felices entre los inviernos crudos y los veranos tolerables. Lo normal, en enero, era ir al colegio pisando los charcos congelados. Los niños de hoy -incluso los niños de León- ya sólo conocen los carámbanos por las películas americanas. Los 5 grados de ahora eran entonces -3 y nos poníamos pasamontañas para proteger nuestros mofletes. En verano jamás vimos un termómetro pasar de los 40 ºC. Alguno de las farmacias, quizá, pero porque nunca les daba la sombra y acumulaban energía. Por encima de 32ºC ya hacíamos bromas tontas sobre Sevilla o sobre el Sáhara. Y ahora ya ves... Las cosechas no se perdían cuando llegaba la primavera, o asomaban los otoños, porque había primavera, y también otoños, en aquellos años idílicos y perdidos.

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