Buena suerte, pásalo bien, no mueras

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Todos los veranos, antes de la canícula, nos juntamos para comer -y para celebrar que estamos vivos- un puñado de excompañeros. Yo soy el único que permanece en activo peleando contra los bárbaros; los demás, legionarios jubilados, viven el dolce far niente de no tener que levantarse de madrugada para acudir a los claustros improductivos y a las reuniones sin provecho. 

Mis ex compañeros son unos suertudos que viajan con el IMSERSO o con el Club de los 60 en fechas no tomadas al asalto. Ellos recorren el Danubio en abril, visitan Roma antes de los calores y aterrizan en Escocia justo en octubre, antes de las nevadas. En esas comidas del reencuentro ellos hablan de sus viajes y yo vuelvo a ser un niño que le pide ser mayor a la máquina de Zoltar.

La contrapartida, claro, es que ellos viajan por Europa, o por la España cultural, con varios fármacos en la mochila. Sus males no les incapacitan, pero les sombrean la experiencia. De hecho, en estas reuniones, cada vez se habla más de análisis clínicos y de hierbas medicinales. Cada nuevo verano surge una nueva contrariedad bioquímica, o una nueva articulación desarticulada. Yo estoy aprendiendo la hostia de medicina a la hora de los cafés...  Por eso me acordé de mis amigos cuando descubrí el título de esta película: “Buena suerte, pásalo bien, no mueras”. Podría convertirse en mi saludo ritual cuando nos despidamos hasta la próxima. Pero también sé que las ironías las carga el demonio, y que lo mismo se clavan en el otro que rebotan en la armadura y te atraviesan la garganta.

El título será lo único que me quede de esta película insoportable. De esta estafa al espectador. De este popurrí indecente de ideas sacadas de “Black Mirror”. De esta gracia sin gracia. De este subproducto cultural. De esta carne de videoclub, si aún existieran los videoclubs. De este refrito rancio que sólo recomendaré a la más encarnizada de mis enemigas, para joderle dos horas de su vida, con lo mucho que a su edad ya corren los relojes. 





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