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Proyecto Salvación

🌟🌟🌟


Debo de ser el único espectador en 200 kilómetros a la redonda al que le dan pena los astrófagos, esos glotones alienígenas. El único espectador que desea el fracaso de Ryan Gosling subido a las estrellas. 

Después, de todo, ¿qué crimen han cometido los astrófagos? ¿Comerse la energía del sol para que la temperatura baje 8 grados centígrados? Lejos de combatirlos, habría que bendecir a estos seres celulares. ¿Dónde está Greta Thunberg cuando más la necesitas? ¿Por qué no sale en la película sosteniendo una pancarta? Antes de fletar un cohete de mil millones de dólares para exterminar a esos benditos, quizá deberían preguntarnos a los plebeyos. Abrir un referéndum popular. Se iban a llevar una sorpresa, los que mandan en la ONU. 

El mundo de mi infancia funcionaba así, con ocho grados menos, y jamás se produjo un cataclismo planetario. Lo que todos recordamos como un paraíso climático ahora resulta que es el fin del mundo y la condena de los humanos. No se entiende muy bien el alarmismo de la película. Para mí que falta una reunión de los gobiernos con los hosteleros de la playa. Ahí debe de estar el tomate que se nos hurta: el interés oculto, siempre pecuniario, en que el sol siga castigándonos para que se abarroten los chiringuitos y los heladeros sigan inflando el precio del cucurucho.

En León, con 8 grados menos, vivíamos tan felices entre los inviernos crudos y los veranos tolerables. Lo normal, en enero, era ir al colegio pisando los charcos congelados. Los niños de hoy -incluso los niños de León- ya sólo conocen los carámbanos por las películas americanas. Los 5 grados de ahora eran entonces -3 y nos poníamos pasamontañas para proteger nuestros mofletes. En verano jamás vimos un termómetro pasar de los 40 ºC. Alguno de las farmacias, quizá, pero porque nunca les daba la sombra y acumulaban energía. Por encima de 32ºC ya hacíamos bromas tontas sobre Sevilla o sobre el Sáhara. Y ahora ya ves... Las cosechas no se perdían cuando llegaba la primavera, o asomaban los otoños, porque había primavera, y también otoños, en aquellos años idílicos y perdidos.





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La zona de interés

🌟🌟🌟🌟


Los hijos de puta, al no ser capaces de clonarse a sí mismos como las bacterias, necesitan la reproducción sexual para dejar en el mundo sus genes de la hijaputez. Parece una obviedad, pero a veces se nos olvida. Los psicópatas como Rudolf Hoss ya se habrían extinguido en tiempos del australopiteco si no hubieran encontrado australopitecas fascinadas por su falta de escrúpulos y por su cachiporra último modelo, recién importada de Atapuerca. 

Y viceversa, claro. Si Rudolf Hoss encontró una pareja sexual que se sacude las cenizas de los judíos como quien se sacude los pelos del perrete, ella, la tal Hedwig Hensel, también encontró su espermatozoide ideal en un sádico que ascendió dentro de las SS gracias a su eficacia funcionarial. Dios los cría y ellos se juntan.

Digo esto porque me parece injusto que Rudolf Hoss fuera ahorcado en 1947 -justo al lado de su chalet de tres pisos con vistas al crematorio- y que a su señora, tan enamorada de él que le delató para no verse deportada a Siberia, se le permitiera afincarse en Norteamérica para morir plácidamente en 1989. Decía mi abuela que tanto peca el que mata como el que tira de la pata. Rudolf y Hedwig (que son pareja, residentes en Auschwitz y han venido al “Un, dos, tres” para conseguir unas dobles ventanas que les aíslen del ruido de la factoría y de los gritos del vecindario) son el mismo monstruo moral que yo no acierto a distinguir. 

La escena más terrible de la película es ésa en la que Hedwig, enfadada con su criada judía porque le ha puesto la taza torcida sobre la mesa, le suelta:

- Podría hacer que mi esposo esparza tus cenizas en los campos de Babice. 

Como diciendo: si al final destinan a Rudolf a otro lugar, yo misma podría encargarme del holocausto mientras viene el sustituto de Berlín.


(Se me ocurre un remake a la española de "La zona de interés": la presidenta fascistoide de una comunidad autónoma vive en un piso de lujo frente a una residencia de ancianos bloqueada, en tiempos del COVID).




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Anatomía de una caída

🌟🌟🌟🌟

El personaje del que nadie habla en las críticas es el abogado defensor de Sandra, el tal Vincent Renzi. Y a mí me sorprende porque me parece el más ruin -y a la vez el más retorcido- de todo el plantel. Todo por un polvo. Los demás personajes, culpables o no de sus ruindades, son emotivos, sinceros a su modo, dignos de lástima o de comprensión. Ya sabemos cómo son las relaciones conyugales cuando entran en putrefacción: incluso los seres más civilizados sacan lo peor de sí mismos. Y aquí no hay malos absolutos: sólo gente herida, dañada, que desea escapar de la jaula y ya no sabe cómo.

Érase una vez un abogado Renzi a un pene pegado. Se le nota mucho en la mirada. Un aprovechategui de la situación. A Renzi le importa tres pimientos que Sandra sea culpable o no de asesinato: lo que él quiere es librarla de la cárcel para luego tirárselacomo un héroe. Le mueve el prestigio profesional, claro, pero mucho menos que lo otro. “Yo de joven estaba enamorado de ti”, le dice a Sandra en un momento de la pelicula, y se lo dice con la misma cara de panoli que hubo de tener en la adolescencia. Mientras se lo dice, fuera de plano, se adivina un estremecimiento bajo su entrepierna que es la rúbrica infalsificable de los enamorados con paciencia. Ella, por su parte, no parece darse por aludida. Parece pensar: “Tú sácame de ésta y luego ya veremos...”

¿Usted, querido lector, se acostaría con una mujer acusada de asesinar a su marido en tan extrañas circunstancias? Pues depende de sí está buena o no, me responderá con una lógica masculina implacable. Por otra parte, es lo mismo que respondió Michael Douglas en “Instinto básico” cuando le preguntaron por Sharon Stone. Y aunque Sandra Voyter es, para mi gusto, una mujer de rasgos demasiado teutones y quizá un poco abotargados, es obvio que tiene un morbo de mujer inteligente y vivaz, con mucha vida recorrida. Quizá demasiada... 

Al señor Renzi tampoco le importa que ella confiese en el juicio haber sido una mujer infiel que se acostaba con el primero -o incluso con la primera- que pasaba por allí. Él también parece pensar: “Primero nos acostamos y luego ya veremos...”.




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